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Apegos malsanos y falsa identidad como causas del sufrimiento

 

“Mi Dharma es el grado de evolución alcanzado por mi naturaleza

En el desenvolvimiento de la semilla divina que está en mi misma,

Más la ley de vida que determina la manera de que yo debo

Elevarme al grado siguiente”

Definición de Dharma propuesta por Annie Bessant

 

Apegos malsanos

Deseos incontrolados

Continuando con el propósito de analizar brevemente y de forma práctica, cinco de las causas más comunes de sufrimiento  y dolor, en este post abordaremos las dos siguientes: los apegos malsanos y la falsa identidad, restando únicamente conceptualizar dos fuentes: las causas anteriores y la ignorancia expresada de forma general.

 

Entrando en materia, en el anterior post decíamos que el acto de desear trae consigo la posesión de cosas, sean estas materiales o no. Así nos hacemos dueños de objetos que facilitan o entorpecen nuestra vida y que ayudan o ralentizan nuestra propia evolución, todo depende de la forma en cómo usemos dichos objetos y si lo hacemos en pro de nuestro propio bienestar o, si incluimos al conjunto de la humanidad.  Carencia o exceso de objetos, personas y relaciones, uso inadecuado o excesivo  de los mismos, dan como resultado insatisfacción y desilusión.

 

Las personas tenemos esa tendencia, natural o no, a llenar nuestra casa y nuestra vida con cosas materiales, a sentirnos apegados a ellas y a creer que somos felices gracias a su presencia. Casi podríamos decir que es natural que lleguemos a ser tan íntimos con la vida material que un coche, una mesa, una silla, el teléfono móvil o la computadora asumen el mismo valor que nuestra mano, nuestros ojos o nuestra piel. Todo ello nos permite un cierto estado de felicidad, no obstante, seguimos sufriendo. ¿Qué ha sucedido entonces? Los apegos tienen algo de positivo: permiten valorar el objeto, pero debemos hacer esta valoración desde la verdadera necesidad que tengamos de ello y del servicio que pueda prestar a los demás, y no desde el solo deseo de enaltecer nuestro egoísmo y vanidad, tampoco por la imperiosa exigencia que nos hace la sociedad.

 

Los apegos generan sufrimiento en dos vías: cuando nos vemos desprovistos del objeto de deseo y cuando poseemos el objeto inadecuado o le damos un uso equivocado. Es como cuando alguien contrae matrimonio con la persona incorrecta, o cuando, por ignorancia, temor o vergüenza se acepta una situación, una relación o un objeto no apropiado tal como un empleo, un visitante, una invitación, una casa o un vehículo en mal estado. La muerte del ser querido es quizás el ejemplo más directo de este tipo de sufrimiento. En ese momento el dolor surge porque estábamos apegados ese ser amado que ahora ha trascendido al “más allá”.  Sufrimos por ignorancia, por apego e incapacidad de soltar el ser amado.

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Seguramente si supiéramos con exactitud la condición que espera a nuestro ser querido una vez que ha partido de este planeta, estaríamos libres del sufrimiento que nos causa su ausencia. Tengamos en cuenta que no se trata de no amar, querer o desear a esa persona, sino de hacerlo de la manera adecuada y con la certeza de su temporalidad. Todo es pasajero, todo es mutable; solo el alma es eterna. El cambio constante y permanente es la principal condición de la evolución, no solamente de la especie humana, sino de todas aquellas que pueblan este y otros mundos.

 

Cuando el apego culmina en delusión, en dolor y en sufrimiento tanto físico como mental, el error estuvo en darle al objeto o al ser un valor que no tenía, es decir, que cuando confundimos el valor de las cosas, generamos una imagen errónea de las mismas y le aportamos nuestra energía y cuidados, solo para darnos cuenta después que estábamos equivocados. Un maestro y cantautor argentino aconsejaba: “No te engañes, y entonces, nadie te engañará”.

 

El ser humano se engaña a sí mismo por diferentes motivos; bien sea porque le teme a la verdad, porque la desconoce, o porque la ilusión es tan moldeable que le permite ver cumplidas todas sus fantasías. Todo esto continúa hasta que la realidad única e indivisible le derrumba sus castillos de cera y le obliga a encarar su propia existencia.

