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Esa aventura llamada Muerte

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La muerte no existe. La gente sólo muere cuando la olvidan.

Si puedes recordarme, siempre estaré contigo”.

– Isabel Allende-

El mundo occidental actual es altamente escéptico cuando se habla de una vida consciente más allá del cuerpo físico. Por lo menos de palabra, sino de pensamiento. En otras regiones del mundo donde se profesan otras religiones, o en otras épocas de la historia, sucedía justo lo contrario. La creencia fuertemente arraigada de que existe una vida eterna en el más allá, marcaba el comportamiento de la humanidad en la vida terrenal, y su actitud hacia “el otro lado” era bien diferente. Hoy día, parece que está de moda esconder la idea de la muerte. No nos gusta pensar en ella. Escondemos a los viejos, enfermos y moribundos en hospitales o centros geriátricos como si su estado de transición fuera una falta o un pecado ajeno a nosotros. Como si la muerte, no fuera a tocarnos nunca. Y sin embargo, tarde o temprano todos vamos a sentirla en nuestra experiencia.

De este modo, ¿no sería mejor que estuviéramos preparados para lo inevitable?

Sería menos traumático para el hombre moderno, si la sociedad dejara de rechazar el hecho de que todos vamos a morir algún día, y por contra propusiera recursos para estudiar el fenómeno y guiar al viajero en su paso hacia el más allá.

Si estamos planeando por ejemplo un viaje de aventuras, dejamos lo justo a la improvisación. Por contra, realizamos un estudio de la zona que queremos visitar, nos documentamos, compramos guías de viaje, reservamos hotel, estudiamos los horarios de transporte, las costumbres del país, el idioma etc. Es decir, hacemos todo lo posible para estar preparados y disfrutar del viaje.

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¿No deberíamos hacer lo mismo con la muerte? Veamos una serie de pasos fundamentales.

El retorno desde el Más Allá

La mayoría de las personas que han pasado por una experiencia extracorporal tienen la gran certeza de que se encontrarán con experiencias similares después de la muerte. Todos dicen «¿Como podría ser de otro modo?». «Sé por mi propia e incontrovertible experiencia que puedo estar realmente vivo y consciente en este segundo cuerpo, totalmente separado de mi cuerpo normal, y cuando lo pierda con la muerte, nada puede impedirme vivir en mi segundo cuerpo

Y nada les hará desistir de su certeza. Pero el materialista que no ha tenido esta experiencia y no quiere admitir estas ideas turbadoras que darían al traste con todas sus convicciones anteriores ¿qué puede decir? Dirá que son sueños o alguna clase de alucinaciones; todo menos aceptar las ideas a las que su mente está cerrada. Dudo que alguna vez podamos tener pruebas materiales de la vida después de la muerte, pruebas que incluso el científico más obstinado se vea obligado a aceptar. Todo cuanto podemos esperar es una gran acumulación de casos que, por su similitud y sinceridad, sean suficientes para convencer a la gente de mente abierta e inquisitiva.

¿Qué pasaría entonces si alguien se muriera de verdad y luego regresara, recordando cómo era estar muerto? Gracias a los progresos médicos en la resucitación, realmente hay cientos de personas que lo han hecho. Algunas personas han muerto ahogadas o por un ataque al corazón. A veces se ha intentado resucitarlas pero sin éxito. En algunos casos incluso se ha escrito un certificado de defunción. Sin embargo, por lo que sea, tal vez por los ruegos de un pariente, el doctor ha vuelto a intentarlo y el paciente, clínicamente muerto, ha resucitado gracias a un masaje al corazón ya la respiración artificial, o a algunas técnicas más modernas. Algunas personas a las cuales les ha sucedido esto no recuerdan absolutamente nada de lo que pueden haber experimentado en el otro lado. Pero otras, cientos de ellas, recuerdan claramente estos acontecimientos y pueden relatarlos al doctor o a un pariente cercano. Unas pocas personas «murieron» dos veces en un intervalo de pocos años. En una ocasión no recordaron nada, pero en la otra tuvieron experiencias vívidas extracorporales.

