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Los doce eslabones de la existencia condicionada: Reencarnación

Eslabones que atan al ser humano. Alguna vez te has preguntado ¿Por qué estás aquí? ¿En este planeta, esta región o país? ¿Cuáles fueron las circunstancias que te llevaron a nacer o renacer? Si es así, entonces eres una de esas personas que han despertado a un menor o mayor grado de consciencia, y en consecuencia, las líneas que siguen serán claras y podrían aportar un poco de luz. De no ser así, si aún este tipo de preguntas no despierta en ti ninguna curiosidad, no pasa nada. No hay que agobiarse pues todo llega a su debido tiempo, es cuestión de merecimiento, y en ese caso, no es necesario que continúe leyendo esto.

Por otra parte y para quienes hemos iniciado un camino espiritual consciente, en algún momento nos habremos visto frente a la inquietud de entender el proceso del renacimiento o reencarnación y no solo por curiosidad de académico intelectual, sino –en una etapa posterior– por el desasosiego y la desesperación que trae consigo la persecución acrítica de quimeras materiales y sociales. Para que este escrito pueda tener algún efecto positivo, se deberá partir de la base de que la existencia de un ser humano trasciende los cien años que transcurren entre el nacimiento y la muerte de un cuerpo físico, pero también se ha tener presente que existe un proceso evolutivo que, como todos los pares de opuestos, tiene un comienzo y, eventualmente tendrá un final.

La aproximación a conceptos sublimes o espirituales se puede hacer desde diferentes referentes, fuentes o sistemas, pudiéndose expresar las mismas ideas, conceptos o verdades utilizando palabras o ideas igualmente diferentes. El sincero buscador de la verdad debe estar en capacidad de reconocer las porciones de verdad existentes en cada concepto, pues esto es parte de su deber esencial. Pues bien, en las siguientes líneas se pretende hacer una aproximación al concepto esotérico de la reencarnación y para ello y acudiendo al Budismo Tibetano, se partirá de la Doctrina del origen condicionado” o pratītyasamupāda (en lengua Sánscrita), cuyo proceso consta de doce eslabones interdependientes (Ver Fig. 1). 

 

Causalidad1

Los doce eslabones de la existencia condicionada

Al mirar a nuestro alrededor vemos personas cuyas vidas parecen ser ejemplo perfecto de aquel “Valle de lágrimas” que presentó alguna religión occidental, pero también observamos personas que parecen disfrutar constante y plenamente de la vida y todos sus placeres sensuales. Sus dias son eslabones atados entre si. En medio de estos dos extremos se notan diversos grados de disfrute, felicidad, satisfacción, desasosiego, sufrimiento, y otras sensaciones similares. Un poco al costado, quizás observemos una minoría que se esfuerza por mantenerse al margen de esa corriente loca de pasiones, sensaciones, emociones y deseos incontrolados y que, con su esfuerzo sostenido, logran un desarrollo espiritual que les otorga al menos dos cosas:

  • La capacidad de constatar y desarrollar su misión de vida.
  • La posibilidad real de ayudar a otras personas a desvelar su misión de vida.

Una cosa es común en los tres grupos de seres anteriormente enumerados: todos abandonaremos este cuerpo físico en algún momento, pero la diferencia es que algunos lo harán con más o menos consciencia despierta acerca de lo que ha sucedido, en tanto que otros muchos no se darán cuenta siquiera de que existieron. Teosofía, a través de A. Bessant explica:

El hombre después de la muerte, a su paso por Kamaloka y Devachán, pierde, uno después de otro, sus diversos cuerpos: el físico, el astral y el mental. Estos se desintegran todos, y sus partículas vuelven a mezclarse con los materiales de sus respectivos planos. La relación del hombre con el vehículo físico es por completo destruida; pero los cuerpos astral y mental transmiten al hombre mismo, al Pensador, los gérmenes de las facultades y cualidades resultantes de las actividades de la vida terrestre, los cuales son almacenados en el cuerpo causal, como simiente de sus próximos cuerpo astral y mental[1].

Sin pretender profundizar en el mecanismo de la vida después de la muerte del cuerpo físico –tema que se puede consultar en la amplia, seria y profunda literatura teosófica, amén de otras tradiciones– lo que se desea es analizar el origen condicionado de la existencia presente en los doce eslabones. Por lo tanto y regresando a la fig. 1, podemos decir que dicho análisis puede partir de cualquiera de los doce eslabones, sin embargo, una forma sencilla es hacerlo desde la ignorancia. Porque, entre otras cosas, ¿Qué es lo que hace que el ser desee regresar a la vida física? Sobre todo si tenemos en cuenta que su última experiencia la tuvo en aquel “Valle de lágrimas”.

 

Quien desee profundizar en la “Doctrina del origen condicionado” o Pratītyasamupāda encontrará de inestimable valor la lectura del libro “Fundamentos de la vía media” o Mūlamadhyamakakārikāh, (en adelante, referido como MK) escrito por el gran Nāgārjuna, filósofo Indio, fundador de la escuela Madhiamaka y que llega a nuestra época gracias a otro filósofo llamado Chandrakīrti, el mismo que llegaría a ser rector de la universidad de Nalanda, en la India[2]. Pues bien, en dicha obra, al autor insiste en la estricta aplicación de la noción de la vacuidad (sūnyatā, en sánscrito) como una manera de conocer o de enfrentarse a la experiencia. La comprensión directa de la vacuidad, es decir, su realización, permite –entre otras cosas– alcanzar la liberación del ciclo de nacimientos y muertes (Samsāra) al que estamos sometidos por acciones kármicas.

