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¿Educar o Acompañar? La Fórmula Mágica

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¿Educar o Acompañar?

 

La vida es un entramado de relaciones y situaciones. Día a día conocemos nuevas personas y nos alejamos de otras, mientras algunas parecen quedarse por tiempos indefinidos. Y día a día todas esas relaciones crean situaciones en nuestras vidas que provocan emociones. Dentro de esas relaciones, las que solemos considerar más importantes, son las que tenemos con nuestros padres y con nuestros hijos. Y partiendo de esa premisa, la educación de nuestros hijos se convierte en un tema sumamente relevante en el momento en el que vienen al mundo; algunas veces, desde antes de que lleguen. 

 

Pero, ¿conocemos las razones por las cuales son esos hijos los que llegan a nuestros brazos, y las razones por las cuales vivimos con ellos lo que vivimos?

 

Por lo general, este tipo de vínculo es el que más inquietud genera. Y conocer otra visión del posible origen de esos vínculos y de las circunstancias que traen, puede ser útil para cualquier padre, más aún, teniendo en cuenta el momento que estamos viviendo como integrantes de una Tierra encaminada inevitablemente hacia una nueva Tierra. 

 

La pregunta que puede ser útil para recrear este tema es: ¿Irías a la universidad en el lugar de tus hijos? Lo que nos lleva a otra: ¿Educar o acompañar? 

 

Aquí está lo que puede ser la formula mágica para pararnos diferente ante las relaciones con los demás, en especial, ante las relaciones con nuestros hijos.

 

¿Amor Incondicional?

 

Una de las frases mas comunes entre las personas que tienen hijos, es que sienten un amor que nunca habían experimentado, y generalmente lo clasifican como amor incondicional. ¿Pero es realmente incondicional el amor que profesa un padre o una madre hacia su hijo? 

 

En mi caso, y a partir del sentido de Unidad con el Todo que vivo desde hace un tiempo, he tenido la oportunidad de experimentar en varias ocasiones el amor incondicional. Lo he experimentado hacia la humanidad en general y hoy día lo experimento en una maravillosa relación de pareja. Y podría decir que este sentimiento se hace cada vez más intenso y permanente desde la primera vez que lo viví. Y a pesar de que no tengo hijos, intuyo que es un amor muy similar al de una madre o un padre hacia su hijo. 

 

Sin embargo, con todo y que el amor de una madre o de un padre hacia su hijo es catalogado generalmente como incondicional, es muy común encontrar figuras en las que la madre o el padre juzgan a sus hijos o en las que esperan algo de ellos, ya sea en términos de reciprocidad, o de comportamiento, o de éxito, o de muchas otras formas similares más, llevando a ese amor a no parecer tan incondicional. 

 

¿Somos Educadores?

 

Así como se sobreentiende con frecuencia que el amor de los padres hacia los hijos es incondicional, suele caerse en el pensamiento de que los hijos vienen a que sus padres los enseñen —o los eduquen— a partir de sus experiencias vividas. Incluso, muchas veces las relaciones padres-hijos se convierten en una imposición sistemática de creencias basadas en la experiencia de los padres, o que es lo mismo, basadas en sus propios sistemas de creencias. De esta manera el hijo va heredando un sistema de creencias similar. 

 

Este ciclo nos llevaría a concluir que muchas de las cosas en las que creemos, no las creemos a partir de nuestras propias experiencias, sino de las vivencias de las personas de nuestro entorno, sobre todo en edades tempranas y desde la relación con nuestros padres. 

 

Por supuesto, detrás del sistema de creencias de todos los seres humanos participa fuertemente el gran sistema. Para una muestra rápida, ¿en qué momento se nos ocurrió que hacer feliz a un hijo era ponerlo a competir con otros por el éxito? y adicionalmente, ¿en qué momento se nos ocurrió que obligarlo a tener ciertas creencias y comportamientos era hacerlo libre? Pero eso es un tema extenso del que se habló en la entrada anterior de este mismo blog, así que por ahora lo dejaremos hasta ahí. 