 

Nos apegamos a ese coche, a aquella casa, a nuestra ciudad, a la nación, a los amigos, a los sentimientos, a la razón, al intelecto. Tratamos de poseer todo cuanto nos llega, incluso por el simple hecho de ostentar, sin tener en cuenta muchas veces que, realmente, no necesitamos de esas cosas, personas o relaciones. Intentamos llenar el vacío de nuestras existencias con la posesión de elementos materiales y la apropiación de personas, olvidando que en lo más profundo de nuestro ser existen lugares que solamente pueden ser llenados con luz, con comprensión y con amor, es decir, con sabiduría. A modo de ejemplo se puede citar el relato del maestro que pregunta a su discípulo si ese recipiente con piedras está realmente lleno, demostrando luego que, aunque así lo parezca, la verdad es que puede ser acabado de llenar con arena, luego con agua, y así sucesivamente. Si dudas de estas afirmaciones, te reto a que empieces a empacar en cajas de mudanza, todas tus cosas materiales y te darás cuenta que has acumulado demasiados bienes, la mayoría inútiles para la única tarea que realmente debemos cumplir: nuestro desarrollo espiritual.

 

Eventualmente y con el paso del tiempo, nos damos cuenta que nuestro interior debe ser llenado cada vez con elementos más sutiles, más sublimes y eternos. Esta expansión de la percepción  es prueba indiscutible de evolución. A medida que avanzamos en el proceso de crecimiento espiritual, vamos dejando de lado los apegos a cosas materiales, comportamientos groseros, personas inadecuadas o “toxicas” y creencias erróneas. El camino se va haciendo más claro, y tanto las noches como los días, se vuelven un continuo momento de existencia real, pero es necesario irse desapegando de todos los lastres que nos impiden avanzar. Existen personas que cargan cruces demasiado pesadas, con muchos nudos, a veces cuadradas, quizás llenas de cadenas y con piedras atadas a su base.

 

Hablando de cruces, recuerdo una anécdota que a modo de chiste solía contar un familiar y que considero ejemplar para este tipo de comportamientos. Decía él, que cierto individuo llegó donde San Pedro y le pidió que le cambiara la cruz que llevaba a cuestas pues la sentía muy pesada y llena de nudos que le hacían sufrir. Con su misericordia, el santo le dijo que la tirara en un rincón junto con otras cruces que allí había y escogiera otra. Después de probarse muchas cruces, el susodicho hombre encontró y se llevó una que le parecía liviana, agradable y cómoda.  Minutos más tarde, San Pedro se tornó hacia Dios y le dijo: “Mira que si hay justicia, el hombre se llevó la misma cruz que traía”.

 

Trate de alivianar el peso de su mochila de vida mediante la eliminación de todo aquello que no es correcto, que es ajeno a la naturaleza divina que es tu verdadera naturaleza. De vez en cuando deténgase a pensar en esos comportamientos y tendencias que le impiden ser feliz y decídase a eliminarlos de su existencia. En dicho examen es posible que encuentres cosas como resentimientos hacia otras personas, odios antiguos, rencores remanentes y celos persistentes que se esconden en el fondo de tu corazón; carencias afectivas y desilusiones que alguna vez llenaron tus días pero que ahora debes eliminar. Esta no es una tarea fácil, pero es necesario hacerla. Perdonarse por el pasado y abrazar, desde su temporalidad y con cariño, este presente que es lo único de lo que somos dueños, esto es muestra inequívoca de dignidad. No se identifique con su pasado, ni lo juzgue, tampoco trate de controlar un futuro que nunca llegará. Solo tienes un presente que se vive en cada instante. Elimine la añoranza por el pasado y la expectativa ferviente por el futuro, hazlo de la misma manera que arrojas una camisa vieja que ya no usas, sin temor y sin duda pues no eres ni tu ropa, ni tus pensamientos, ni tu posición social o la casa en que vives; no eres ni tu nombre o profesión, ni siquiera eres tu cuerpo físico.

 

Retorna a los valores que iluminan a toda la humanidad, tales como la misericordia, la solidaridad o la compasión; pero recuerda que algunos valores como la generosidad, cuando no van acompañados de sabiduría, pueden ser tan lesivos como la ignorancia. Un antiguo adagio aconsejaba: Antes de ser generoso, procure ser justo. Antes de ser justo, procure ser sabio”, porque la condición de sabiduría ilumina el camino que debemos seguir, mostrándonos simultáneamente la vida en los tres tiempos: pasado, presente y futuro. Recordando el objetivo de la presente existencia –o al menos, interrogándonos por él– y teniendo presente la temporalidad de las cosas y situaciones, incluso de estos valores, tendremos más posibilidades de éxito integral en la vida y evitaremos generar apegos dolorosos que nos causarán sufrimiento en los presentes por venir. Evita estas falsas identidades porque son solo expresiones temporales de un ser maravilloso que mora dentro de estas apariencias.

 

La falsa identidad

Yo soy

¿Quién es quién?

 

“Para adquirir cualquier cosa en el universo físico,

Debemos renunciar a nuestro apego a ella.

