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El Dios de la Vida

Hildegarda von Bingen

Hildegarda von Bingen

 

Introducción

Dios se ha presentado diciendo “Yo Soy la Vida”. En este documento lo reconocemos así, como la Vida: su creador, su suscitador, su plenitud, su integridad, su perfección, su sustentador.

Este texto está enriquecido con las palabras que la abadesa alemana Hildegarda de Bingen (siglo XII) plasmó en su obra el “Libro de las obras divinas”, específicamente en la primera visión de la primera parte de este libro.  

Hildegarda contó con el don de la visión desde su temprana infancia. Ella le explicó en una carta a Guiberto de Gembloux como eran sus visiones: “mi espíritu, por voluntad de Dios, asciende hacia lo alto del firmamento (…) Pero yo no oigo estas cosas con los oídos del cuerpo ni con los pensamientos de mi corazón, ni las percibo por la acción conjunta de mis cinco sentidos, sino sólo en mi alma, con los ojos exteriores abiertos; de manera tal que jamás experimento en esto el desfallecimiento propio del éxtasis, sino que en actitud vigilante las veo de día y de noche (…) En la sombra de la Luz Viviente resplandecen para mí las Escrituras, los sermones, las virtudes y algunas obras hechas por los hombres. Todo lo que en esta visión he visto o aprendido lo conservo en la memoria por mucho tiempo (…) Y lo que escribo es lo que veo y oigo y no pongo otras palabras que aquellas que oigo; y con palabras latinas sin pulir digo las cosas como las oigo en la visión” (En: Fraboschi: 2010: p.101).

 

Creador de la Vida

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1,3-4).

Narra la abadesa alemana en la primera visión del “Libro de las obras divinas” que “Desde la eternidad todas las cosas estaban en Dios, pero no como en un lugar (…) Todas las cosas que Dios ha obrado las ha tenido en su presencia antes del principio de los tiempos. Ya que, en la pura y santa divinidad, todas las cosas visibles e invisibles aparecieron sin instante y sin tiempo antes de todos los tiempos (…) Cuando Dios dijo: ¡Hágase!, todas las cosas se revistieron enseguida de su forma, aquella forma en que la presciencia divina las contempló en su incorporeidad antes de los tiempos. En efecto, igual que todos los objetos situados delante de un espejo se reflejan en él, así en la santa divinidad aparecen todas sus obras sin edad y sin tiempo (…).

De la misma forma que un rayo luminoso revela la forma de una criatura por la sombra que proyecta, así la pura presciencia de Dios contemplaba cada una de las formas de todas las criaturas antes de que tomaran cuerpo, porque la obra que Dios se disponía a realizar, antes de que la misma obra tomara cuerpo, resplandecía en el seno de su presciencia y en su semejanza” (Hildegarda: Libro de las obras divinas: p. 34).

 

Dios ha dado la vida a todas las creaturas, incluidos nosotros. Por eso, al igual que los ángeles, nos corresponde adorarlo y agradecerle el don de la vida.  Por eso estamos llamados a honrar y respetar la vida, en todas sus formas y manifestaciones: la vida de los animales, la vida de un feto, la vida del agua, la vida de un anciano, la vida de los árboles, nuestra vida.

 

Suscitador, vivificador y sustentador de la vida

En una de sus visiones, la primera narrada en el “Libro de las obras divinas”, Hildegarda ve la imagen presentada al inicio de este artículo y escucha que la misma dice:

Yo soy la energía suprema y abrasadora, Yo soy quien ha encendido la chispa de todos los seres vivientes, nada mortal mana de Mí, y juzgo todas las cosas. Con mis alas superiores vuelo sobre el círculo de la tierra y al cubrirlo con mi sabiduría lo ordeno rectamente. También la vida abrasadora de la sustancia divina, arde sobre la belleza de los campos, reluce en las aguas y arde en el sol, en la luna y en las estrellas, y con el hálito celestial suscito la vida en todos los seres, vivificándolos con la vida invisible que todo lo sustenta. En efecto, el hálito vive en el verde del bosque y en las flores, las aguas fluyen como si estuvieran vivas, y también el sol vive por su luz y, cuando la luna declina, resurge la luz del sol a una nueva vida, y también las estrellas resplandecen con su claridad como si estuvieran vivas (…) al ser Yo energía de fuego que está en ellos de manera invisible, ellos se encienden gracias a Mí, como la respiración es la causa por la cual el hombre se mantiene constantemente en movimiento y como la llama vive en el viento abrasador.