 

Lo importante es comprender que no necesariamente lo que yo creo es lo correcto al interactuar con mis hijos, así como tener la capacidad de identificar cuándo estoy imponiendo una creencia en lugar de estar permitiendo que mi hijo experimente. 

 

¿Somos Solo Maestros?

 

Contrario a estas necesidades de esperar resultados de nuestros hijos y de imponer creencias en ellos, una de las cosas que se comprenden cuando se recuerda la Luz de Dios en uno, es que todos estamos viviendo nuestro propio camino. Todos los seres que habitamos la Tierra, sin importar la edad que tengamos ni las experiencias que hayamos vivido, venimos como aprendices y como maestros. 

 

Todos somos alumnos de la existencia y experimentamos en un escenario de dualidad (o de lo que conocemos como bien y mal) mientras nos graduamos como “quienes recordaron su propia Luz”. Y todos somos maestros de los otros, mostrándonos permanente y mutuamente esos aspectos que nos impiden recordar esa Luz que somos todos.  

 

Desde mi perspectiva actual, el aprendizaje se da en ambas direcciones. Y más que un proceso de aprendizaje fortuito, es un entramado de personajes escogidos por todos, que se desenvuelve en un escenario construido también por todos, para que podamos descubrir los temores que nos impiden recordar el amor incondicional de Dios que somos en realidad. Y dicho escenario, por supuesto, está regido por las Leyes de Dios que no son más que lo que conocemos como las ciencias y la metafísica.

 

Entonces, si todos somos aprendices y maestros, puede ser útil reconocer dentro de nuestros roles de padres nuestros estados de aprendices. Puede ser importante recordar que no solo somos maestros de nuestros hijos, sino que ellos también vienen a mostrarnos muchos aspectos de nosotros que probablemente estén aún por ser descubiertos.

 

¿Estamos Haciendo La Tarea?

  

Sumado a lo anterior y no menos importante, uno de los aprendizajes más intensos en la Tierra es el desapego. Y en las formas de interacción descritas anteriormente, se dan situaciones para que podamos llevar a cabo ese curso. 

 

Las relaciones, y en especial las de padres e hijos, parecen estar diseñadas para que, entre otras muchas cosas, ejercitemos la capacidad de soltar. No solamente para que entendamos que nuestros hijos no nos pertenecen, sino para que entendamos también que nada de sus vidas nos corresponde. Ellos son seres independientes aún cuando estén bajo nuestro cuidado mientras se hacen autónomos, y el apego que proviene de una forma de miedo que es el miedo a perder la seguridad que creemos tener sobre alguien o algo suyo, soltar esta forma de apego, es uno de los objetivos que pusimos en nuestras relaciones con nuestros hijos. Esto teniendo en cuenta que con frecuencia el apego proviene de nuestro miedo a la soledad.

 

Así, la tarea que tenemos en gran medida es la tarea de soltarlos a ellos y a todo aquello que produzca en nosotros ansia de control alrededor de sus vidas, para hacernos a ellos y a nosotros verdaderamente independientes.

 

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¿Son Nuestra Responsabilidad?

 

¿Son Nuestra Responsabilidad?

 

Pero además de que pueda ser útil reconocernos como aprendices de nuestros hijos, y de que reconozcamos nuestra tarea de desapegarnos de ellos y de sus resultados, hay otra figura dentro de ese vínculo que también puede verse desde otro ángulo.

 

El ciclo de vida que conocemos nos lleva a ser frágiles al nacer y a hacernos responsables de la misma fragilidad cuando procreamos. Y esa fragilidad hace que queramos proteger a nuestros hijos, hasta el punto de sentir la necesidad de evitarles cualquier tipo de dolor, o hasta el punto de pretender enseñarlos a evitarlo. 

 

Así es como, al ser hijos actuamos despreocupadamente ante nuestros padres, y al ser padres comprendemos lo que ellos sentían con respecto a nuestros comportamientos. Y como un paso interesante, en algún momento de nuestra adultez, podemos llegar a sentir que debemos educar a nuestros padres, mientras ellos parecen regresar a un estado aparentemente infantil. En principio puede parecer extraño que esto se dé de esta manera. Pero en algún momento, el propósito parece evidente en esto que podemos llamar el ciclo de la responsabilidad.

