El cuerpo silenciado: antropología de la discapacidad, por Victor Turner

Jorge Gomez (333)
Jorge Gomez (333)


Fue desde la Revolución Industrial cuando se resaltó la noción devalidez/invalidez acorde a las exigencias en la producción industrial, descalificando al inválido en la fuerza de trabajo, lo que conllevó a su marginación en la vida social en la que primaba la productividad y losbeneficios. Es así como el concepto de discapacidad fue cultural y socialmente construido como patología clínica (junto con la de enfermo mental, homosexual, tuberculoso, prostituta, epiléptico, sordomudo, hemofílico…), y por ende, alejado de los aparatos de representación y de las prácticas de gobierno. 

 
«Más aún, que las personas discapacitadas reclaman a través del trabajo es esencialmente la dignidad, hecha de independencia económica y de participación en la actividad común, y no un máximo de ventaja. Las personas con discapacidad dicen en voz alta: pongamos los valores en su lugar; el trabajo es indispensable para ser ciudadano, pero en su totalidad sólo es una mediación para el desarrollo del hombre. Las personas con discapacidad podrían ser los grandes testimonios de esta reivindicación indispensable de seguir siendo sujetos, de no confundir medios y fines, de volver a poner la economía en su sitio.» Henri-Jacques Stíker, historiador.

Nuestra forma de entender la economía surge también, al mismo tiempo que el concepto de «invalidez», con la Revolución Industrial y el capitalismo.
 

«La economía» afirma la economista Amaia Perez Orozco, «ya no es producir valor ni satisfacer necesidades, sino que lo económico viene definido por los movimientos de dinero. Trabajo es el que se paga, no hay otro. Va dejando de ser social, y cada vez es más técnica.
La economía no es reductible a los mercados, sino que es la sostenibilidad de la vida, sea o no a través de las esferas monetizadas.»

El ostracismo al antiguo debate de las verdaderas necesidades humanas hace que haya un problema de jerarquías en base al pilar del dinero, y una dependencia económica y por lo tanto de sumisión hacia el Sistema.

Es en este sentido donde cobra sentido la remarcada liminalidad de las personas con diversidad funcional.

«Queda por superar el oscurantismo persistente: falsas creencias, miedos y supersticiones, estereotipos. Tenemos que romper con un pensamiento dualista para acceder a un pensamiento que considera la coexistencia de la diversidad. No hay una solución en este pensamiento dicotómico, ni en la exhortación a la compasión o la tolerancia. La alternativa es una profunda transformación de nuestras formas de pensar la discapacidad.» Charles Gardou, antropólogo.

Hoy, la atención a las personas con diversidad funcional va tomando mayor entidad, mejoras en la adaptabilidad y en el campo médico e incluso en la educación y formación especial. Sin embargo, todos estos cambios continúan remarcando como único parámetro, lo bio-fisiológico como desviación o patología, es decir, el déficit y la minusvalía, la diferencia y no lo común, la discapacidad y no la capacidad. Por lo que se centra en el enfoque rehabilitador y médico, pero no en el ámbito social, político y cultural.

 
La misma cultura capitalista que nos ha traído el mito de que el progreso es un crecimiento sin límites, rechaza al cuerpo físico porque es el que nos marca los límites. No tolera que el cuerpo envejezca, enferme y muera, y se invisibiliza, margina, silencia y criminaliza el verdadero cuerpo: el que tiene arrugas, el que tiene grasas, el que tiene deformidades y discapacidades. Incluso a los grandes deportistas con diversidad funcional se les niega la profesionalidad deportiva y a todo logro, éxito o entrega que obtienen se les tilda de “espíritu de superación”, remarcando únicamente la discapacidad. 
 
Sólo se pone el énfasis en lo biológicamente imperfecto que hay que solucionar y restaurar, «rehabilitar, «integrar» para que la persona siga unos patrones de “normalidad” que, en realidad no existe, y que ni siquiera sigue un patrón cuantitativo o es «lo que más se da», ya que sigue unas relaciones de poder bastante más complejas.
La única realidad es que el mundo de cada uno no es más que un sitio donde vivir la propia identidad. Cada uno tiene un mundo y lo construye de un modo diferente a como otros construyen el suyo, y la diferencia entraña en una potencia creativa en la manera de ser física, sensorial, psicológica y socialmente, que se debe destacar. Muchos sordos, por ejemplo, utilizan la mayúscula para hablar de losSordos como cultura y las minúsculas para referirse a la sordos en general.

Así, una persona sorda se comunica a través de los ojos y mediante signos o señas, mientras que el resto de la población lo hace esencialmente a través de las palabras y el oído. Sin embargo, la función que realizan es la misma: la comunicación. Lo mismo ocurre con una persona con tetraplejia, en vez de utilizar las piernas para desplazarse, hace uso de la silla de ruedas. El término «diversidad funcional» se ajusta a esta realidad. Yendo aún más lejos, algunos/as prefieren utilizar el término «funcionalidad diversa» remarcando el funcionamiento (las funciones biológicas o psíquicas) sobre la diversidad. Es decir, remarcando el empoderamiento, la autodeterminación, el derecho a asumir riesgos… en definitiva, llevar las riendas y ser responsables sobre la propia vida y acciones.


«No somos ni inválidos ni feos ni freaks. Estamos. Sufrimos una condición ajena a nosotros como individuos. Así que no nos ‘construimos’ como tales. Nadie se inventa a sí mismo a partir de las consecuencias sociales de las deficiencias (la discapacidad es una de ellas). Ni tampoco esas características son inseparables de uno mismo. Se nos atribuyen. Luego es la sociedad quien construye, alimenta, crea o destruye signicados en torno a la diferencia. “Mamá, yo no sabía que María, la niña que se sienta a mi lado, era negra”. Marta Allué, antropóloga.
«La liminalidad de hoy podría ser la centralidad del futuro». Victor Turner, antropólogo.
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El cuerpo silenciado: antropología de la discapacidad,  por Victor Turner

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