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ISAIAH. Un recuerdo de vidas pasadas

mujer abrazando a niño

 

Solían llamarme Annah. Era un alma vieja que ya había recorrido cientos de vidas pasadas, reencarnando en un sinfín de pieles, talentos, sexos, continentes y miradas. Mi mirada era la única que se mantenía, lo único intacto que se conservaba. Reencarnaba en almas pasajeras según fuera lo que necesitaba. Como todos, como tú, como él, como ella, como ellos, como todos. Y aquí estaba ahora, presintiendo mi misión, como aquél sensible transeúnte al ser tocado por el vuelo de hojas de cualquier nogal. Aquí estaba ahora, mojando las líneas de mis hojas con la fiebre tardía de un té; sentada con los recuerdos en mi regazo y a mis pies; anclando el gris del cielo hasta los ojos de mi corazón. Así estaba yo: devorándome palabras que, fácilmente me podían hacer enloquecer.

 

 

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Desde que era niña, sabía que algo diferente había dentro de mí. Algo que iba más allá de las explicaciones, que hacía temblar cualquier paradigma, algo que atemorizaba a muchos por alguna-extraña-razón. Y por esa misma extraña razón, crecí sedienta de conocimientos, crecí teniendo la necesidad de hurgar en viejos momentos, como cuando uno escarba, desesperadamente, en un baúl de los recuerdos y en las uñas se te quedan vestigios de momentos felices o de sufrimiento. Crecí a mi paso; algunas veces irreverente, otras veces pausado. Crecí con las cicatrices que cualquiera trae consigo, como tatuadas con tintas eternas y que asemejan figuras de fantasmas y demonios o de ángeles y dioses danzando. “Pues así es la vida”, me grababa esas palabras en constantes ecuaciones para luego tratar de descifrarlas porque me gustan esos retos. No todo es bueno o malo en la vida, la verdad es que me había costado entender que la vida, por sí misma, era perfecta.

 

ManosVida

 

En alguna de mis vidas pasadas, me encontraba de pie frente a un inmenso edificio que se erigía sobre un campo atiborrado de doradas espigas que cegaban, casi por completo, hasta la vista más agudizada. Estaba parada frente a un monasterio del medioevo, desde donde salían flotantes notas de música gregoriana. Habían pasado 45 minutos, sin darme cuenta. Y mi corazón saltaba. Sabía que era ahí donde terminaba la misión que se me había encomendado. –No me preguntes sobre el viaje, sería estúpido tratar de describirlo después de percibir tanta belleza. Le dije a ése extraño que se cruzó en mi camino antes de aventurarme a tocar la vieja puerta. Él enmudeció e hizo un gesto de sorpresa. –Te esperábamos. Me dijo, por fin, con voz lenta. –Busco a El Maestro; se me ha dicho que aquí lo encontraría. Contesté. Casi tuve que controlar mi voz que temblaba. El frío no tenía compasión de mis huesos, pero en cada vida, siempre había sido mi status preferido. Me adelanté unos cuantos pasos. Él me sostuvo el hombro y sentí que estaba en el camino adecuado. –El Maestro también te ha buscado.

 

 

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En el sitio colgaban imágenes cambiantes, como si en cada paso que diera, se reflejara una parte de mi alma que era preciso recordar. Avancé sin miedo. Sabía que mi misión estaba por terminar. “O quizá por iniciar”. Una voz sutil, dentro de mí, me hizo vibrar.

 

 

ISAIAH. Me dijo con esa voz que derretía. Mientras yo tragaba mi propia saliva sintiendo que me ahogaba como sin saber por qué o mejor dicho, como sabiendo más de lo que había necesitado saber. En la milésima de segundo en que parpadeé, millones de fragmentos de imágenes se desvelaron ante mí. Isaiah era el hijo que tuve que ver morir para yo poder reencarnar en esta vida. Los espasmos de mi corazón eran cada vez más intensos. Toqué con mi trémula mano su pecho, hasta el punto de desfallecer. Nos habíamos reconocido en seguida; en una mirada; en la cercanía de nuestros latidos. Se habían reencontrado nuestras almas.

 

 

AUTOR: Luzía Morales

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