Dos médicos americanos, el doctor Raymond A. Moody y la doctora Elisabeth Kubler-Ross, pasaron varios años recogiendo datos de estos casos sin saberlo, cada uno por su lado. Pero fue Moody quien sacó la primera publicación bajo el título: «La vida después de la vida».

Los casos de personas próximas a la muerte son similares en muchos aspectos. Con mucha frecuencia la experiencia empieza cuando la persona, liberada de su cuerpo moribundo, pasa por un túnel oscuro con una luz en el otro extremo. Al salir de él, suele encontrarse con una entidad benefactora y bondadosa, que podríamos llamar Cristo o Dios, pero que normalmente no tiene forma; puede describirse simplemente como un globo de luz o como un Ser de Luz. Esta entidad invita al individuo, amablemente pero con firmeza, a repasar toda su vida anterior. y esto se le facilita desplegando ante él una especie de pantalla tridimensional de cine o televisión, sobre la cual se contemplan los más importantes acontecimientos de su vida. Algunas personas afirman que todos los pequeños episodios por más triviales que fueran, quedaron plasmados allí. Resulta interesante el hecho de que el Ser simplemente dirige la atención del observador, invitándole a reconsiderar sus acciones, preguntando especialmente cuánto amor verdadero o altruista incluía cada una de ellas.

El Ser no pronuncia juicio alguno; simplemente invita a la persona a juzgarse a sí misma. Con la visión y comprensión más clara de este otro mundo, la persona encuentra al desnudo todas sus ilusiones y pretensiones y se ve obligada a realizar un juicio verdadero, por más doloroso o humillante que pueda ser.

Podríamos pensar que esta revisión tan detallada debería durar toda otra vida, o al menos muchas horas. Pero aquellos que lo han experimentado comentan a menudo que el tiempo parece totalmente distinto en ese otro mundo -de hecho casi no existe- como si el presente, el pasado y el futuro coincidieran en el momento presente. Frecuentemente, por la rapidez de la resucitación, hay pruebas de que la revisión pudo haber durado sólo unos minutos del tiempo terrenal ya veces sólo unos segundos.

Otro punto interesante es que este experimento extracorporal puede sucederle a cualquier persona que haya estado expuesta a un peligro extremo, pero que de hecho escapó viva, con o sin heridas. Tenía un «miedo mortal» y sufrió una especie de muerte psicológica en la cual dejó su cuerpo por unos instantes. Moody habla del caso de un motorista que derrapó de la carretera y dejó su cuerpo durante el tiempo en que el coche voló por los aires, aterrizando al final de un terraplén. Escapó con lesiones leves. Otro ejemplo sacado del segundo libro de Moody «Reflexiones sobre la vida después de la vida» nos habla de una persona que quedó atrapada en un incendio con numerosas explosiones. Vio como venían a rescatarle, pero estaba seguro de que moriría antes de que pudieran llegar hasta él. En su terror dejó su cuerpo y experimentó una revisión de su vida pasada. Luego retornó y quedó asombrado al ver a los rescatadores a un paso de su persona. Lo salvaron, pero sufrió graves quemaduras.

Un cierto número de personas que murieron y regresaron fueron recibidas por parientes que habían muerto anteriormente. Parece algo natural y apropiado, pero el escéptico convencido puede seguir considerándolo como imaginación. Robert Monroe describió una serie de visitas extracorporales voluntarias en su libro “Viajes fuera del cuerpo”, incluyendo una visita a su propio padre fallecido. El padre de Monroe murió, tras varios meses de parálisis y de incapacidad para hablar, después de un ataque; tenía 82 años. Transcurrieron varios meses antes de que Monroe intentara visitarle, concentrándose en la personalidad de su padre para que le ayudara. Monroe viajó largo tiempo en la oscuridad, luego se detuvo en lo que parecía ser un hospital. En una pequeña habitación encontró a su padre, con el aspecto de unos 50 años, y todavía con un aire bastante cansado. El muerto se volvió y vio a su hijo y le hablo: «¡Qué estás haciendo aquí!» Monroe estaba demasiado excitado para hablar, y su padre lo cogió por debajo de los brazos y lo levantó por encima de su cabeza, como solía hacer cuando Monroe era pequeño. Al preguntarle por su salud el padre replicó: «Ahora mucho mejor; el dolor ha desaparecido. Pero con el recuerdo pareció escapársele la energía y Monroe se dio cuenta de que era el momento de irse.

