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Conversaciones con Dios: La Consciencia Colectiva

Neale Donald Walsch mirando al horifonte ¿Y qué ocurre con el sufrimiento? ¿Es el sufrimiento el camino hacia Dios? Algunos dicen que es el único camino…

A mí no me gusta el sufrimiento, y si alguien dice lo contrario es que no me conoce.

El sufrimiento es un aspecto innecesario de la experiencia humana. No sólo es innecesario; es también insensato, desagradable y peligroso para la salud.

Entonces, ¿por qué hay tanto sufrimiento? ¿Por qué Tú, si eres Dios, no le pones fin, ya que tanto te desagrada?

Ya le he puesto fin. Pero sencillamente os negáis a utilizar las herramientas que os he dado para hacerlo.

Y es que el sufrimiento no tiene nada que ver con los acontecimientos, sino con cómo reacciona uno ante ellos.

Lo que sucede es meramente lo que sucede. Pero lo que uno piense de ello es otra cuestión.

Yo os he dado las herramientas con las que responder y reaccionar ante los acontecimientos de modo que el dolor disminuya – en realidad, se elimine -, pero no las habéis utilizado.

Perdona, pero ¿por qué no eliminas los acontecimientos?

Una buena pregunta. Desgraciadamente, Yo no los controlo en absoluto.

¿Qué no los controlas en absoluto?

Por supuesto que no. Los acontecimientos son sucesos en el tiempo y el espacio que vosotros producís por decisión propia; y Yo nunca interferiré en vuestras decisiones. Hacerlo equivaldría a ignorar la propia razón de haberos creado. Pero todo esto ya lo he explicado antes.

Algunos acontecimientos los producís intencionadamente, y otros los atraéis más o menos conscientemente. Algunos de ellos – los grandes desastres naturales se hallan entre los que incluís en esta categoría – los atribuís al “destino”.

Sin embargo, él “destino” no es más que el conjunto de todos los pensamientos; en otras palabras, la conciencia del planeta.

 

La “consciencia colectiva”…

Precisamente. Eso es.

Hay quienes dicen que el mundo tiene los días contados. Nuestra ecología esta agonizando. Nuestro planeta se encamina hacia un gran desastre geofísico: terremotos; volcanes; quizás incluso un cambio en la inclinación del eje terrestre. Y hay otros que afirman que la consciencia colectiva puede cambiar todo eso; que podemos salvar a la Tierra con nuestros pensamientos.

 

Los pensamientos se convierten en acción. Si un número suficiente de personas creen que se debe hacer algo en auxilio del medio ambiente, salvaréis a la Tierra. Pero debéis apresuraros, pues se ha hecho ya mucho daño y durante mucho tiempo. Y se requerirá un gran cambio de actitud.

 

¿Quieres decir que, si no lo hacemos, veremos cómo la Tierra es destruida, junto con sus habitantes?

 

Yo he hecho las leyes del universo físico lo bastante claras como para que cualquiera pueda entenderlas. Hay leyes de causa y efecto que ya han aparecido suficientemente clarificadas a vuestros científicos, a vuestros físicos, y, a través de ellos, a vuestros líderes mundiales. No es necesario clarificar dichas leyes una vez más.

 

Volvamos al sufrimiento. ¿De dónde hemos sacado la idea de que el sufrimiento es bueno, de que el santo “sufre en silencio”?

 

El santo sí “sufre en silencio”, pero eso no significa que el sufrimiento sea bueno. Los aprendices de Maestro sufren en silencio porque entienden que el sufrimiento no es el camino hacia Dios, sino más bien un signo cierto de que todavía les queda algo que aprender en el camino hacia Dios; algo que recordar.

El auténtico Maestro no sufre en silencio en absoluto, sino que únicamente parece estar sufriendo sin quejarse. La razón de que el auténtico Maestro no se queje es que el auténtico Maestro no está sufriendo, sino simplemente experimentando una serie de circunstancias que vosotros llamaríais insoportables.

