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El programa cristalizado o la vida como desafío

 

cerebro

“Toda fase de la vida debería ser un desafío”

(Cécil A. Poole)

 

La vida como desafío

A medida que pasan los años y que las experiencias vividas, como si fueran piezas de un puzzle que encajan en la consciencia, nos van dando más tiempo para meditar y reflexionar y hacer sentido de ellas, van apareciendo atisbos de una comprensión de las cosas a la que solo se puede llegar a través de un esfuerzo permanente, de una conciencia despierta y de no pocas veces de levantarse de las múltiples caídas que todos enfrentamos. La necesidad de escribir estas reflexiones no proviene de ninguna certeza o creencia respecto de su importancia o utilidad, es más bien la necesidad interna de plasmar en ideas aquello que se va dibujando en el sendero de la vida, con la única intención de aquilatarlo mejor desde un punto de vista personal. Compartirlo, a través de estas palabras  es más bien el intento de socializar una experiencia personal para intentar desatar otras experiencias personales, que exponerla como un ejemplo, un camino comprobado, ni mucho menos una vía única.

 

Alegoría de la caverna, de Platón

Alegoría de la caverna, de Platón

 

Pero creo firmemente que un ser humano que dignifique esa condición de tal debe, en algún momento de su tránsito por este mundo físico, enfrentar la realidad, que no es la que engañosamente nos muestran los sentidos, sino aquella verdadera que está velada a nuestra mirada corriente y que requiere aguzar la vista y el espíritu, como ya se nos hiciera presente desde antaño en la alegoría de la caverna[1], en definitiva, aquella que surge de una conciencia un poco más despierta, de una intuición un poco más desarrollada, de una experiencia, un poco más comprendida.

Creo también que el ser humano es mucho más que piel y huesos, muchos más que sistemas biológicos y reacciones químicas que interactúan coordinadamente para mantener el hálito vital a través de decenas de años de existencia. Mucho más, incluso, que el recuerdo incólume que dicha existencia genere en su entorno y a cuya memoria se narren y valoren sus hechos a través de los tiempos y se levanten estatuas, se escriban libros y se enseñen como vidas ilustres a las generaciones posteriores. Nada de eso, por cierto, está mal, pero hay algo más, hay otras dimensiones y un ser humano tiene también un aspecto físico, uno mental, uno emocional y uno espiritual y  en cada uno de esos aspectos posee los atributos necesarios para evolucionar.

 

Aspectos físico, mental, emocional y espiritual

 

La constitución del ser humano, por lo tanto, en su aspecto mental, como físico, emocional y espiritual tiene incorporados los atributos necesarios donde residen todas las amplias potencialidades del ser, entre ellas, los límites inabarcables del pensamiento, las infinitas posibilidades de proyectar los sueños y anhelos personales de toda índole y visualizarlos, incluso, como si se hubieran ya convertido en realidad tangible; además de las múltiples, contradictorias e innumerables opciones de comportamiento que se pueden asumir ante las situaciones cotidianas o eventuales de la vida.

Desde que, poco a poco, cuando lactantes aún, vamos despertando nuestra conciencia y entendemos que somos una entidad distinta de nuestros padres, y que ellos, a su vez, junto con el resto de la familia, también lo son, vamos teniendo cada día más inquietudes y necesidades por ir conociendo el mundo que nos rodea, la maravillosa curiosidad de los niños ante la naturaleza y la vida en general son una muestra clara y contundente de dicha necesidad y de esa potencialidad humana que, con los años, lamentablemente, se va durmiendo y anquilosando. Los niños, en la medida en que van creciendo,  van avanzando desde un conocimiento concreto a uno abstracto y ello posibilita la adquisición de los saberes sociales que la pedagogía transmite. Dicha capacidad de aprendizaje la mantenemos durante toda la vida, pero la curiosidad por saber más cosas se va acotando a aquellas esferas del conocimiento que nos interesan profesionalmente y muchas personas alejan de sus inquietudes las necesidades espirituales.

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Como acertadamente han enseñado muchos grandes filósofos, psicólogos y líderes espirituales, vamos construyendo en nuestra mente una especie de biblioteca  de conocimientos aceptables donde no tienen cabida otros que no se encuentren en nuestro estricto catálogo interior. Con ello, una completa batería de creencias, comportamientos  y respuestas automáticas ante los estímulos vitales, se va apoderando de nuestra conciencia al punto de llegar a convencernos que no solo son válidas, sino que, en muchos casos, las únicas aceptables, nos cuesta trabajo comprender que el resto de las personas no vea eso tan claro.