La Bendición Celestial

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«Se murió y se fue al cielo» , dice el cuento.

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Así lo hizo y así lo haremos todos, pues éste es un cuento que se convierte en realidad para todos. Pero no es tan sencillo ni tan inmediato como implica la historia. La morada natural del Yo Superior es el reino que ha sido llamado por algunos el «plano» mental y al cual vamos a referirnos como al cielo. La abrupta transición desde la vida terrena a la vida celestial sería demasiado súbita y realmente muy poco agradable para la mayoría de nosotros. Necesitamos un período de preparación en un Reino Intermedio porque también la vida en el más allá está dividida en planos o etapas. En ese Reino Intermedio permaneceremos hasta estar preparados para seguir avanzando. Cualquier deseo insatisfecho, cualquier preocupación que todavía nos ate a la Tierra, deberá ser resuelta en el Reino Intermedio.

Las personas que mueren tranquilamente de vejez tienen a menudo algunas visiones de la vida que les espera. Pueden recordar, más claramente que antes, sus visitas al otro mundo en sueños o tener experiencias conscientes extracorporales. Cuando el momento de la muerte se halla próximo nos dicen que ven lo que les espera para recibirles. Es realmente una observación muy corriente la de que el rostro de los muertos tiene una expresión de paz y felicidad. De la misma manera, la gente que cumple su cometido en el Reino Intermedio y que está a punto de pasar a una etapa más elevada de la existencia del más allá, tiene vislumbres de lo que les espera. Tal vez pasen algunos períodos cortos en ese reino puro y refinado y luego vuelvan a retroceder a los niveles superiores del Reino Intermedio. Pero al final estarán preparados y deseosos de continuar avanzando. Para entrar en el cielo, habrán pasado el período necesario en el mundo intermedio y se habrán liberado de ataduras, habrán vuelto la espalda a las atracciones de la vida terrena y a sus duplicados más refinados de los niveles astrales. Habrán purificado su alma de todas las emociones más groseras, que no pueden encontrar expresión en el mundo celestial. Al entrar en el cielo, llegamos a nuestra verdadera morada: nos reunimos con nuestro Yo Superior, volvemos a ser un todo. Lo que es más, nos hemos despojado de todos los aspectos fatigosos de nuestra personalidad, aquellos que nos impiden conocer a Dios. Ahora estamos liberados de todo esto; podemos entrar en nuestra verdadera morada, finalmente, en paz y con toda gloria. Esta nueva vida es tan diferente de la vida terrena que es muy difícil de imaginar. Todas las características desagradables de la vida en la tierra quedan ahora olvidadas; en el cielo no hay tristeza ni recuerdo de infelicidad ni de maldad. Solamente recordaremos los acontecimientos felices y valiosos y la sabiduría que hemos obtenido en la vida pasada. La imaginación es la clave de este mundo. Todo cuanto imaginamos viene a la existencia al instante. Creamos nuestro propio cielo exactamente tal como lo deseamos. Si nos creemos aquella caricatura en la que estamos sentados en una nube tocando el arpa, entonces, eso es precisamente lo que haremos hasta cansarnos y pensemos en algo más interesante que hacer. Si somos devotos, podemos pasar largas temporadas en actitud contemplativa en nuestra iglesia, templo o mezquita particular, o encontrando a Dios en la naturaleza. Pero si nuestra idea del cielo es la imagen de una vida familiar feliz, entonces será eso; familia y amigos, vivos o muertos, estarán a nuestro alrededor en feliz comunión. ¿Cómo puede ser esto, podéis preguntaros, cuando algunos de ellos están todavía vivos en la tierra? Ya he dicho que la imaginación era la clave: son figuras creadas, en su mayor parte, por la imaginación, aunque parecerán reales y, en cierto sentido son reales porque cada una de estas imágenes es una especie de duplicado de la verdadera persona, vivificada por los propios pensamientos y sentimientos. En ese mundo es posible estar en muchos lugares a la vez, incluso sin saberlo conscientemente. Pero si el pensamiento o el amor por otra persona es suficientemente fuerte y él o ella está también en el cielo, entonces podemos realmente encontrarnos y comunicarnos conscientemente. Si esto sucede, es una comunión más íntima, completa y satisfactoria que cualquier cosa que podamos experimentar en la tierra: nos convertimos, por así decirlo, en un solo y único pensamiento.