Para lograr la realización de la vacuidad, una buena forma de proceder es comprendiendo la actuación de cada uno de los doce eslabones de la doctrina del origen condicionado, tema central de este escrito. Dado que la mayoría de escuelas tanto budistas como filosóficas y teosóficas proponen la ignorancia –referida como ese desconocimiento de la verdad sobre la cual se crea y evoluciona el universo– es conveniente partir de ella para concluir en ese eslabón denominado como “muerte” del cuerpo físico.

1 – Avidyā

La ignorancia (Avidyā) entendida como ese desconocimiento de las leyes universales será considerada como el eslabón número 1 de esta cadena.

Ella hace que veamos a las cosas, las relaciones y las personas como permanentes e independientes; nos las presenta como agradables, desagradables o indiferentes y con su efecto aletargante y opaco, nos mantiene en una constante búsqueda de satisfacción y placer que se combinan con la insatisfacción y el dolor. Es tan grande el poder que ésta ejerce sobre las personas que llegamos –en el peor de los casos– a considerar que atrocidades como el asesinato selectivo, las masacres poblacionales o la tortura física y psicológica, son adecuadas si se trata de defender intereses comerciales o financieros. Esta “Avidyā” tiene innumerables formas de manifestarse y es tan amplio su campo de actuación que casi todas las acciones que realizamos a diario, incluido el acto de morir físicamente, están teñidos en mayor o menor grado por esta ignorancia.

Como seguramente habrás notado, no estamos hablando de ignorancia referida al desconocimiento de alguna disciplina como matemáticas o física, o al hecho de ser iletrado.  Esto es mucho más profundo e importante. De hecho, ignoramos las causas que dan origen a la existencia condicionada y desconocemos la etapa posterior a la muerte del cuerpo físico; ignoramos las leyes universales a pesar de sufrir constantemente su acción. Ignorancia hay en el acto de ver las relaciones, cosas o personas como independientes entre sí, eternas y permanentes, olvidándonos que ellas realmente existen de forma interrelacionada, dependientes las unas de las otras; y aún más, no contentos con no ver la impermanencia de todo esto, pretendemos y nos esforzamos en verlos y presentarlos como permanentes, inmutables y eternos. Y es que, al final, hasta ignoramos que somos ignorantes.

 

2 – Saṅkhāra

Las propensiones (Saṅkhāra), también conocidas como formaciones son el eslabón número 2.

Del estado de ignorancia o no entendimiento, surgen las propensiones, es decir, los hechos, las tendencias, las actuaciones contaminadas del individuo. Los seres humanos constantemente nos inclinamos hacia algunos tipos de comportamientos que terminamos considerando como naturales, como inherentes a nuestra verdadera esencia humana, pero un examen crítico revelaría que la depresión, por ejemplo, es un estado emocional que depende de la ausencia de voluntad o la carencia de presencia en el acto de vivir y, en consecuencia, adolece de existencia independiente, condición que la vuelve susceptible de eliminación mediante el análisis directo. ¿Cuántas personas con tendencia depresiva conocemos? ¿No es esta una de las principales razones de visita psicológica y psiquiátrica hoy en día? Nuestra sociedad civilizada tiene una tendencia a la depresión y se ha llegado a asumirla como algo normal, como una consecuencia lógica y esperada de otras actuaciones humanas. Eventualmente, todas las emociones aflictivas como el odio, el rencor, la tristeza, la apatía, los apegos, los deseos incontrolados, etcétera, siguen un curso similar, terminan volviéndose tendencias en el individuo y en la sociedad, ellas, al igual que los eslabones, están atados entre si. 

Las propensiones surgen gracias a la ignorancia de la verdad última de los fenómenos o de la existencia del universo. Y, ¿Cómo sabemos esto? Lo sabemos por el hecho de que ellas existen cuando existe la ignorancia. Al respecto, citaba un maestro:

“¿Cómo saben que una sombra es causada por el sol? Ustedes saben que es causada por el sol porque cuando no hay sol, no hay sombra y cuando hay sol, hay sombra. Así que sabemos que la sombra es causada por el sol[3]”.

¿Por qué renacemos una y otra vez? O, ¿Por qué nacemos y morimos sin darnos cuenta de estos ciclos? Porque somos ignorantes de la existencia de un camino de liberación, iluminación, glorificación o salvación, incluso en muchos casos, los seres humanos somos inconscientes de nuestra propia existencia y de que traemos una misión de vida por resolver.  

 

3 – Vijñāna

La consciencia (Vijñāna), que dará existencia a un nuevo ser, es el eslabón número 3.