Estas verdaderas cristalizaciones están tan firmemente adheridas a nuestro pensamiento que actúan como los virus informáticos que nos impiden incorporar nuevos programas al computador, que los bloquean continuamente y, si llegan a cargarse, los hacen funcionar mal, con lo que el virus (o la cristalización) siguen siendo la única forma posible de trabajo.

Este tipo de existencia, de características casi vegetativas en el plano del desarrollo humano interior y trascendente, genera personas que no aprovechan las múltiples potencialidades de su ser y que pasan su vida, a lo sumo, intentando satisfacer los deseos y necesidades más básicas que les demanda su cuerpo físico. Son humanos que hacen poco o ningún esfuerzo por inquirir sobre aquello que está más allá del plano visible, prefieren quedarse en la aparente comodidad de este lado del velo y no sondean más allá de lo que les permite ese programa cristalizado del que hablamos anteriormente. Tanto es así que, muchas veces, esos deseos innatos de conocer la vida, esa curiosidad por saber cosas que fuimos perdiendo desde la niñez, a veces aflora nuevamente, muchas veces impulsada por acontecimientos humanos –a menudo dolorosos– que nos hacen volver la mirada hacia el interior y nos acercan a la espiritualidad y hace que algunas de esas personas busquen respuestas en lo que tienen más a mano, que es alguna religión o creencia más o menos conocida, pero otra vez el programa malicioso alojado en nuestra computadora mental, provoca que solo sea aceptable aquello que encaja en las estructuras ya aceptadas y cualquier intento por liberarse de ellas sea reconocido por la mente como un virus maligno que se debe evitar. O sea, liberarse del virus es visto como negativo y mantenernos prisioneros de él, es lo bueno y adecuado. La vieja historia del ladrón detrás del juez. ¡Así de poderoso, malicioso y previsor es este virus cristalizado en la mente!

 

Rompiendo las critalizaciones

La cristalización mental es una cadena que nos atrapa

Si en un atisbo de iluminación, de heroísmo, de grandeza humana, en definitiva, llegamos a romper o apenas trizar esa cristalización, que suele ser una cadena que nos atrapa, podremos darnos cuenta que somos una parte del cosmos y que estamos siempre conectados con el todo o, al menos, adquirir consciencia de que somos algo más y que el universo es algo más, que somos parte del gran engranaje cósmico donde macrocosmos y microcosmos se reflejan e intervienen mutuamente.

En la vida vegetativa o inconsciente también podemos suponer que hay algo más, pero el programa cristalizado nos informa inmediatamente que es algo común, normal, corriente y que no debemos preocuparnos de ello. En la vida del crecimiento interior, en la búsqueda de las respuestas, veremos que más de alguna parte de esa relación con el universo tiene significado y trataremos de desentrañarlo, iremos quitando el velo y, al mismo tiempo, rompiendo la cristalización, lo que equivale a permear el programa maligno, mientras avanzamos por ese sendero, más factible es crear una nueva conciencia.

Es cierto que nunca alcanzaremos –en el estado de conciencia humana– a desentrañar los profundos misterios de la vida, pero habremos caminado  unos pasos que, por pocos que sean, son valiosos para nuestra iluminación o, en términos más humanos, para nuestro mejor desarrollo personal, lo que nos hará más comprensivos, pacientes, receptivos y cada vez más alejados del sufrimiento por esas nimiedades que son tan propias del ego ofendido[2].

 Esos pensamientos negativos que vamos destilando a diario contra otros a través de la envidia, el chismorreo, la competencia desenfrenada por alcanzar mayor aceptación y constituirnos en el centro de atención (y de afectos) de quienes nos rodean es la trampa mental que provoca nuestras peores reacciones y nos genera un sufrimiento innecesario. Si alguien hace, dice o, peor aún, si creemos que piensa en algo que es distinto de nuestro parecer o necesidad, nos sentimos angustiados, dolidos y molestos y devolvemos aumentada esa rabia enfocada no siempre en el mismo ser humano que nos provoca esa emoción negativa, sino que muchas veces son los cercanos, amigos, familiares, compañeros de trabajo, subalternos muchas veces,  quienes sufren esas consecuencias y en ellos se activa también, nuevamente,  esta verdadera magia negra que es la cristalización que los hará, a su vez, enfocar toda su rabia y frustración en otros. Y así es como vamos sembrando dolor, frustración y emociones negativas, en vez de ir generando bondad, amor y paz.