Si, no obstante, nuestra idea del cielo tiene un cariz más intelectual o artístico, entonces, tampoco quedaremos decepcionados. Podemos pasar nuestro tiempo intercambiando ideas con otros que tengan intereses similares, aprendiendo o enseñando, según se prefiera. No será como un debate o una discusión terrenal pesado o interrumpido por palabras inadecudas y susceptibles de ser mal interpretadas. La comunicación consiste en una especie de telepatía de las ideas, de los pensamientos en sí, y no de su torpe expresión verbal. Si nos gusta hacer planes o somos pensadores creativos tal vez sigamos elaborando espléndidos planes y organizando nuevas civilizaciones, donde todo el mundo sea sabio y se sienta feliz. O tal vez crearemos una maravillosa filosofía nueva que guíe a los hombres hacia la sabiduría y la armonía. Podemos hacer cuanto deseemos, dando rienda suelta a la imaginación. Tal vez escuchemos una música celestial, distinta a cualquier sonido producido por instrumentos terrenales, o incluso tal vez compongamos esa música. Podemos contemplar o incluso escribir grandes obras de teatro y óperas. y cosas por el estilo; todo cuanto hagamos o disfrutemos será lo que queramos hacer; una continuación de las actividades preferidas en la tierra llevadas a cabo sin ninguna traba o frustración por las limitaciones terrenales.

¿Parece todo esto demasiado maravilloso para ser cierto? No lo será. La realidad será mucho más maravillosa de lo que puede, posiblemente, imaginarse. Sin embargo, en otro sentido sí es demasiado bueno para ser cierto. Cuando en la vida terrenal tenemos una visión del otro mundo (astral) descubrimos que se halla fuera de toda descripción. Tiene sus cualidades únicas: en muchos aspectos es distinto a todo cuanto hay en la tierra y es maravilloso. Pero si pudiéramos elevarnos con toda nuestra conciencia a mayor altura, hasta el siguiente nivel importante que es este mundo celestial del que estamos hablando, nos ocurriría exactamente lo mismo. La experiencia sería una revelación totalmente nueva de un estado del ser más glorioso, más libre y más elevado de lo que nunca podríamos haber imaginado. Pues este nivel mental también tiene su propia singularidad, sus propias cualidades especiales e imprevisibles.

Pero en la práctica, muy pocos de nosotros somos capaces de hacer esta transición mientras nos hallamos todavía en la tierra, y por eso no tenemos experiencia de este nuevo mundo extraño, no sabemos cómo enfrentarnos a él. Cuando al final llegamos a esta esfera, después de la muerte, somos como bebés recién nacidos en la tierra. Pero ésta es una analogía imperfecta; el bebé aprende en seguida. Sin embargo, cuando alcanzamos el cielo, parece que no somos capaces de experimentar y aprender como lo hace un bebé; sólo podemos hacer uso de las experiencias que ganamos mientras reteníamos todavía un cuerpo físico y un cerebro que nos ayudaba a organizar estas nuevas experiencias. Pero la mayoría de nosotros, en la vida terrenal, no estamos todavía preparados para estas experiencias sublimes: tenemos otros asuntos terrenales para tenernos totalmente ocupados. Así que llegamos al cielo sin preparación alguna y lo único que podemos hacer es crear nuestro propio trocito de cielo a nuestro alrededor y morar en él subjetivamente en una especie de estado de sueño. Para un yogui de larga experiencia que haya superado este nivel mental, la situación de la mayoría de habitantes del cielo seguramente le aparecería así, pero a cada uno de estos individuos no les parece igual en absoluto. Para cada uno de ellos es una vida plenamente feliz, en perfecta libertad y eso es lo que importa -nuestros propios sentimientos respecto a la situación. Ya he dicho que las condiciones de este mundo son realmente indescriptibles y todo esto tal vez no tenga mucho sentido en estos momentos. No os preocupéis; lo disfrutaremos enormemente cuando lleguemos allí.