En algún momento de nuestra dilatada vida comenzamos a despertar consciencia, esto es, empezamos a notar que no somos entidades separadas del resto, que somos parte de algo más grande y, en tal sentido, tenemos unos deberes para con los demás. Seguramente seguimos disfrutando o padeciendo los rigores de la existencia, pero notamos que algo más de luz está llegando a nuestra senda. Por ejemplo, si hemos sido fumadores, quizás notemos que esta adicción perjudica nuestra salud. Esta toma de consciencia suele llegar mediante un pre-infarto cardiaco o algún otro tipo de molestia severa. Decidimos, en consecuencia, dejar de fumar y con ello, también notamos que mejora el medio ambiente que nos rodea, incluso y con un poco más de análisis, quizás sintamos un impacto positivo en la salud de nuestros seres queridos. Al fin y al cabo, cuando fumamos estamos rechazando la vida, contaminando nuestros pulmones y los de los demás, ensuciando el aire que respiramos y atrayendo sustancias cancerígenas. ¿No es esto ignorancia y falta de consciencia?

Eventualmente, todas las propensiones llevan implícito un componente relacionado con la consciencia, ya sea que contribuyan a despertarla o a adormecerla. El hábito de acudir cada día, a la misma hora, al mismo lugar de trabajo, a hacer los mismos deberes, con las mismas personas y por la misma recompensa, termina generando una rutina que enturbia la consciencia y ralentiza el discernimiento. Por eso es que la mayoría de sucesos extremos, como las ECM (Experiencias Cercanas a la Muerte) derivan en un despertar de la consciencia que luego puede tomar distintas direcciones, todas ellas entre los dos extremos del bien y el mal.

 

4 – Nama rūpa

La personalidad (Nama rūpa) que identifica a ese ser que ha tomado consciencia es el eslabón número 4.

Las características y cualidades que identifican la personalidad de un ser, presentan un problema dual para la teosofía, la espiritualidad y el budismo. Al estar conformada por elementos de los planos inferiores de la existencia humana (teosofía), son perecederos y se reconstruyen al momento de renacer partiendo de las semillas de la anterior existencia. Por afinidad, una personalidad enajenada por el vicio y la ignorancia, construirá otra similar en una futura encarnación, aunque con la esperanza, la posibilidad y el compromiso –consciente o inconsciente– de superación de estas condiciones iniciales. Por su parte, el budismo, así como algunas corrientes espirituales la ubican como parte de los cinco agregados o skandhas, factores psicofísicos que no tienen existencia inherente y que, por lo tanto, son impermanentes. En esto hay coincidencia casi en todas las escuelas de pensamiento moderno, como también es coincidente el hecho de que la personalidad es la que crea todas las dificultades a las que se enfrenta el individuo en el transcurso de su existencia, pues la actuación solo es posible a través de su contenido. Esto corresponde al primer problema, porque el segundo aparece cuando, en medio de nuestra ignorancia, sostenida con todas nuestras propensiones que han creado una consciencia, nos empeñamos en pretender que nuestra personalidad es real, segura, estable y eterna.

 

Es tan fuerte la identidad con la personalidad que llegamos a creer que somos ella, que los elementos que la conforman –tales como emociones, hábitos, deseos, pensamientos y otros rasgos distintivos– tienen una existencia separada del conjunto. ¡Esta es mi personalidad y yo soy así, y no esperes que cambie!, solemos escuchar a menudo, especialmente cuando la pareja se enfrenta con situaciones contradictorias. Pero en un análisis como el que sigue, podremos notar que ella –la personalidad– realmente no existe, que no es más que un conjunto transitorio de elementos interdependientes que convencionalmente y para fines sociales, hemos aceptado como identidad. El ejemplo de este análisis lo podemos hacer con cualquier elemento, por ejemplo, nuestro coche.

Buscando mi coche:

Este es mi coche”, podemos escuchar o decir. Entonces, ¿Qué es tu coche? Y empezamos a buscar ese elemento denominado “coche”. Lo desarmamos para hallar su esencia y preguntamos: “¿Es esta rueda tu coche?”, y la respuesta, por supuesto, es que no. ¿Es esta puerta tu coche?, y siguiendo esta misma línea de preguntas y respuestas, al final hallamos que ninguna de las casi 90.000 piezas que posee tu coche, es “tu coche”. Luego, preguntamos: Si ninguna de estas piezas es tu coche, entonces, ¿Cómo podrían ellas ser tu coche? Y de la respuesta a esta pregunta podemos inferir que aquello a lo que designamos con el nombre de coche no es más que un convencionalismo social que nos permite actuar en el plano físico desarrollando alguna función, igualmente pasajera y dependiente, tal como el coche. ¿Qué sucede si aplicamos este mismo razonamiento a aquello que designamos como “Mi cuerpo” o “Mi personalidad”? ¿Dónde está tu cuerpo? ¿Qué es lo primero que nos tocamos cuando nos designamos a nosotros mismos como “Este soy yo”? Finalmente, el mismo procedimiento se puede aplicar a cada una de las partes de conforman ese coche, ese cuerpo físico o esa personalidad.   

 

    

5 – Sadāyatana

Los cinco sentidos (Sadāyatana) son los que permiten que esa personalidad actúe, conozca y reconozca el mundo donde tiene lugar, por eso se ubican como el eslabón número 5.