 Esta cadena interminable de dolores, de daño emocional y de estancamiento espiritual es una verdadera tragedia que ocurre permanentemente ante nuestros ojos y que parece ser invisible; es más, ¡cuántas personas se precian de enseñar a otros cómo defenderse de las agresiones o, lo que viene a ser lo mismo, cómo agredir más fuerte y más dolorosamente, para así “triunfar”!. Por otra parte, los estímulos audiovisuales, a los que son tan permeables nuestros niños y jóvenes rinden permanente pleitesía a la violencia y al chismorreo.

 

Los tres tipos de personas

En el desafío de la vida, nos encontramos con tres tipos de personas

En el desafío de la vida, nos encontramos con tres tipos de personas

 Así entendidas las cosas, las personas podrían ser, por regla general, clasificadas en tres tipos[3]:

Aquellos que no están preocupados (mucho menos ocupados) acerca de la existencia y por lo tanto están cómodamente asentados en su vida vegetativa.

Aquellos que sienten una preocupación pero tienen temor por ocuparse de su desarrollo personal, porque el programa cristalizado que rige su mente los ha llenado de temores, culpabilidades e inseguridades y terminan conformándose con alguna respuesta filosófica, religiosa o política más o menos aceptable para él y aunque no crea o no acepte algún aspecto de aquella doctrina (que muchas veces ni siquiera conoce bien), deja de cuestionarse y de buscar o bien, inicia con gran entusiasmo un camino de búsqueda que luego abandona porque suele ser duro, lento e incomprendido.

Están, por último, aquellos que aceptan la existencia en su signifi­cación exacta y están dispuestos a ir, lentamente, ampliando su conciencia para expandir los límites de dicha significación. Son personas que se permitieron de verdad abrir la puerta para una pregunta sencilla, la más fundamental de todas: “Por qué”.

 Y no debemos confundirnos, porque esta pregunta está presente en los tres grupos previamente clasificados: Los del primer grupo, casi no tienen consciencia de esta inquietud, porque su programa cristalizado les entrega la respuesta inmediata. Los del segundo grupo, sí tienen conciencia de ella, pero tienen temor de buscar las respuestas descorriendo los velos y se conforman (aunque no se satisfacen), con las respuestas habituales.

Intentar desentrañar “el por qué”  implica querer saber por qué se existe como un ser consciente, cuál es el propósito de la existencia humana, cuáles son las acciones que debe llevar a cabo una persona para cumplir dicho propósito y cómo hacer uso de sus potencialidades humanas para enfrentar mejor la vida. Una  persona que se encuentra en ese nivel de meditación sobre su propia trascendencia, ha llegado al punto en que está formulando su propia filosofía de vida, está recabando del universo aquellos conceptos – respuestas que le permitan usar su mente en un sentido positivamente creativo que le posibilite, al menos, adaptarse a las complejidades de la vida. Abrir esa puerta, no sin esfuerzo, pero con decisión y valentía, equivale a ollar el sendero que transitaron –y transitan– aquellos filósofos que han buscado toda su vida avanzar un paso más en el conocimiento de lo humano, en la percepción del universo y en la trascendencia de la vida. A través de la historia hemos conocido a muchos pensadores, de diversas latitudes, culturas, épocas y creencias, que han hecho verbo, en su consciencia, de estas inquietudes y que están en la base de toda filosofía: 

 

¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué es la Verdad? ¿Qué es el Conocimiento? ¿Qué es la Inmortalidad?

 

En la medida en que estos grandes pensadores  o cualquiera de nosotros,  decida enfrentar esas preguntas, buscará respuestas en lo conocido y acudirá ansioso a beber de las fuentes de la Filosofía, la Religión, la Historia, la Política, la Literatura, el Misticismo, el Ocultismo o la práctica de las Artes, y no se sorprenderá al darse cuenta que esas preguntas que rondan su mente, asaltan su conciencia y mantienen despierto a su espíritu ya han sido formuladas antes por otras personas y la batería de respuestas es tan amplia, inmensurable, diversa y muchas veces contradictoria entre ellas, que costará mucho encontrar la respuesta adecuada para nuestra vida.