 

Resulta perfectamente entendible que queramos hacernos responsables de quien parezca estar en una condición de fragilidad, sea hijo o no. Y seguramente el grado de responsabilidad está sujeto a esta última variable, pues cuando lo traemos al mundo se puede sentir esa responsabilidad con mayor intensidad. 

 

Sin embargo, no solo resulta imposible evitar el dolor a aquellas personas de las cuales nos sentimos responsables, sino que no nos corresponde. Pues parte de la necesidad para el aprendizaje al venir a esta Tierra es la experimentación del dolor. 

 

Con esto no quiero decir que debamos permitir que nuestro hijo de dos años salga a la calle solo. Pero si, por ejemplo, tiene que vivir una decepción amorosa para conocerse a sí mismo, no podremos evitarlo. De hecho, asimilando que los demás son seres que necesitan experimentar el dolor como nosotros lo hacemos, se puede hacer más sencillo comprender que el dolor es natural en la vida, sin que haya necesidad de hacer de él un drama convirtiéndolo en sufrimiento, y que no tenemos la responsabilidad sobre la vida de nadie, incluyendo, o tal vez particularmente, sobre la vida de nuestros hijos.

  

¿Es Verdadera La Libertad?

  

Algunos padres optan por una educación libre. Y esto suena muy propicio. Pero este tema se presta para ampliar lo que rozamos anteriormente: El juicio. 

 

Si hay algo que nos ha intentado decir la expresión “libre albedrío” así como los maestros que la han pronunciado en la historia de la humanidad, es que cada cual es libre de experimentar lo que considere necesario en su viaje de regreso a Dios. En principio, y en parte debido al propio gran sistema desde lo religioso, esta expresión se enredó un poco dentro de lo que las religiones interpretaron como leyes de Dios. Mejor dicho, se enredó en una contradicción, como si Dios nos hubiera dicho “los hago libres pero me tienen que obedecer o si no los castigaré”. 

 

Esta teoría nos deja con las preguntas ¿si soy libre por qué siento culpa? ¿de donde proviene la culpa? La culpa viene del sistema de creencias, al igual que la energía de víctima que adoptamos muchas veces en la vida ante los demás y ante el mismo Dios en el cual creemos. Ambas energías vienen de interpretaciones acomodadas del libre albedrío. Y ambas tienen como fin el control sobre el otro. 

 

No obstante, al encontrarnos de nuevo con Dios, esta expresión de “libre albedrío” adquiere todo el sentido en la certeza de la libertad. Dios nos hizo libres y libres nos dejó para que experimentáramos mientras lo recordamos en nosotros. Nos hizo libres para que reencontráramos nuestra Luz experimentando la oscuridad. Esto hace que lo veamos como un Dios que no juzga ni castiga, sino por el contrario, permite que lo veamos como un Dios que es en realidad infinita misericordia.

 

Aplicado a las relaciones, ¿podemos adoptar un abordaje similar en nuestras vidas? En todas nuestras relaciones, en especial las relaciones con nuestros hijos, podemos hacer consciencia de la procedencia de estas energías para tratar de evitar imponerlas o contagiarlas a ellos. Evitando nuestras posturas de víctimas y culpables ante ellos, podemos hacerlos mas libres de la culpa y de la misma necesidad de victimizarse generadas por el sistema en su afán de controlar. 

 

De paso, podemos contribuir en un tema tan álgido como el que se trata hoy día: El tema de la paz. Liberando al juez interior no solamente hacemos más sanas nuestras relaciones, sino que contribuimos con la paz que tanto anhelamos a partir de una postura no politizable, y dando ejemplo a los que nos rodean, en especial a los menores a “nuestro cargo”.