Los sentidos son importantes pues sin ellos la personalidad es ciega, pero ellos mismos no son más que herramientas más o menos desarrolladas que deben servir a un fin superior. Ya lo decía el gran Gampopa: “Teniendo todos los sentidos, significa estar libre de la mudez o estupidez y tener una oportunidad de practicar el Dharma Virtuoso[4]. Pero… ¿Qué hacemos con nuestros cinco sentidos? ¿Los unimos como los eslabones?  Por propensión, casi por hábito o costumbre, tenemos la idea que los sentidos deben proveer placer, satisfacción, alegría o felicidad. Esto lo notamos al comer una deliciosa cena, oler un rico perfume francés, sentir la sutil caricia de una mano amada, etc. Estamos tan acostumbrados a los sentidos que –al igual que con la personalidad– hemos llegado a considerar que “somos” esos sentidos, incluso cuando por alguna razón perdemos uno de ellos, la vista por ejemplo, notamos que seguimos siendo los mismos de antes, quizás un poco más torpes al realizar algunas actividades, pero nuestra esencia interna permanece intacta, aunque no lo notemos. No sucede lo mismo con la personalidad quien sufre una perdida irremediable que solo es subsanada en parte, por el usual incremento de alguno de los restantes sentidos, como el tacto. ¿Qué sería de la personalidad si careciera de los cinco sentidos básicos?, y esta pregunta remite al Pensador a otra: ¿Qué sucedería con la personalidad si cada uno de los sentidos se utilizara de forma correcta y para el fin último que fue concebido? 

 

Los sentidos trabajan a través de la dualidad del cerebro, por eso es que mediante el uso del juicio, nos llevan a catalogar, separar, atraer o repeler. Aparecen, entonces, sonidos agradables o desagradables, figuras hermosas o feas, sabores exquisitos o desabridos, etcétera. Entre cada extremo que el sentido puede concebir, se extiende un inmensa gama de tonalidades y posibilidades que tejen la urdimbre en la cual el ser humano complejiza la existencia. Los sentidos son como ventanas a través de las cuales se abre paso el entendimiento, por eso su uso acerca a la interpretación, generando con ello el problema que planteó G. Marañón en los siguientes términos: Aunque la verdad de los hechos resplandezca, siempre se batirán los hombres en la trinchera sutil de las interpretaciones. Interpretamos desde nuestro limitado conocimiento de los hechos y de la realidad, desde nuestra capacidad de análisis o síntesis y nuestro capital intelectual. Y lo que es peor, interpretamos fenómenos que no tienen existencia real, que son impermanentes y cuya existencia es condicionada por algo más. ¿Qué interpretación estamos haciendo de nuestro cuerpo físico y de la personalidad?   

Si nos presentan un símbolo, por ejemplo una cruz esvástica, la asociamos con el partido nacionalsocialista alemán, pero desconocemos que este hermoso símbolo es mucho más antiguo (podría datar del 5.000 AC) y que se utilizaba para simbolizar algo “muy auspicio”, “muy feliz”, entre otros.  

 

6 – Sparsa

El contacto (Sparsa) con el mundo exterior que realizan los cinco sentidos, corresponde al eslabón número 6.

Annie Bessant comenta que la primera raza raíz, conocida con el nombre genérico de Chayas, desarrolló el sentido auditivo, obteniendo consciencia del fuego; la segunda raza (Hiperborea) suma el sentido auditivo y obtiene consciencia sobre el agua; la tercera raza (Lemuria) agrega los dos órganos de la visión, en tanto que la cuarta raza (Atlante) suma el sentido del gusto. Finalmente, quinta raza (Aria) complementa la formación con el sentido del olfato[5]. Estos son tambien eslabones concatenados. 

Posiblemente, no sea descabellado afirmar que, así como los dos primeros sentidos otorgaron consciencia sobre el fuego y el agua, de la misma manera, los siguientes tres sentidos permitieron ser consciente de la forma, la tierra y el aire.  Si esto fuese de este modo, los tentativos dos sentidos restantes –para complementar siete–, esto es: la clarividencia astral y la mental, aportarían consciencia acerca del éter y de la conformación del espíritu. Estas conjeturas se podrían sustentar parcialmente desde las denominadas por el Budismo Mahayana como “Consciencias sensoriales” o consciencias que son aportadas por los sentidos, pudiéndose también establecer una conexión con las mentes “burda”, “sutil” y “muy sutil” de la Nueva Tradición Kadampa del Budismo Tibetano.

 

7 – Vedāna

Las sensaciones (Vedāna) son el producto del contacto que los cinco sentidos establecen con los objetos o fenómenos que rodean al ser humano y por eso se consideran como el eslabón número 7.