Es que son tantas las respuestas ante las mismas trascendentales preguntas y tantos los sistemas (factibles de realizar o no) asociados a ellas, que abandonar la búsqueda es una opción que lamentablemente, muchos toman. Pero esa variopinta gama de respuestas, lejos de asustarnos, debe motivarnos y alegrarnos porque en el reconocimiento de que hay muchos sistemas de creencias se revela la poderosa idea de que son muchos los caminos que conducen a las búsquedas y a los encuentros, algunos con mayor desarrollo o profundidad que otros, pero todos uno o varios  pasos más allá de la simple respuesta cristalizada ya referida antes tantas veces.

Pero también es necesario tomar conciencia que ninguno de dichos sistemas de pensamiento ofrece respuestas definitivas o resuelve todos los aspectos del desarrollo personal humano.

No hay Filosofía o Religión alguna que ofrezca respuestas completas a la totalidad de las preguntas  que surgen en un individuo que ha decidido descorrer el velo de su conciencia y conocimientos.

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Habrá por lo tanto, al menos, que conceder tres cosas:

  1. Que no podemos prejuzgar, invalidar ni descalificar un sistema de creencias (filosófico, político, religioso, etc.) porque no lo conocemos totalmente y, si llegamos a conocerlo en profundidad, un buen conocedor debiera reconocer los muchos puntos luminosos de ese sistema, en medio, por cierto, de otros tantos de oscuridad, pero reconocer también que dichas luminosidades y opacidades son el equilibrio preciso para determinados estados de conciencia humana, en la que muchos seres se encuentran. 
  1. Que en la medida en que vamos conociendo, desvelando el velo, ampliando nuestra mirada más consciente, vamos cruzando dinteles en que el camino recorrido es lo conocido –y lo aprendido– y el camino que se enfrenta es un misterio, que el límite del velo se ha corrido y siempre permanece uniforme o constante en el horizonte, por lo tanto nunca llegamos a ser maestros de nada, siempre somos aprendices y siempre somos estudiantes, apenas unos peldaños más en la escalera, o apenas unos pasos más en el pavimento mosaico[4]. Mientras el camino recorrido, ya se va asentando, unos pasos enfrente, hay atisbos, intuiciones, sospechas, incluso, luego el velo. Dichos atisbos son guiados siempre por un símbolo, muchas veces inefable, que con esfuerzo debe ser desentrañado. Cuando estamos en esa situación, nos encontramos en el límite exacto de lo exotérico con lo esotérico, somos iniciados en lo que queda tras nuestro y profanos en lo que tenemos por delante. El conocimiento simbólico  es como una cebolla, apenas quitamos, con gran esfuerzo, una capa de misterio, enfrentamos la siguiente en la misma condición de aprendiz que la anterior, pero como la hemos superado, creemos (o deseamos) tener una, al menos nominativa, maestría. 
  1. Una verdadera comprensión de los dos aspectos arriba anotados, debe llevarnos a aquilatar la búsqueda o generación de un sistema de creencias, personal o institucional al cual adscribir que permita establecer ciertos principios fundamentales de la existencia humana, del conocimiento, de la búsqueda del mismo que con naturalidad y sinceridad considere que todo conocimiento es razonablemente válido, aunque siempre perfectible. Es buscar la comprensión de los puntos de vista que parten desde diferentes miradas, muchas veces en las antípodas de las nuestras, lo que no obsta, por cierto, para escoger y difundir alguno, pero nunca negar la consideración de otros. No hay Verdad excluyente, No hay palabra final, No hay infalibilidad alguna. No hay maestro superior. Hay opciones para cada persona y para cada necesidad y hay, por cierto, derechos y deberes (en esta vida de conciencia más despierta, más deberes que derechos) que debemos cumplir y ejercitar.