Esto no significa que renunciemos

A la intención de cumplir nuestro deseo.

No renunciamos a la intención ni al deseo;

Renunciamos al interés por el resultado”

Deepak Chopra

 

La anterior causa de sufrimiento, los apegos, se funde con esta tercera: la falsa identidad. Erróneamente nos identificamos con las cosas, las situaciones y el cuerpo físico. Creemos que somos un cuerpo con un alma, cuando en realidad somos un alma que tiene un cuerpo físico. En ese engaño, vivimos nuestras vidas, pero cuando alguien, por enfermedad o guerra, pierde –por ejemplo– sus manos o piernas, vemos que sigue siendo, en esencia, el ser que era antes; por lo tanto, no somos un cuerpo físico, no somos nuestras emociones o sensaciones… somos mucho más que eso. Todos son elementos pasajeros que utilizamos para unos fines más complejos que apenas empezamos a comprender.

 

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No debemos identificarnos con cosas pasajeras, como el vestido, la comida, la profesión, la posición social, el partido político, la vivienda, la ciudad, el país, el planeta… todo eso es temporal, circunstancial y tarde o temprano desaparecerá dejándonos solo su recuerdo que, en muchos casos es fuente de dolor y sufrimiento. “Yo soy nosotros”, escribió Marcos Constandse. “Yo soy el que soy”, dice la filosofía oriental. “Yo soy un ser de Luz, soy energía en movimiento, soy el principio y el fin. No te identifiques ni con tu nombre ni con tu profesión, no eres nada de eso. Estás llamado a encontrarte a ti mismo, esa es con mucho, la tarea más encomiable, difícil e importante que tienes ante ti. Es lo que te dignifica como ser único e irrepetible sobre este planeta.  

 

A estos elementos temporales con que solemos identificarnos se les denomina en oriente “Skandhas”, palabra sánscrita que el Budismo Mahayana utiliza para explicar el concepto de la “vacuidad” y cuyos sinónimos pueden ser “cúmulos” o “agregados”.  

 

Los cinco skandhas, a saber: forma, sensación, discernimiento, factores de composición[1] y consciencia tienen como naturaleza o esencia esta vacuidad, dicho de otra forma, carecen de existencia real, “dependen de” algo más para su existencia, y en tal sentido, identificarnos con ellos traería al final un incremento del dolor y del sufrimiento que, por causas pasadas, ya tenemos destinado afrontar. Uniendo este elemento –la falsa identidad– con la cuarta causa del sufrimiento que estaremos considerando en el siguiente post, las causas anteriores (el karma del Hinduismo), podemos afirmar con toda seguridad que es uno de los componentes esenciales que debemos identificar en nosotros mismos, analizar, comprender y eliminar a la hora de buscar la felicidad y la liberación.

 

Al final, ¿Quién soy? No soy mi ropa, ni mi profesión o mi nombre, tampoco alguno de los cinco agregados ni todos ellos. No soy “mis apegos” ni “mis identidades“. Posiblemente, la respuesta más adecuada a esta pregunta esté relacionada con la identidad hacia la divinidad, aun cuando en la actualidad esto puede sonar como un despropósito, dada la profunda identificación que se tiene con la materia física.  Ya lo habíamos dicho, pero es valioso recordarlo: “Yo soy el que soy” es una buena aproximación a la definición del ser en tanto existencia separada y consciente, definición que se puede complementar con “Soy un ser de luz”, “Energía en evolución”, “Esencia Divina en Movimiento”. Porque, al final, si te quitas la ropa, te despojas de tu nombre, de tu profesión, de tu status social y de tu cuerpo físico… ¿qué queda? ¿Qué es un General del Estado Mayor sin su uniforme, desnudo? ¿Cuál es la diferencia entre un cadáver tirado en el piso y una persona viva que lo observa? La vida que corre por nuestro cuerpo da la pauta para la existencia y nos invita a un despojo, a una eliminación sistemática de todo cuanto no tiene existencia real.

 

Yo soy

Buscando nuestra identidad

 

En el proceso de despojarse de los apegos y las falsas identidades se corre el riesgo de caer en el nihilismo o en su opuesto, la credulidad vana y ciega. Una posición ecléctica es muy importante en esta fase del desarrollo del ser humano. Existen diversas escuelas de pensamiento filosófico, espiritual o religioso que proponen, en términos generales, un proceso bastante sencillo, claro y lógico basado en una simple premisa: “cree mientras lo compruebas por ti mismo”. Cuando el Pensador ha descubierto la luz, cuando ha probado del manjar de la inmortalidad no admite algo inferior, por eso es que debemos considerar de vital importancia el hecho de que una religión, una filosofía o una creencia, cualquiera que sea, permita acceder a un método, a una práctica real que posibilite la posterior comprobación de los hechos consignados en sus doctrinas. Esto es fundamental. 