Las sensaciones se expresan normalmente mediante las emociones, y estas a su vez, pueden ser de dos tipos: amor y odio (la dualidad sigue presente). Claro que el poeta F. Cabral consideraba –y con sobrada razón– que lo opuesto al amor no es el odio, sino el miedo, porque el odio es una manera insalubre y vergonzosa de amar. En ambos casos, las emociones encuentran expresión física mediante uno o varios órganos de nuestro cuerpo, así por ejemplo, cuando nos enamoramos o deseamos a otra persona, se producen feromonas que impelen al contacto físico. Por su parte, las sensaciones se pueden catalogar en tres grandes tipos a saber: agradables, desagradables o neutras; me gusta, no me gusta, me es indiferente. “Me gusta”, por lo tanto lo atraigo hacia mí, lo retengo y trato que sea permanente. “No me gusta”, por lo tanto lo rechazo, lo alejo de mí, lo evito y trato que sea pasajero. “Me es indiferente”, entonces ni siquiera lo considero digno de atracción ni de rechazo. Lo que se corresponde con los tres venenos considerados en oriente: apego, aversión, ignorancia; causas de nuestro propio sufrimiento. Estas emociones aflictivas han sido durante tanto tiempo habituales en nosotros y las arraigadas semillas de estas propensiones han crecido tanto, que sentimos que son naturales o inherentes a nuestra propia conformación, incluso las llegamos a ver como eslabones que forman una cadena de sufrimiento.

 

Una tarde mientras paseamos desprevenidamente por el shopping mall, vemos un hermoso vestido que nos gusta, entonces lo compramos y lo cuidamos, pensando en que nos dure la mayor cantidad de tiempo posible. Claro que si, por algún motivo, no podemos comprarlo, entonces experimentamos un cierto grado de sufrimiento, el mismo que surge cuando –por accidente– lo manchamos con vino tinto, o lo quemamos al plancharlo. Y esta misma situación se puede ampliar a todas nuestras actuaciones en el mundo fenoménico, ya sea en el trabajo con nuestros colegas y jefes, en la escuela con la comunidad educativa y también en la sociedad.

Toda esta complejidad surge gracias a nuestros sentidos que nos aportaron el contacto con los objetos, las relaciones y las personas, y que hicieron que reaccionáramos mediante las sensaciones para expresar emociones. Desde la tiranía, expresada como odio hacia nuestro enemigo, hasta la reverencia que sentimos por ese objeto o persona de culto, se extiende un extenso y confuso puente formado por un concepto que algunas escuelas budistas denominan “Emociones aflictivas”, pero que con otros nombres están presentes en las corrientes espiritualistas y en la misma teosofía expuesta por la insigne Mme. Blavastky, dama ampliamente conocida como HPB.

 

Estas emociones aflictivas –como la tristeza, el rencor, la melancolía, la pereza, la depresión, el apego, y un amplio etcétera– son una de las causas de sufrimiento (dukkha) que experimenta la persona durante su estancia en esta tierra, y gracias a ellas es que creamos más causas para experimentar más sufrimiento en futuras existencias. Por ejemplo, a través de éste apego, emergen el anhelo y el aferramiento, pues esa personalidad se auto-identifica y posee cosas y relaciones, dice “Yo soy esto y tengo estas cosas”, posteriormente se dedica a vivir para esas cosas.

Y esto es así porque una causa errónea, equivocada o de tipo lesivo, solo puede generar una consecuencia similar; una semilla de cardo solo puede producir una flor de cardo, nunca un hermoso loto blanco. Y esto parece ser muy obvio, pero no lo es tanto, pues continuamente estamos generando causas de sufrimiento con acciones contaminadas como por ejemplo, continuar envenenando el campo con pesticidas y fungicidas que terminan ensuciando el agua, empobreciendo la tierra y agregando contaminantes altamente tóxicos al aire. ¿No es esto, acaso, ignorancia?

 

En tal sentido y dado que actuamos erróneamente no solo con la acción equivocada, sino pretendiendo transformarla y presentarla como una acción virtuosa, terminamos oscureciendo tanto nuestro camino, que, eventualmente y con el paso de los años, llegamos a olvidar la razón por la cual hemos venido a la tierra. Tan inmersos estamos en ese tiovivo que oscila entre el placer soberbio y el desencanto más profundo, que seguimos tercamente buscando la felicidad eterna en las cosas temporales o pasajeras. ¿Cómo es posible que una cosa pasajera genere una consecuencia eterna? Sin inmutarnos por este tipo de preguntas, continuamos empecinados en que la siguiente compra, el próximo coche, una nueva relación de pareja, otro hijo o hija, la visita a aquel restaurante oriental, y tantas otras cosas temporales, nos den una sensación completamente agradable, de completitud y enteramente permanente. De esta forma es como las sensaciones generan el siguiente eslabón de esta cadena de la existencia condicionada.

 

8 – Trishnā

La sed o anhelo (Trishnā) de aferrarse a experiencias placenteras, permanecer alejado de las experiencias dolorosas y ser neutro ante las demás, corresponde al eslabón número 8.

El desconocimiento del origen de un fenómeno, de su naturaleza o su razón de ser, trae como consecuencia la repetición de la experiencia una y otra vez con, básicamente, los mismos resultados. El anhelo de revivir experiencias placenteras, y el deseo de alejarse de las que no lo son, nos lleva a desear un nuevo nacimiento. Pero tengamos en cuenta que tanto la evaluación de “placentera” o “desagradable”, así como la experiencia per se, tienen la misma esencia de interdependencia e impermanencia, característica ya analizada de la personalidad. Es ella quien anhela revivir los acontecimientos, disfrutarlos o padecerlos y se empeña en direccionar las acciones del verdadero ser, quien continúa en un plano más elevado, a la espera de una respuesta de carácter superior, un tanto más excelsa y pura en términos de vibración, por parte de su vehículo de expresión física, la personalidad.