Todas las cosas en su esencia están vivas y no han sido creadas en la muerte, porque Yo soy vida. También soy la capacidad de razonar, por cuanto tengo el hálito de la palabra sonora, por la cual toda criatura ha sido engendrada. Y en la creación de todas las cosas he introducido mi soplo de tal forma que ningún ser de la creación es efímero en su especie, porque Yo soy la vida. Soy vida íntegra y perfecta, que no ha manado de las piedras, ni florece de las ramas ni tiene origen gracias a la semilla de un macho, sino que todo lo que es vital ha brotado de Mí (…)

Yo soy el sostén de todo, porque todas las cosas vitales reciben su ardor de Mí. Mi vida es la misma en la eternidad, vida que no ha tenido principio y no tendrá fin. Cuando se pone en movimiento y actúa es Dios, y, aun así, esta única vida se divide en tres energías vitales. La eternidad es el Padre, el Verbo el Hijo, el aliento que los conecta se denomina Espíritu Santo. Igualmente, Dios quiso representar esto en el hombre con tres elementos: cuerpo, alma y razón. Mis llamas dominan sobre la belleza de los campos, es decir la tierra, la materia con la cual Dios formó al hombre. Tal como penetro en las aguas con mi luz, el alma penetra el cuerpo entero, y tal y como el agua riega toda la tierra, así el alma fluye por todo el cuerpo. Si digo que estoy ardiendo en el sol y la luna, es una alusión a la inteligencia: ¿no son las estrellas las innumerables palabras de la inteligencia? Y si mi soplo, invisible vida, mantenedor universal, despierta el universo a la vida, significa que las cosas que viven y crecen deben al aire y al viento su subsistencia según los dones de su naturaleza, alejados de la nada (Hildegarda: Libro de las obras divinas: p.32-33).

 

Ya sabemos en las manos de quien está nuestra vida, ya sabemos a quién pedirle por nuestra protección y salud, porque la vida es salud. Dios puede darnos salud en abundancia si se lo pedimos y si es eso lo que nuestra alma precisa en ese momento.

Hildegarda von Bingen

Hildegarda von Bingen

El Amor es Vida

“Para Hildegarda el Amor es Vida, conceptos ambos expresados con la imagen del fuego (“energía ígnea”), al tiempo que implícitamente añade las notas del brillo y la refulgencia, el dinamismo, la movilidad, el calor y, finalmente, el poder, propias del fuego, todas ellas identificables con el amor y la vida. El Ser Supremo como el Amor mismo, vida que se comunica, la energía creadora de Dios” (Fraboschi, 2010, p.103).

El Amor es Vida y el amor sana: emocional, espiritual y físicamente. El amor alegra, el amor reconforta, el amor cobija, el amor nutre.  Siglos atrás, bebés y niños eran atendidos y alimentados en orfanatos, y pese a ello un gran número de ellos morían. Los responsables no entendían por qué. Décadas después comprendieron que a esos bebés y niños les estaba faltando el amor que permite crecer y vivir.

Jesús, el gran sanador del hombre, curaba con una caricia a muchos que acudían a él, y hasta podía despertar de la muerte a quienes eran elegidos, como a Lázaro (Jn 11,38) y al hijo de la viuda de Naín (Lc 7,11). Él, quien dijo que lo más importante era amar a Dios y al prójimo, fue el gran sanador.

Cristo nos dijo que ni siquiera debemos tener malos pensamientos hacia otra persona, ni mirar con ojos lujuriosos a una mujer, porque eso hiere y enferma al prójimo.