 

El estado de desarrollo actual del verdadero ser humano no admite soporte sobre la fe ciega que anquilosó el mundo durante la Edad Media. Conceptos tan complejos como la “Santísima Trinidad”, “El Árbol de la Vida” “La Constitución Septenaria del Hombre” o el origen del universo basado en el “Big Bang” están ahora disponibles para ser comprobados o negados por la mente inquisidora que se atreva a buscar la verdad despojándose de todas las falsas identidades, de los dogmatismos tan antiguos como antagónicos y de aquellos prejuicios sociales y culturales que clasifican, encasillan y encarcelan al verdadero ser humano. Inquirir por el método de análisis nos permite allanar el camino hacia nuestra propia identidad.

 

Respecto de estas falsas identidades hay mucho por decir, pero podemos destacar la forma en cómo nuestra actual sociedad pugna por mantenernos identificados con ideas y creencias que tienen un fin tan discreto como detestable. La televisión vista de modo acrítico y, en general, los medios de comunicación, incitan y “obligan” al individuo a mantenerse en una completa insatisfacción para que el deseo de poseer se mantenga vivo y la persona se transforme en un “consumidor” analizable y, por tanto, predecible. Si deseas ser “alguien importante” debes estudiar tal carrera profesional, debes comprar tal teléfono móvil o debes pertenecer y mantenerte activo en una red social.

Nos sentimos impelidos a una constante insatisfacción que en sí misma no es el problema, pues la verdadera situación conflictiva radica en la creencia que dichos objetos, relaciones o situaciones nos harán seres plenos, felices y realizados. Pero cuando sale al mercado el siguiente modelo de teléfono móvil, nuestro gusto y el deseo de identidad nos lleva a comprarlo. Entramos en una cadena interminable de satisfacción-desilusión que solamente hace felices a los que se enriquecen con el comercio. Recuerdo que en una película francesa, la directora proponía una solución bastante sencilla, sabia y, por ende, poco creíble (cuando la verdad es simple y llana, nos parece poco creíble, menos digna) para evitar esta situación. Se trata de “negarse a comprar”.

 

Nadie te obliga a comprar ni a consumir, por tanto la respuesta idónea ante una multinacional que está causando problemas sociales como contaminación del aire, del agua, de la tierra; que se niega a asumir su responsabilidad social y optimizar los procesos de producción o que está empobreciendo a la población mediante un sistema salarial de miseria, es bastante simple: no compremos sus productos[2]. Como ejemplo de este tipo de comportamientos se podrían citar a los japoneses. Normalmente, cuando un japonés promedio se siente mal atendido en un restaurante o considera que su comida no es agradable, no suele quejarse y, simplemente, no vuelve allí. No existe ni existirá por ahora una ley que prohíba “No comprar”.

 

Debemos hallar nuestra propia identidad, pero no quedarnos en expresiones como el nacionalismo, la cultura o las modas. Estas no son más que formas de división, control y alienación del verdadero ser que mora en nosotros. Encontrar nuestra identidad pasa por un reconocimiento de aquello que como seres humanos nos hace únicos, especiales y eternos. Al respecto, sir B. Shaw decía: “¿Buscar qué? Todo está dentro de ti”. Y, al observar en tu interior, descubrirás pequeños detalles, comportamientos, creencias, sentimientos, pensamientos, dolores o alegrías que traes contigo desde hace varios años, quizás vidas. Son causas que has puesto en movimiento y que están allí esperando que las atiendas y las resuelvas para tu bien. Todos estos elementos son parte de tu existencia actual, pero recuerda que ellos no son tú, son solo componentes que debes resolver.  

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[1] Todo lo que no esté dentro de los otros cuatro elementos, corresponde a los factores de composición. El dolor, el sufrimiento, la pereza, la avaricia, el orgullo, etc. Nota del autor.

[2] Se trata de la película francesa La belle verte (El planeta libre) -1996-, dirigida por Coline Serreau.

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Contacto con el autor: 

JossP: 2262287343@qq.com

Más información : http://lagentedelaotraorilla.blogspot.jp/

 

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Sobre Joss Perez
Nacido en Pijao, departamento del Quindío, Colombia, desde muy pequeño se interesó por la lectura y fue así como llegó a ser profesor escritor novato. Teósofo por convicción, también se acercó al Budismo como una forma de re-encuentro con la divinidad. Actualmente reside y trabaja en Hangzhou, provincia de Zhejiang, República Popular de China.

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