Otra narración de la vida después de la muerte sugiere que es un engaño cruel considerar la vida del cielo como un nuevo sueño e ilusión. En la vida física, se señala, muchos de nosotros están considerablemente centrados en sí mismos y actúan solamente dentro de un área limitada. Estamos limitados no sólo respecto a nuestro lugar de residencia ya nuestro trabajo, sino en nuestros pensamientos e ideas, y vivimos en nuestro propio pequeño mundo de prejuicios, hábitos y convenciones. Por eso no sería de sorprender que hiciéramos lo mismo en el cielo. Sin embargo, no es lo mismo; en el cielo estamos mucho más cerca de ese origen de nuestro ser, y por ello vemos y pensamos de un modo más real. Tampoco hemos de suponer que esta larga permanencia en el cielo sea inútil. Por el contrario, tiene su propósito y realmente sirve para un objetivo dual. Por una parte «recibimos la recompensa en el cielo» por todas las pruebas y tribulaciones de una vida difícil bien pasada en la tierra; disfrutamos de una tranquila relajación y reflexionamos sobre nuestras adquisiciones de la vida pasada. Por otra parte, estas reflexiones tienen un valor positivo; tenemos un tiempo muy largo para digerir nuestras numerosas experiencias y extraer de ellas su virtud. Entonces transmutamos la experiencia en sabiduría, y las aspiraciones sin realizar, con facultad de llevarlas a cabo en caso de tener otra oportunidad. Se necesita tiempo y libertad de compromisos para hacer todo esto. Tenemos a nuestro alcance cuanta fuerza necesitemos y podamos utilizar.

La vida en la tierra parece estar avanzando cada vez con más rapidez, a medida que la ciencia y la civilización aportan rápidos cambios a nuestro modo de vivir y a medida que la población mundial aumenta velozmente. Por eso algunas personas sugieren que la vida celestial puede también verse acelerada. Ante la ausencia de cualquier acontecimiento que señale el paso del tiempo, la experiencia será intemporal y el tiempo, tal como nosotros lo entendemos, no tendrá valor alguno.

Se dice que el «plano» mental está subdividido en un número de subniveles, distintos entre sí por la cualidad de su substancia mental refinada. La mitad inferior está asociada con los pensamientos concretos y forma parte del reino de la personalidad, el yo inferior, mientras que la parte superior trata del pensamiento abstracto y es la morada del Yo Superior. Parece que el alma en el cielo no está obligada a experimentar las condiciones de los distintos subniveles, uno tras otro. Se ve atraída al nivel adecuado a su temperamento e inclinaciones.

¿Cuáles son, pues, las opciones? Se dice que el primer nivel es la morada natural de todas aquellas personas que no han pedido nada más en la tierra que una vida familiar afectiva y un círculo de buenos amigos. Si ésta es vuestra inclinación, entonces os veréis muy complacidos. Vuestra familia y amigos están allí con vosotros, dondequiera que los queráis. No hay necesidad de viajar, como en la tierra, para visitar a los hijos y las hijas que viven lejos del hogar. Simplemente, bastará con pensar en ellos para tenerlos a vuestro lado, con todo su cariño, junto con sus esposas y esposos y con vuestros nietos, a los cuales tal vez raramente veíais en la tierra, u otros que posiblemente nacieron después de vuestra muerte. Vuestros amigos y sus familias también estarán todos a vuestra disposición en cuanto lo deseéis. Tal vez os preguntéis sobre los animales domésticos. Los echásteis de menos cuando murieron, o tal vez vosotros os fuisteis antes y los dejásteis llorando por vosotros. Sí, podéis tenerlos a vuestro lado. Será a través de la imaginación, verdaderamente, aunque parecerá tan real que no os daréis cuenta de ello. Los animales tal vez no sean capaces de alcanzar vuestro nivel, pero la imagen que crearéis al pensar en ellos estará animada y vivificada por el afecto que os tenían en la tierra. Lo mismo ocurre con los amigos. No podéis reclamarlos en exclusiva; sería algo egoísta e injusto, porque ellos tienen otros amigos. En el cielo no hay lugar para el egoísmo y la injusticia. Pero eso no será problema alguno, porque los podréis ver tanto como queráis. Si os cansáis de su compañía no tenéis más que retirar vuestra atención y se desvanecerán.