Un Maestro practicante no habla de sufrimiento, sencillamente porque entiende claramente el poder de la Palabra; por tanto, simplemente decide no hablar de ello.

Hacemos real aquello a lo que prestamos atención. Y el Maestro lo sabe. El Maestro se reconoce en que escoge aquello que decide hacer real.

Todos vosotros lo hacéis de vez en cuando. No hay ninguno de vosotros que no haya hecho desaparecer un dolor de cabeza, o que una visita al dentista haya resultado menos dolorosa, por medio de una decisión al respecto.

Un Maestro simplemente toma la misma decisión en asuntos de mayor importancia.

 

Pero ¿por qué sufrimos? ¿Por qué tenemos siquiera la posibilidad de sufrir?

 

No podéis conocer, ni llegar a ser, aquello que sois, en ausencia de aquello que no sois, tal como ya te he explicado.

 

Sigo sin entender por qué tenemos la idea de que el sufrimiento es bueno.

 

Actúas con buen juicio al insistir en esta pregunta. El saber originario en torno a la cuestión de sufrir en silencio se ha pervertido de tal modo que actualmente muchos creen (y varias religiones realmente enseñan) que el sufrimiento es bueno, y la alegría es mala. Por lo tanto, habéis decidido que, si alguien tiene cáncer y no se lo dice a nadie, es un santo; y, en cambio, si alguien posee una sexualidad vigorosa (por elegir un tema explosivo) y lo celebra abiertamente, es una pecadora.

 

¡Chico, realmente has elegido un tema explosivo! Además, has cambiado hábilmente el pronombre de masculino a femenino. ¿Con qué idea lo has hecho?

 

Con la de mostrarte vuestros prejuicios. No os gusta pensar en que una mujer tenga una sexualidad vigorosa, y mucho menos en que lo celebre abiertamente.

Preferiríais ver a un hombre agonizando sin un gemido en el campo de batalla que a una mujer haciendo el amor con muchos gemidos en la calle.

 

¿Tú no?

 

Yo no tengo ningún juicio respecto a lo uno o lo otro. Pero vosotros tenéis toda una serie de juicios; y te diría que son vuestros juicios los que impiden vuestra alegría, y vuestras expectativas las que os hacen infelices.

Todo esto junto es lo que causa vuestro mal – estar, y, en consecuencia, da origen a vuestro sufrimiento.

 

¿Cómo sé que lo que dices es cierto? ¿Cómo sé siquiera que es Dios quien me habla, y no mi propia imaginación hiperactiva?

 

Eso ya me lo has preguntado antes. Y mi respuesta es la misma. ¿Qué diferencia hay? Aunque todo lo que te he dicho estuviera “equivocado”, ¿se te ocurre un modo mejor de vivir?

 

No.

 

¡Entonces, lo “equivocado “ es correcto, y lo “correcto” es equivocado!

Déjame que te diga algo, para ayudarte en tu dilema: no te creas nada de lo que te diga. Simplemente, vívelo. Experiméntalo. Luego vive cualquier otro paradigma que quieras construir. Después, ten en cuenta tu experiencia a la hora de encontrar tu verdad.

Un día, si tienes mucho valor, experimentarás un mundo en el que hacer el amor se considerará mejor que hacer la guerra. Ese día te regocijarás.

 

 

7

 

¡La vida causa tanto espanto!, ¡y es tan confusa! Quisiera que las cosas fueran más claras.

 

La vida no tiene nada de espantoso si no te preocupas por los resultados.

 

Quieres decir si no deseas nada…

 

Exacto. Elige, pero no desees.

 

Eso resulta muy fácil para aquellas personas que no tienen a nadie que dependa de ellas. Pero ¿qué pasa si uno tiene esposa e hijos?

 

El camino de la familia siempre ha sido un camino muy estimulante; quizás el más estimulante. Como tú dices, resulta muy fácil “no desear nada” cuando sólo te has de preocupar de ti mismo. Cuando tienes a otras personas a las que quieres, es natural desear sólo lo mejor para ellas.