 Estas reflexiones, más o menos estructuradas, parten de la idea de entender la vida en un concepto amplio, no excluyente ni prejuicioso, que busca descubrir y valorar las ideas, conceptos,  conocimientos y experiencias de cada individuo que vamos conociendo a lo largo de nuestra vida y adaptar nuestra relación con él de tal forma que la experiencia del contacto con nosotros lo enriquezca, no lo deprima, no lo angustie, sino que le desate nudos de pensamiento y, ojalá, le rompa cristalizaciones negativas. Todo ello con la certeza de que dicho individuo, consciente o inconscientemente, está haciendo otro tanto con nosotros. Nos está enseñando algo, es en ese momento un verdadero maestro, que nos ampliará nuestra conciencia enseñándonos aquello que no sabemos, instándonos a alguna experiencia vital desconocida o, al menos, obligándonos a ejercitar nuestra comprensión, nuestra solidaridad, nuestra paciencia o nuestra tolerancia.

No he dicho que sea fácil. Estos planteamientos no vienen desde el camino ya recorrido, de la tela de cebolla anterior o de la mal entendida  maestría que pudiera adjudicársenos, provienen, más bien, de ese atisbo simbólico que está por delante, de ese desafío por recorrer, de esa experiencia por alcanzar, de ese conocimiento por aprehender, de ese velo por rasgar, es la intuición de una perspectiva cósmica universal y omniabarcante aún lejana en el horizonte, pero plenamente alcanzable y conquistable.

Y así como debemos reconocer en cada individuo con el que nos relacionamos, en cada ser con el que nos confrontamos, a un maestro, es también necesario saber reconocer a aquellos maestros que han avanzado más en el sendero del autodesarrollo, que nos preceden y que –por cierto existen– han recorrido ya este sendero por completo y en un acto de humildad  y fraternidad, caridad, incluso,  han regresado a animarnos en nuestros empeños.

         En este ya medio siglo de vida, he conocido a algunos de estos espíritus nobles y puedo darme cuenta que el maligno patrón cristalizado, que el virus programático, que el hechizo oscuro, luchó denodadamente por apartar de mi camino, pero alguna luz, algún aliado invisible, algún maestro solidario, reacomodó las rutas, enmendó las decisiones y reestableció el aprendizaje. Al fin y al cabo, cuando el discípulo está preparado, siempre aparece el Maestro.

 ¡Paz y Bien! ¡Paz Profunda!

 

 

 NOTAS:

[1] Platón describió una caverna donde se hay un grupo de hombres, prisioneros desde su nacimiento, con cadenas que les sujetan de tal forma que únicamente pueden mirar hacia la pared del fondo, sin poder nunca girar la cabeza. Detrás de ellos, se encuentra un muro con un pasillo y, seguidamente, una hoguera y la entrada de la cueva que da al exterior. Por el pasillo del muro circulan hombres portando todo tipo de objetos y sus sombras, provocadas por la hoguera, se proyectan en la pared que los prisioneros miran.

 

Para ellos la verdad son las sombras de los objetos. Debido a las circunstancias de su prisión toman por ciertas las sombras proyectadas, ya que no pueden conocer nada de lo que acontece a sus espaldas.

 

Platón plantea lo que ocurriría si uno de ellos fuese liberado y obligado a volverse hacia la  hoguera, viendo, así una nueva realidad, más profunda y completa, hecha no solo de apariencias. Una vez que ha entendido el hombre esta nueva situación, es obligado a encaminarse hacia fuera de la caverna, conociendo hombres, árboles, lagos, etc. para luego mirar el sol.

 

La alegoría acaba al volver el ex preso a la caverna para “liberar” a sus compañeros, pero éstos se reirán de él y dirán que se ha dañado los ojos. Cuando intenta desatar y llevar a sus antiguos compañeros hacia la luz, Platón nos dice que éstos son capaces de matarlo.

[2] No olvidemos acá las enseñanzas del Buda Gautama que sostenía que todo sufrimiento era producto del deseo.

[3] El maestro rosacruz Cecil A. Poole, citado en el epígrafe, hablaba de dos tipos de personas, fundiendo en una sola clasificación las tipologías 1 y 2 que yo planteo, aunque sustancialmente no hay diferencias entre ambos planteamientos.

[4] Muchas escuelas iniciáticas y religiones utilizan en sus templos pisos cuadriculados, pavimentos mosaicos, baldosas o revestimientos blanco y negro, que representan la dualidad a la que estamos expuestos siempre.

 

AUTOR: Benedicto González Vargas, redactor de la gran familia de hermandadblanca.org

TWITTER: https://twitter.com/BenedictoGV

 

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