 

La Fórmula Mágica

 

A pesar de que muchas de las figuras que se dan en una relación padre-hijo parezcan naturales en el camino del ser humano, y ligado a las visiones anteriores, existe una formula mágica que nos puede permitir ver que no necesariamente es así. Esta fórmula mágica nos ayuda también a entender porqué tenemos las relaciones que tenemos —no solo con nuestros hijos sino en otros vínculos—, así como los motivos por los cuales nos suceden las cosas que vivimos. 

 

Por lo general, cuando nos encontramos en una situación complicada, tendemos a culpar de lo que consideramos “nuestras desgracias” a la otra persona involucrada, al destino o al mismo Dios. Pero, profundizando en que todos venimos a vivir nuestro camino en total libertad, ¿qué pasaría si las relaciones y las situaciones que se presentan en la vida las hubiéramos elegido para mostrarnos eso que no somos realmente? 

 

Las relaciones que tenemos son el resultado de nuestras elecciones antes de venir a la vida, y las situaciones que vivimos las creamos a partir de la energía que emitimos por medio del pensamiento, la palabra, la obra y la emoción. A ambas, tanto a las relaciones como a las situaciones, las elegimos y las creamos inconscientemente con el fin de conocernos para redescubrirnos como Luz. 

 

Las gamas de energía que emitimos como individuos, se encuentran entre dos fuentes primordiales: El amor y el miedo. Y cabe señalar que cuando se habla de amor en este contexto no es del amor del enamoramiento. Es del amor incondicional. Entonces nos podemos preguntar de dónde provienen estas dos energías. 

 

La energía del amor incondicional es la energía de la que estamos hechos, y la energía del temor es la energía que va creando el falso escenario en el que nos desenvolvemos, para poder ir descubriendo la verdad. Es así como cada situación la creamos a partir de uno o varios temores que hacen parte de nuestro Yo ficticio, o del amor como en el caso de lo que llamamos milagros. 

 

Como dato adicional, los temores pueden estar muy escondidos en lugares recónditos del Ser. Y el amor que somos está listo para actuar como parte de la unidad que conformamos entre todos siendo fotones de energía, siempre que lo permitamos habiendo sanado la ilusión del temor. 

 

En la entrada de Dios Como El Sol y El Poder de Creación de hace un tiempo, puede resultar mas sencillo asimilar esta visión del Ser. Por ahora, recreemos lo anterior para hacer más clara nuestra fórmula.

 

Se presenta una situación determinada con una persona determinada. Esa situación nos lleva a reaccionar a través de un ego como la culpa, la ira, la envidia, la arrogancia o cualquier otro entre muchos. Dependiendo de cuál sea esta reacción o ego, podemos determinar de qué temor puede provenir dicha reacción o ego. Y una vez identificamos el temor, podemos identificar también su procedencia y dirigirnos hacia la sanación del mismo, ya sea desde nuestra propia consciencia o buscando ayuda externa. 

 

Para un ejemplo, la situación podría ser que un amigo nos cuenta que se ganó la lotería. La reacción inconsciente puede estar determinada por la emoción de la envidia. Si hacemos consciencia de esa emoción, podemos preguntarnos de donde proviene, sabiendo que siempre proviene de un temor. Al hacer consciencia de la envidia que sentimos, podemos concluir que el miedo que causó dicha situación causando también la reacción de la envidia, puede haber sido el miedo a la escasez. Una vez determinamos el temor involucrado, podremos tratar de determinar su raíz para proceder a sanarlo. Para aplicarlo al ejemplo, supongamos que después de darle vueltas al temor que hemos identificado, recordamos que adoptamos el temor a la escasez tras un trauma en la infancia producido por la quiebra económica de nuestra familia. Y ahí es donde la fórmula se hace mágica. Al conocer la procedencia del temor que causó la situación, podemos proceder con la búsqueda de herramientas que nos permitan sanar ese temor. Y una vez sanado el temor, dejaremos de proyectar ese tipo de situaciones.