 

Entonces, un observador desprevenido podría preguntar respecto de la reencarnación lo siguiente: siendo el sistema tan perfecto como es, ¿Por qué no recordamos nuestra existencia anterior para así evitar cometer los mismos errores? ¿Acaso no son eslabones conectados? Sin pretender convencer a alguien de algo, tampoco hacer una defensa de alguna corriente religiosa, espiritual o teosófica, la respuesta a esta pregunta se encuentra disponible en muchas fuentes de diversa índole, aunque la mayoría de ellas coincide en el aspecto finito, interdependiente y pasajero de la personalidad, por tanto, todo cuanto allí se almacene, esto es, orgullo, vanidad, carisma, belleza física, tiranía, soberbia, alegría y, en general, sensaciones y emociones, desaparecen con la muerte del cuerpo físico, elemento que les daba refugio temporal.

Teosofía va un poco más allá de lo que proponen algunas religiones como el cristianismo y, en este sentido, explica con ejemplar claridad que la personalidad en su proceso de desenvolvimiento, acopia información precisa del desarrollo alcanzado por el individuo en una específica existencia y la transmite a los denominados átomos permanentes almacenados en el cuerpo causal o esencia primordial del ser individualizado. De este modo y gracias a la información contenida en estos átomos permanentes, al momento de renacer, la persona retoma su trabajo evolutivo justo en donde lo había dejado al morir el cuerpo físico. Esta propuesta, con otros nombres, es coincidente con algunas escuelas del budismo Mahayana en donde se plantea la estricta necesidad de seguir el dharma para, poco a poco, limpiar el karma y romper el ciclo de renacimientos y muerte al que estamos sometidos, como consecuencia de nuestro actuar incorrecto del pasado.

Ahora bien, respecto de recordar las experiencias de vidas anteriores, es justo reconocer que en ese sentido, se podrían proponer tres tipos de personas: en primer lugar tenemos aquellas que no recuerdan nada, es más, que nos les interesa el tema, no creen en esto y además, están muy ocupadas buscando satisfacer muchos tipos de placeres físicos. Su día inicia y termina con una rutina tan básica, que difícilmente se podría colar algún tipo de inquietud espiritual. Son los que consideran que el ser humano es un cuerpo físico con, posiblemente, un componente extra, denominado alma. A este grupo pertenece la mayoría de los seres humanos en la actualidad. Luego, tenemos un grupo que va en franco aumento: aquellos que han ingresado a alguna escuela y siguen una corriente de orden espiritual, filosófico, religioso, científico o similar, y que ahora se permiten ingresar en su vida, algún tipo de concentración o meditación diaria. En este grupo, a su vez, se pueden encontrar muchos niveles y muy diversas acepciones para un mismo concepto, pero algo es cierto: estas personas han empezado a ver la vida con otros ojos, han ampliado la visión de su propio mundo y, poco a poco, van surgiendo en ellas brotes de compasión, altruismo, humanismo, alteridad, bondad amorosa, o lo que es lo mismo, amor, compasión, alegría y ecuanimidad.

 

Finalmente, tenemos un grupo minoritario que ha alcanzado un gran avance espiritual, que recuerdan todas sus vidas anteriores y se han colocado a la vanguardia de la humanidad, pero al igual que con el grupo anterior, y por las mismas razones, estas personas han entrado en una etapa de trabajo silencioso, como si se tratara de una crisálida en formación que, eventualmente y llegado el momento, se dará a conocer abiertamente.

Me pregunto: ¿Cuál sería tu reacción si alguien cercano a ti te confesara que recuerda su vida anterior, mientras te la describe con detalles? El ser humano es imprevisible en algunos aspectos, pero sabemos que ante lo desconocido, suele reaccionar de forma temerosa, lo que se expresa mediante la violencia y la agresividad, condiciones que denotan ignorancia generalizada. Ya tenemos muchos mártires de diversos tipos, demasiada gente brillante ha sido mutilada, crucificada, condenada al olvido y la ignominia como consecuencia de haber dado un paso al frente, por lo tanto, el trabajo interno se debe hacer en silencio y siguiendo el viejo precepto Hermético de querer, saber, osar y callar, como una cadena similar de eslabones. Y, como seguramente habrás colegido, un avance en este sentido, suele disminuir la fortaleza de esta Trishnā y va eliminando la necesidad de renacimientos compulsivos.       

 

Te pregunto: ¿Te has fijado cómo anhelamos repetir experiencias de todo tipo? La mente humana, con su característica un tanto eufemística, nos presenta experiencias dolorosas del pasado, como si de alegrías se tratara, y como constantemente estamos en procura de alegrías y emociones placenteras, caemos en este engaño sobre la base de “esta vez sí”. “La ultima relación con mi pareja no funcionó, pero esta vez sí voy a ser feliz”, “Ya salí de esa depresión, nunca más volveré a caer en ella”, pero al poco tiempo nos vemos en el consultorio del psicólogo y tomando medicamentos contra la depresión y la angustia. Bueno, ¿y cómo es que esta sed o anhelo genera el siguiente vínculo? Veamos…    

 

9 – Upādāna

La toma de posesión (Upādāna) de un seno materno es el eslabón número 9.