 

Vida en Dios

“Solo se puede vencer la locura de la muerte en el mundo practicando la sabiduría de la vida en Dios” (Cattiaux: III 31’: p.42).

Nuestra vida permanece en Dios cuando lo alabamos, cuando lo adoramos, cuando lo invocamos, cuando le rezamos, cuando hacemos su voluntad, cuando cumplimos sus mandamientos, cuando ejercitamos el amor, cuando creemos en su Palabra, cuando lo buscamos, cuando lo contemplamos.

Nuestra vida fue creada por Dios, y si la hacemos permanecer en Él, puede estar amparada por su abrazo, protegida por su paternidad, bendecida por su amor, facilitada por su providencia, rebosante de su salud. Si estamos alineados con el Dios Uno del Amor y la Vida podemos caminar en paz y con tranquilidad. “Ya que has puesto al Señor por tu refugio, al Altísimo por tu protección, ningún mal habrá de sobrevenirte, ninguna calamidad llegará a tu hogar” (Salmo 91).  

En la visión, Hildegarda comprendió que “Cuando un hombre se pone al servicio de Dios en lo más hondo de una sumisión gloriosa, cuando domina a Satán, se eleva y goza de la felicidad de la protección divina. Cuando su corazón se exalta con el ardor que lo lleva hacia el Espíritu Santo, cuando vuelve hacia Dios su mirada, los santos espíritus se revelan con claridad luminosa, para ofrecerle a Dios el regalo de su corazón. El águila representa a los hombres de fe que con toda la devoción del corazón dirigen su mirada a la contemplación de Dios con la misma frecuencia que los ángeles” (Hildegarda: Libro de las obras divinas: p.34).

 

Vida eterna

Cierto es que ninguna persona ha vivido en el cuerpo por miles de años. Ese no es el propósito de quienes se entregan a Dios. Su fin es la Vida eterna que Cristo prometió a quienes creen en su palabra y le siguen.

La vida en la tierra ha de servirnos para encontrar el camino hacia el Altísimo y su salvación. Para ser uno con Él y alcanzar la vida eterna que no muere con el cuerpo.

Tan lleno de vida eterna estaba Jesús que resucitó de entre los muertos y se apareció a sus seguidores durante cuarenta días.

No hace falta encontrar el elixir que prolongue nuestra vida en la tierra cien años más. Tan solo hace falta hallar la vida en Dios que se prolonga por la eternidad. 

 

Cierre: el modelo simplificado

En este artículo hemos presentado, en forma simplificada, el lazo que une a Dios, la Vida, el Amor, la salud, la alabanza, la protección y la vida eterna. No hemos recabado en la enfermedad que enseña y purifica, en el demonio que ataca a santos, en herencias difíciles, en almas que aceptan caminos complicados, en cruces que llevan verdaderos cristianos, en accidentes incomprensibles, en maldiciones que hieren, en el odio que mata. Eso existe, pero aquí hemos preferido referirnos a las bondades del camino de la salvación, que conduce al Reino de los Cielos, a la Casa del Padre, y que puede transitarse aquí en la tierra en la abundancia de la vida, la salud, la protección y la paz.

 

Fuente

EL LIBRO DEL PUEBLO DE DIOS – LA BIBLIA. Buenos Aires: Editorial San Pablo, 1981.

 

Bibliografía

CATTIAUX, LOUIS. El Mensaje Reencontrado o el reloj de la noche y del día de Dios. Málaga: Editorial Sirio, 1987.

FRABOSCHI, AZUCENA. Bajo la mirada de Hildegarda, abadesa de Bingen. Buenos Aires: Miño y Dávila Editores, 2010.

SANTA HILDEGARDA DE BINGEN. Libro de las obras divinas (traducción R. Renedo) [en línea]. [consulta 15 mayo 2016].  <http://www.hildegardiana.es/>.

 

Autora: Cecilia Wechsler, redactora de la Gran Hermandad Blanca hermandadblanca.org

 

 

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Sobre Cecilia Wechsler
Educadora social y ambiental. Nacida en Argentina.
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