 

Cabe aclarar que, así como hay cantidades de reacciones o egos y cantidades de temores que los producen, hay cantidades de posibles procedencias de cada uno de los temores que guardamos en nuestro Ser. Muchas de esas posibles procedencias están expuestas en el libro Eres Dios, pero para dar una rápida pincelada, los temores pueden venir de traumas en el pasado de esta misma vida, o de experiencias vividas en otras vidas, entre muchas otras circunstancias relacionadas con lo que se conoce como Karma.

 

De cualquier manera, toda la cadena descrita anteriormente tiene el propósito de llevarnos a una sanación, y de acuerdo con lo conscientes que nos hagamos de todo el proceso, puede pasar que sane ese temor de inmediato, que tomemos medidas para sanar a mediano o largo plazo o que la situación se repita muchas veces antes de lograr disolverla. Mientras tanto continuamos creando la realidad a partir de esos temores que están pendientes de ser sanados.

 

Desde esta visión podemos asumir la responsabilidad de todo lo que creamos como realidad, pues damos un giro a lo que comúnmente percibimos como el azar o el destino, o damos vuelta a algo que se dio en la historia como la humanización de Dios haciéndolo juez y dador o castigador. 

 

En lo referente a la educación, por esta razón es posible sentir algunas veces que nuestros hijos traen todo lo que no nos gusta. Ellos traen mucha información para que hagamos consciencia de lo que tememos y lo vayamos depurando en nuestro viaje hacia nuestra libertad. Por supuesto, esto se da también al contrario. Y detectando los temores que pueden estar causando las diferencias en las relaciones con nuestros hijos, o al menos comprendiendo que esas diferencias parten de temores de una o de ambas partes, el acercamiento a ellos o la resolución de los conflictos pueden ser mucho más sencillos y eficaces.

 

Acompañar hijos

Acompañar en Vez de Educar

 

Acompañar En Vez De Educar

 

Con toda esta información puede resultar obvio que todas las relaciones, y por supuesto las relaciones con nuestros hijos, nos dirigen minuto a minuto hacia la expansión de la consciencia, tanto la de ellos como la nuestra. En realidad, y como queda expuesto en otros apartes, todo lo que vivimos con todos los demás nos está dirigiendo hacia estados más elevados de consciencia.

 

Cuando hacemos consciencia de los propósitos detrás de toda relación y situación, nos puede cambiar el esquema de las mismas, e incluso, el esquema de la vida. Para mencionar algunos ejemplos, puede que se haga evidente nuestro afán por lograr que nuestros hijos estén siempre a nuestro lado, o que se haga evidente el afán porque logren lo que nosotros creemos que les da seguridad. Incluso se puede hacer evidente nuestro afán porque logren lo que nosotros queremos en ellos para nosotros, como en el caso de esperar que sean exitosos para poder cubrir así temores que nos pertenecen a nosotros. A manera de respuesta a un par de preguntas anteriores, los niños, por lo general, ya vienen felices y libres. Y resultan encausados en temores por los padres en su afán de protegerlos, temores que muchas veces vienen del gran sistema de creencias que está en la sociedad y en la cultura. 

 

Al hacer consciencia de las posibles causas de esas emociones, podemos dar un giro a la relación y liberarla. Ese camino hacia la consciencia es el que nos permite ir recordando que podemos amar sin condiciones, que podemos dar espacio a que nuestros hijos construyan y derriben su propio sistema de creencias desde la experiencia, que somos aprendices de ellos, que cada cual es responsable del destino que construye, que se puede trabajar por ser independiente y por hacerlos independientes, que hay un libre albedrío al cual todos tenemos derecho y que vamos creando situaciones desde el temor o el amor según el caso. Pero además, que nada es coincidencia. Todo tiene una razón y un propósito definidos.

 

Al hacer consciencia de estas formas de actuar y otras similares, puede que dejemos de buscar aplicar un esquema de educación, para buscar enrularlo naturalmente hacia un esquema de acompañamiento.

 

El Momento y Las Misiones

 

Hoy día, sí que se está haciendo común ver a adultos sorprendidos con los comportamientos de sus hijos. De hecho, se ha hecho común escuchar a algunos padres reconociendo que sus hijos vinieron a enseñarles muchas cosas. ¿Será que hay algo adicional detrás de todo esto? 

