Trabajar con la Madre Divina (Primera parte)

Barbara Meneses
Barbara Meneses

 

Foto: Tamara Adams

Texto: Bárbara Meneses

Mi despertar espiritual ocurrió en el año 2000 cuando una serie de circunstancias en mi vida personal me llevaron a vivir experiencias en las que sentí haber tocado fondo. A partir de ese momento, se produjo una apertura en mi interior y nueva energía, savía vital y vida fluyeron hacia mi expandiendo mi conciencia, haciéndome despertar a “otra realidad”, la dimensión del espíritu. Sufrí literalmente orgasmos en el cerebro, explosiones energéticas en mi mente conforme ésta iba expandiéndose y abriéndose a una nueva realidad. Me faltaba un lenguaje con el que articular lo que estaba viviendo y no tenía a nadie a mi alrededor que pudiese ayudarme a comprender aquello que me sucedía. Pasé un largo año aprendiendo un nuevo vocabulario que pudiese dar sentido a mis experiencias internas y me permitiese describir de una forma coherente lo que experimentaba en mi interior.

A partir de aquel despertar de la conciencia, no me sentí una iluminada ni mucho menos sino que sentí que algo indescriptible en mi interior había despertado de un letargo profundo y que desde ese momento, me tocaba hacer lo que intuitivamente llamé “trabajo interior”. Fue un proceso de 15 años, hasta la fecha, en el que tuve que revisar y sanar muchísimos aspectos de mi persona, de mis vidas pasadas, formas de pensar, sentir y obrar condicionadas, programadas, confusas, erráticas, incoherentes. Todo un proceso muy orgánico e intuitivo que fue desplegándose naturalmente ante mí haciéndome navegar por entre sincronicidades, personas, encuentros fortuitos, mensajes en clave, libros, herramientas varias que iban surgiendo conforme las necesitaba para realizar ese trabajo interno que presentí tan crucial.

Comprendí que el despertar espiritual es un comienzo, no un final y que si no se acompaña por ese trabajo interno de sanación física, emocional, mental, energética y espiritual, no podría avanzar en eso que percibí ser mi camino.

Pirámide de Maslow

Pirámide de Maslow

Aquellos que conocen la pirámide de Abraham Maslow de las necesidades, saben que según este investigador, todos los seres humanos han de satisfacer una serie de necesidades que se hayan expresadas por categorías en forma piramidal, por orden de importancia. No podemos, según Maslow, saltarnos las necesidades fisiológicas básicas como el tener sustento, alojamiento y gozar de una seguridad vital mínima y satisfacer necesidades más elevadas como la espiritual.

 En ese sentido, el camino espiritual, comprendí, debía pasar por atender todas esas necesidades hasta poder llegar al ápice de esa pirámide donde se encuentran las necesidades espirituales más profundas: la búsqueda de quienes somos, qué hacemos aquí, cuál es la naturaleza de la realidad y nuestro lugar en la existencia, ¿existe un Dios y quién soy yo en relación a El-Ella-Ello?

Una de las cosas que descubrí con el tiempo y que confirmó la necesidad de realizar un trabajo paralelo de sanación al tiempo que recorría mi camino espiritual hacia la Unidad hacia la Fuente (llamémosle proceso de Iluminación, Autorrealización, Liberación) es que comprendí que nuestra capacidad de vivenciar experiencias o alcanzar estados espirituales determinados está en directa proporción con nuestro volumen de trauma interno acumulado en esta y otras vidas.

Son nuestros traumas no resueltos los que nos causan vivenciar experiencias místicas desde la distorsión esquizoide o bipolar. Poder gozar de una espiritualidad plena y viva en nosotros pasa necesariamente por realizar ese trabajo interno de ir resolviendo y sanando las heridas que nos dejaron traumas pasados que yacen en nuestro inconsciente y que nos impiden avanzar en la senda espiritual alcanzando mayores niveles de claridad, silencio interior, comunión con el todo.

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En diciembre de 2012, en Australia, cuando mi pequeña mente pensó que ya lo tenía todo “visto” o sabido o comprendido, viví un proceso de Noche Oscura del Alma que sacudió nuevamente los cimientos de todo cuanto creí saber y creí haber alcanzado. En esos momentos de máxima oscuridad, cuando percibí que nada de lo hasta ahora trabajado, sanado, resuelto me había llevado ni un milímetro más cerca de mi ansiado destino final, escuché una voz sin voz en el silencio de mi Ser que me llamó desde lo que percibí ser el corazón del Gran Sol Central de la Galaxia.

Era Ella. Una voz sin voz que pronunció estas palabras en mi interior, como si me conociese de toda “la vida”. Aquellas palabras fueron: “Madre Divina”…

-“Madre Divina”, repetí como un eco en el lejano espacio respondiendo desde la Tierra a aquella llamada que procedía de algún céntrico lugar en la galaxia. “Madre Divina, Madre Divina”… volví a repetir.

Como un mantra, un bálsamo sanador, aquellas palabras descendieron sobre mí con un néctar de Amor Divino que fue lavándome y rescatándome de aquel oscuro lugar donde me percibí haber “caído”. “Madre Divina… Madre Divina”, repetí una y otra vez al tiempo que comencé a sentir una nueva savia vital correr por mis canales sutiles despertándome, levantándome, llenándome de una nueva clase de vida, una vida viva, despierta como nunca antes. “Madre Divina”, repetí una y otra vez creciendo en confianza, bajo el abrazo de un cálido manto maternal que comenzó a nutrirme de dentro hacia afuera, desde lo más profundo de mi interior hacia el exterior. “Madre Divina, Madre Divina, Madre Divina” repetí llenándome y llenándome.

Madre, ¿Eres tú? Pregunté un día por fin, abandonando por un momento la intoxicación de aquel embriagador mantra.

Me quedé quieta esperando su respuesta. “¿Eres Tú? Repetí en mi interior. Escuché con todos mis sentidos. Escuché con mis ojos, mis oídos, con cada una de las células de mi cuerpo. Mi atención y el silencio que creció en mi interior, fue total. “ ¿Madre, Eres Tú?” pregunté…

Fue entonces cuando sentí el pulso mismo de la Vida fluyendo en mi interior dándome la respuesta. Un movimiento en forma de espiral ascendente se hizo notar en mi interior. Seguí realizando la pregunta y aquella espiral interna se movía cada vez que preguntaba por la Madre. Fue así que comprendí que su primera respuesta había venido por la via kinestésica.

(Bárbara Meneses, 2016)

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