El segundo nivel es para aquellos que buscaron su guía más allá de la familia y los amigos, que adoraron a algún personaje religioso como Jesús, Buda, Mahoma o algún santo en particular, o alguno de los Dioses Hindúes, según su secta religiosa aceptada. Si acudíais a la iglesia sólo el domingo, entonces, indudablemente, podréis continuar con algo parecido a esta práctica, pasando la mayor parte de vuestro tiempo en el primer nivel y visitando el segundo siempre que sintáis la necesidad religiosa. Ya no os veréis presionados por la costumbre local o por un sentido del deber. Podéis hacer exactamente aquello hacia lo cual os sintáis inclinados.

El tercer nivel es, sobre todo, para aquellos cuyas inclinaciones religiosas tenían un cariz menos personal, aquellos que adoraron a Dios o a la Inteligencia Cósmica o a Brahma, de alguna manera más abstracta. También para aquellos que veían el Principio Divino encarnado en los hombres y en las mujeres y que se preocuparon actívamente por ayudar a los demás.

El cuarto nivel es para aquellos de una inclinación más intelectual, que llevaron estas abstracciones a un estadio más avanzado, intentando trabajar para el bien de la humanidad, en lugar de hacerlo para un individuo en particular o para grupos de personas.

Aquí están las personas para quienes el conocimiento espiritual fue una aspiración altruista, los fílósofos y los científicos más inspirados, los grandes escritores, actores, músicos, artistas y demás; la gente que trató de transmitir algo de su propia comprensión espiritual a los demás.

No hay necesidad de dar detalles y ejemplos más precisos. En el momento en que lleguemos al mundo celestial estaremos totalmente acostumbrados a vivir sin cuerpo físico. Hemos de insistir en que no necesitamos sentir el más mínimo temor ante esta nueva transición, esta nueva etapa de nuestra aventura. Sin esfuerzo consciente, nos encontraremos en las condiciones más idóneas para las necesidades del momento, y en otras igualmente adecuadas cuando las necesidades varíen.

Hay etapas todavía más elevadas de este mundo, pero las únicas personas que se sentirán bien allí son aquellas que estaban totalmente familiarizadas con el pensamiento espiritual abstracto en la tierra. Me refiero a las personas que comprendieron el propósito total de la vida y que estuvieron dispuestas a sacrificar los placeres mundanos para cooperar con estos fines espirituales. Hay en realidad muchas almas en los niveles superiores. La mayoría de ellas no están preparadas para tener una conciencia totalmente despierta en ese reino santo, y pasan el tiempo en una especie de sueño lleno de sueños benditos, una condición que no puede describirse sin dar lugar a malas interpretaciones. Sin embargo, se dice que todo el mundo tiene por lo menos una visión consciente del nivel superior, donde permanecemos desnudos, revelado nuestro Yo Superior verdadero y eterno, finalmente libre de aquellos últimos vestigios de la personalidad que hemos animado desde el nacimiento.

Como conclusión, voy a insistir una vez más en que la clave de una estancia larga y feliz en el cielo es el modo en que pensamos y actuamos en la tierra. Cuenta todo buen pensamiento y toda buena obra hecha espontáneamente, sin ninguna esperanza egoista de recompensa.

Preparativos para el viaje

¿Cómo podríamos prepararnos para este nuevo tipo de viaje? Es distinto a cualquier otro que hayamos emprendido. Necesitamos volver a considerar el propósito de la vida sobre la tierra y, sobre todo, pensar en el propósito de la vida «en el otro lado». Pues es esta maravillosa nueva vida a la que accederemos cuando empiece el verdadero viaje a través del portal de la muerte.

Cuando interiorizamos nuestros pensamientos y reflexionamos sobre el significado de la vida, necesitamos pensar en la vida celestial tanto como en nuestra existencia terrena, para completar el ciclo. Necesitamos pensar en el futuro y en el pasado. Si habéis sido criados en la fe cristiana y no podéis llegar a creer en la reencarnación, la cosa no varía. La conclusión sigue siendo la misma. Si estáis seguros de que sólo tenéis una vida, entonces vuestra necesidad es todavía mucho más urgente para completar lo que tiene que hacerse en los días que os quedan aquí. El mensaje es «Perfección». ¿Os parece una tarea imposible? Realmente no lo es, pues hay varias etapas en el camino hacia la perfección. Es como una escalera, después de llegar a un rellano que en un momento dado parecía inalcanzable, veremos que hay todavía otros peldaños para subir .