 

Muchos de los niños que llegan hoy día, como muchos de los adultos que están despertando, vienen a hacer un trabajo intenso de recordación del Ser, en servicio de la humanidad y a la misma Tierra. Por esta razón, en muchas familias hay niños rompiendo esquemas a través de la recordación de vidas anteriores, o de lugares de origen diferentes a la Tierra, o de muchas otras circunstancias similares que para ellos son certezas indiscutibles, aunque para otros parezcan locura. Y por la misma razón y como una verdad irrebatible, hay muchos niños que se niegan a ser adoctrinados, dirigidos o “educados” de las formas tradicionales, pues vienen con el recuerdo de ser paz, amor, sabiduría, abundancia y libertad entre otras virtudes que hacen parte de la esencia de todos, y a compartirlo y expresarlo como parte de sus misiones.

 

Y es que, cuando sabes que eres todo eso, ¿qué importancia tiene lo demás? Cuando recuerdas que tu esencia es paz, amor, sabiduría, libertad y otras virtudes, recuerdas que la etiqueta carece de toda relevancia. Recuerdas incluso que la muerte no es nada, por consiguiente se termina el drama. Y muchos niños vienen con este chip listo para trabajar.

 

Para este tipo de casos es especialmente importante tratar de permanecer en estado de acompañamiento, permitiendo así que la información que quieren dar estos niños  a través de los canales que traen abiertos, fluyan con libertad, en lugar de inducir a bloqueos por temores transferidos desde sus entornos. 

 

Adicionalmente, los niños de hoy vienen, entre otras misiones, a demostrar que el libre albedrío implica la postura de no intervención en la vida del otro. Así como Dios no interviene en los pensamientos y las acciones de cada individuo, los padres pueden procurar no intervenir en las experiencias que vinieron a experimentar sus hijos. Y así como Dios nos acompaña y siempre está ahí para nosotros, en la figura de la educación podría ser más útil acompañar a los hijos y estar ahí para ellos, que pretender vivir sus vidas y hacerlos como nosotros. O dicho diferente, que asistir a la universidad en el lugar de ellos.

 

El momento, por otra parte pero asociado con lo mismo, es de suma relevancia para la humanidad. Y el grano de arena de un padre puede consistir en estar más pendiente de lo que le quieren decir y le quieren ayudar a reconocer sus hijos de sí mismo, y en darles espacio para que puedan dar aquello para lo que vinieron, que en dirigir, reprimir y castigar. 

 

Y este momento y la posibilidad de aportar, son las mismas razones por las cuales la educación también viene cambiando hacia formas que dan más espacio a la expresión, a la unidad y al bien mayor del Todo, tal como la consciencia se va manifestando en cada individuo durante su paso por este planeta. Y por lo mismo cabe insistir en que uno de los esquemas que están en camino a la ruptura mientras evolucionamos, es el esquema de la intervención. Aquella creencia que dice que debemos intervenir en la vida de los demás para que sean mejores personas.

 

La Simpleza Del Todo: Amar

  

Este punto de vista que se expone en este texto, en conjunto con la experiencia de la Unidad con el Todo, se puede exponer de una manera resumida, en la simpleza del Todo. Con lo expuesto y la vivencia de la Unidad, se puede hacer más sencillo reconocer que todas las relaciones y las situaciones que experimentamos en la Tierra, nos las ponemos en el camino para retarnos a amar sin condiciones. Pero no porque amar sin condiciones sea una meta antinatural del ser humano, sino porque vinimos a la Universidad de la Tierra a experimentar el temor para poder vencerlo, y recordar así, que somos por la misma naturaleza, Seres hechos de amor sin condiciones, a imagen y semejanza de nuestro Padre/Madre Dios. 

 

Autor: André Van Hissenhoven

Más temas como este en el libro Eres Dios del mismo autor www.eresdios.com 

Visto también en el sitio www.eresdios.com

 

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