Para responder a ese anhelo de vivir experiencias de algún tipo, sobre todo aquellas referidas a la necesidad de evolución, el alma necesita un cuerpo adecuado al plano donde tendrá lugar la experiencia, y aunque en nuestro caso la situamos en el planeta tierra, es bien conocido y aceptado por los sinceros estudiantes de la verdad, que la evolución se presenta también en otros lugares, planetas y sistemas solares, incluso en otras dimensiones conformadas por energías más sutiles.

A ese impulso o necesidad de tomar posesión se le puede equiparar con el concepto budista de karma en la medida en que son, precisamente, las deudas kármicas quienes impulsan el renacimiento. Si no existiera una causa que provoque una consecuencia, entonces ésta tampoco existiría. Esta “toma de posesión” es un proceso complejo y detallado que es, necesariamente, planeado en compañía de otros seres cuya función es precisamente ayudar a delinear futuras existencias, siempre desde la perspectiva evolutiva del alma vagabunda. Y como el merecimiento es real, el hinduismo habla de renacimientos en castas desfavorecidas, el budismo refiere a renacimientos en los reinos inferiores, en tanto que la iglesia católica nos previene de un interminable periodo en los fuegos del infierno. Todo esto para quienes insistan en cometer los mismos errores una y otra vez. ¿Qué hacer entonces? ¿Seguir los eslabones uno a uno? No solamente en estas tres religiones, sino también en escuelas de filosofía, de teosofía o de espiritualidad se puede encontrar un camino de liberación del samsara o ciclo de nacimientos y muertes. Precisamente y casi de forma inconsciente, hemos venido a la existencia con ese propósito.  

 

El giro de la rueda de la existencia

El giro de la rueda de la existencia

 

10 – Bhava

La existencia (Bhava) o esa consciencia de existir o autoconsciencia, corresponde al eslabón número 10.

¿Cómo puede un ser darse cuenta que existe? ¿Cómo sabemos que “somos”? Prestando un poco de atención, puede notarse que dentro de los aspectos comunes entre las religiones, las escuelas filosóficas o de pensamiento, la espiritualidad e, incluso, en antiguas concepciones como la Rosacruz o el Gnosticismo, se halla un elemento relacionado con llegar a ser”, es decir, con alcanzar el mayor estado posible de consciencia o de presencia. En tal sentido y desde Teosofía se comenta que la llamada “esencia elemental” llega a ser en la medida en que se interna en la materia física, la percibe, la vive y se apropia de sus características intrínsecas. Esa es su natural forma de evolucionar, en tanto que la esencia divina que reside en cada ser humano sigue un curso ascendente, esto es, una vez adquirido el dominio sobre la materia y sus formas de expresión, intenta elevarse y ganar control sobre materia cada vez más sutil. Esta es una de las complejidades relativas a la existencia del ser, a ese efecto que trishnā ejerce sobre la voluntad aun no despierta, sobre todo cuando somos totalmente ignorantes de estas leyes universales. 

 

Tal como lo escribió el gran Nagarjuna: La ignorancia en dicha existencia será el combustible que mantenga en marcha el proceso para que la rueda vuelva a girar. Por esto es que E. Tolle nos invita reiteradamente a “ser conscientes” de cada momento que vivimos[6]. Debemos notar esta cadena de eslabones para poderla romper. Solamente comprendiendo las causas de nuestra existencia podremos llegar a superarla y prueba de ello es que cuando has aprendido una lección, cualquiera que sea, ya no tienes necesidad de pasar por esa prueba. Si has caído por primera vez en un agujero lleno de agua y cubierto de hojas secas que está en medio de tu camino, no reincidirás en la misma conducta a menos que seas estúpido o que te guste andar con ropas sucias y raídas.   

      

11 – Jāti

El nacimiento (Jāti) como como única forma de dar curso a la existencia es el eslabón número 11.

Tradicionalmente y por ignorancia se considera el nacimiento como el comienzo, y de hecho, lo es de alguna manera; sin embargo, al considerarlo de ese modo, suceden dos cosas: por un lado, estamos desconociendo todo cuanto hicimos y fue hecho para nosotros en las etapas previas, y por otra parte, debemos aceptar la contrapartida del nacimiento, esto es, la muerte. Independiente de la forma en como se mire el nacimiento de un ser, es conveniente incluir el concepto de evolución de las especies, pues es este concepto el que nos abre los ojos y nos permite ver en contexto, tener una perspectiva más amplia de la vida de tal forma que nos sea posible notar que cien años no son más que una pequeña parte del total de la existencia de una persona. Y esto denota también el valor del esfuerzo y la dedicación, y por ende, del mérito y esclarece el por qué vemos personas espiritualmente tan avanzadas y otras un tanto –digamos- ralentizadas en su avance, entregadas por completo al ciclo de disfrute del placer de los sentidos, desilusión y tristeza, para luego asumir otro placer, y así sucesivamente.  

Pero por ley de evolución, estamos llamados a cambiar nuestra perspectiva del nacimiento y de la existencia, y al hacerlo, nos damos cuenta que la vida es un continuum cuyo principio no puede establecerse única y exclusivamente en el plano físico. Es algo así como cuando sientes una profunda depresión y te das cuenta que aunque el malestar se manifiesta en el cuerpo físico, las causas se deben buscar un poco más arriba (o más adentro), en la psique. A primera vista, el ser aparece como una entidad única, con existencia inherente y permanente, hasta que se examina detenidamente y se comprende que consta de muchas partes y, a su vez, cada parte está conformada por otras, y éstas, por otras tantas más, todas interrelacionadas e interdependientes.