Tal vez nos sea útil pensar que la clave del problema sea la idea del dejarse ir. ¿Qué puede ser más sencillo? Conseguirlo tal vez no sea tan fácil, pero realmente parece que vale la pena intentarlo. Ya conocéis el dicho familiar. «No os lo podréis llevar con vosotros.» Esto se refiere, naturalmente, a las posesiones materiales. Os veréis separados de ellas por la muerte, por más que os disguste la idea. Pero podéis dejar ir vuestro apego a las cosas materiales con vuestra imaginación, aquí y ahora. Esto contribuirá a disminuir la sensación de pérdida cuando estéis «en el otro lado». Incluso ya podríais decidir que no necesitáis algunas de ellas. Seguramente sería de gran ayuda para las personas que dejáis tras de vosotros, si habéis ordenado y organizado vuestras posesiones, deshaciéndoos de algunas de ellas. Quizá queráis cambiar vuestro testamento. Podemos llevar con nosotros nuestros pensamientos y sentimientos, prejuicios y hábitos, defectos y virtudes. Pero, ¿acaso queremos hacerlo? Retendremos aquellas partes de nuestro carácter que son buenas y positivas, pero ¿por qué no aprender a dejar ir las partes negativas ahora? Estaremos más contentos, más serenos, y con ello podríamos acelerar nuestro paso hacia el mundo celestial.

Hay una manera de dejar ir que no exige demasiado esfuerzo; una forma sencilla de meditación. Probad lo cuando estéis sentados tranquilamente, descansando en la cama justo antes de dormiros, o si os despertáis temprano. Haced que vuestros pensamientos y sentimientos se dirijan hacia vuestro Yo Superior. Si estáis acostumbrados a rezar, ofreced vuestra devoción a Dios. Tratad de pensar en cosas celestiales. No tenéis por qué obligaros. Si los pensamientos mundanos siguen introduciéndose, no dejéis que os preocupen; reconocedlos como tales y volved lentamente a vuestros pensamientos elevados. Esta sencilla meditación es adecuada para la inquieta mente occidental, particularmente en los últimos años de la vida. Puede hacerse en cualquier momento de tranquilidad y al cabo de un tiempo os daréis cuenta de que la paz y la tranquilidad irán sustituyendo a la ansiedad. Consideremos nuestros defectos y faltas. Reconozcámoslos y admitámoslos. Si queremos cambiarlos, es mejor sustituirlos que luchar contra ellos. Dejemos ir los viejos hábitos. Probemos otros nuevos y veamos qué ocurre. Por ejemplo, es posible que tengáis un temperamento irritable. Sed conscientes de ello como un defecto del cual os gustaría libraros. Pensad positivamente en su opuesto, en la paz, la armonía y la serenidad. Cuando os provoquen, vuestro malhumor volverá a estallar automáticamente. Pero, poco a poco, se irá convirtiendo en algo ajeno a vosotros; la próxima vez no durará tanto. Finalmente conseguiréis arrancarlo de cuajo; os encontraréis de improviso con un sentimiento de cólera y luego, con una sonrisa, la disiparéis y volveréis a experimentar la serenidad. Por favor, intentadlo y comprobad por vosotros mismos su efectividad.

AUTORA: Eva Villa, redactora en la gran familia hermandadblanca.org.

FUENTE: “Nuestra ultima aventura” de Lester Smith.

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Sobre Eva Villa (Redactora-Traductora GHB)
Escritora, guionista y pintora. Mis aficiones son los viajes, los idiomas, los animales y la búsqueda incansable de conocimiento.
3 comentarios
  1. User comments

    Realmente la muerte no existe, nada de lo que el padre creó desaparece, simplemente se evoluciona .

  2. User comments

    No estaremos en paz en el plano intermedio,si no nos desprendemos ahora de las emociones,pensamientos y actitudes negativas que nos atan al plano fisico.

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