 

12 – Jarā

La muerte (Jarā), que es la consecuencia lógica del nacimiento en un mundo dual como el físico, es el eslabón número 12.

En la medida en que la consciencia se eleva, o dicho de otra manera, en la medida en que somos conscientes de las energías más sutiles que pueblan nuestro universo, en la misma forma el concepto expresado en la dualidad nacimiento-muerte va cambiando. Evolucionar es ir enfocando nuestra presencia real en circunstancias más reales, con un poco más de existencia en el tiempo y el espacio, pero dejando de ser objeto de sus efectos. Esto es como cuando nuestros gustos se van tornando más exquisitos y empezamos a preferir la comida que realmente alimenta el cuerpo y, entonces, dejamos de comer para empezar a alimentarnos. En este acto de alimentarse, se halla presente uno de los secretos del universo: el cuerpo del ser humano también recibe alimento del sol y cumple –al igual que las plantas y los animales– con la función de anclar energía en la tierra.   

 

Terminado el ciclo, sobreviene la muerte del cuerpo físico, acto que no podría en modo alguno ser la muerte de la vida, pues la vida no reside real y permanentemente allí, del mismo modo en que nuestra ropa no es nuestro cuerpo, debiendo ser reemplazada cuando deja de cumplir su función primordial. Muerte es el término que utilizamos para nombrar la partida de la existencia manifestada en el plano físico, y lo hacemos ignorando que la vida es un continuum que está más allá de las dualidades. Esta ignorancia es consecuencia lógica de la constitución de nuestro cerebro dual que, empecinado como está en creerse lo único existente, azuza la mente para que a su alrededor se desarrolle la existencia. Esto nos hace sentir como unidades totalmente separadas y desconectadas del resto de las criaturas que pueblan el universo y nos coloca uno frente al otro en posición de batalla. A la mente no le gusta que la descubramos, que la pensemos o la callemos, por eso las primeras sesiones de meditación consciente se hacen tan difíciles para el común de la humanidad. Afortunadamente, una vez que ella nota que hay algo o alguien que tiene poder sobre ella, en ese momento se torna un aliado incondicional y poderoso.

Cuando contemplamos la naturaleza momentánea de todos los fenómenos, entonces la forma u objeto particular al cual estamos apegados, cambia. La manera en la que nos relacionábamos con el objeto ya no existe, por lo tanto no tiene sentido permanecer apegados. Esto mismo sucede con la cadena de eslabones. Si aceptamos que nuestro coche nuevo no es más que un recurso pasajero para cumplir algunas funciones cotidianas, desparece la posibilidad de sentir orgullo, vanidad, enojo, ira, rencor o violencia al ser rayado por otro conductor.

 

En este estado de reconocimiento y aceptación de la impermanencia es donde podemos redescubrir la muerte y, al hacerlo, ella deja de tener sentido, pues al fin y al cabo, el sentido de la muerte es precisamente el renacimiento, así como nacemos para morir. Al trascender las cosas mundanas y las discriminaciones, uno se dice que allanaría el camino para la realización de la innata sabiduría y acabar de una vez con la dualidad que tantos problemas nos causa.

Comprendiendo todo esto, un gran amigo ha dicho: “Yo he aprendido a cultivar la paciencia, he aprendido a aceptar mi karma y a realizar prácticas de purificación; he entendido que la única verdad absoluta es la vacuidad, y las otras son verdades convencionales. He entendido que es necesario conocer y mermar las perturbaciones mentales”. Solamente quien comprende las causas del renacimiento puede iniciar un proceso de liberación del mismo. Para erradicar una enfermedad por completo, debemos conocer sus causas y es por ello que no tenemos derecho a la ignorancia en ninguna de sus múltiples manifestaciones.  

   

Comunicarse con el autor: 

JossP

2262287343@qq.com

http://lagentedelaotraorilla.blogspot.com/

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[1] Bessant, Annie. Reencarnación. Edición online, p. 10.

[2] Entre las pocas traducciones al castellano de esta magnífica obra, destaca la realizada por el filósofo y ensayista español, Juan Maria Arnau Navarro (2002).

[3] Maestro Sayadaw U. Silananda, durante una de sus conferencias acerca del origen condicionado.

[4] Gampopa. El precioso ornamento de la liberación. Edición en español por Luciano Lundup, 2010.

[5] Bessant, Annie. Genealogía del hombre. Esta conferencia fue publicada en formato de libro de bolsillo y online.  

[6] Eckhart Tolle. El poder del ahora. Edición online.

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Sobre Joss Perez
Nacido en Pijao, departamento del Quindío, Colombia, desde muy pequeño se interesó por la lectura y fue así como llegó a ser profesor escritor novato. Teósofo por convicción, también se acercó al Budismo como una forma de re-encuentro con la divinidad. Actualmente reside y trabaja en Hangzhou, provincia de Zhejiang, República Popular de China.
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