 

Resulta doloroso no poder darles todo lo que quisieras que tuvieran. Un hogar agradable, ropa decente, comida suficiente… Me siento como si hubiera estado luchando durante veinte años sólo para vivir siempre haciendo equilibrios. Y al final para nada.

 

¿Te refieres a la riqueza material?

 

Me refiero a algunas de las cosas básicas que un hombre quisiera dar a sus hijos. Me refiero a algunas de las cosas sencillas que un hombre quisiera dar a su mujer.

 

Ya veo. Consideras que tu tarea en la vida es proporcionarles todas esas cosas. ¿Imaginas que es eso en lo que consiste tu vida?

 

No estoy seguro de haberlo planteado de ese modo. No es que mi vida consista en eso, pero ciertamente estaría bien que, al menos, eso fuera un subproducto.

 

Bien. Entonces, volvamos a ello. ¿En qué crees que consiste tu vida?

 

Esa es una buena pregunta. A lo largo de los años he tenido distintas respuestas a ella.

 

¿Cuál es tu respuesta en este momento?

 

Me parece tener dos respuestas a la pregunta: la respuesta a en que me gustaría creer que consiste, y la respuesta a en qué creo que consiste.

 

¿Cuál es la respuesta a en que te gustaría creer que consiste?

 

Me gustaría creer que mi vida consiste en la evolución de mi alma. Me gustaría creer que mi vida consiste en expresar y experimentar la parte de mí que más amo; la parte de mí que es compasión y paciencia, entrega y ayuda; la parte de mí que es conocimiento y sabiduría, perdón y… amor.

 

¡Suena como si hubieras estado leyendo este libro!

 

Sí, y, desde luego, es un libro maravilloso a nivel esotérico; pero estoy tratando de comprender cómo “practicarlo”. La respuesta a tu pregunta acerca de en qué creo realmente que consista mi vida es que consiste en sobrevivir día a día.

 

¡Ah! ¿Y crees que una cosa excluye a la otra?

 

Bueno…

 

¿Crees que lo esotérico excluye la supervivencia?

 

La verdad es que me gustaría hacer algo más que sobrevivir. He estado sobreviviendo todos estos años; y considero que todavía lo estoy. Pero quisiera que la lucha por la vida terminara. Considero que ir tirando día a día es también una lucha. Quisiera hacer algo más que sobrevivir. Quisiera prosperar.

 

¿Y a que llamarías prosperar?

 

A tener lo suficiente para no tener que preocuparme de cómo conseguiré mi próximo dólar; a que no me suponga una tensión y un esfuerzo el simple hecho de pagar el alquiler o la factura del teléfono. Quiero decir que lamento ser trivial, pero estamos hablando de la vida real, y no de cuentos de hadas, o del romántico cuadro de la vida que describes en este libro.

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Detecto un cierto enfado…

 

No tanto enfado como frustración. He seguido el juego espiritual durante más de veinte años, y mira lo que he conseguido: ¡un cheque del asilo de pobres! Y ahora acabo de perder mi trabajo, y parece que el flujo de dinero en efectivo ha cesado de nuevo. Estoy realmente cansado de luchar. Tengo cuarenta y nueve años, y me gustaría tener alguna seguridad en la vida para poder dedicar más tiempo a “la esencia de Dios”, la “evolución” del alma, etc. Ahí es donde esta mi corazón, pero no es adonde mi vida me permite dirigirme…

 

Bueno, todo eso está muy bien dicho; y además sospecho que hablas en nombre de toda una serie de personas que comparten la misma experiencia. Voy a  responder a tu sinceridad frase por frase, de modo que podamos rastrear con facilidad la respuesta, y examinarla detalladamente.

Tú no has seguido “el juego espiritual” durante veinte años, sino que apenas has estado rozando sus orillas. (Por cierto, esto no es un reproche, sino únicamente la afirmación de una verdad.) Te concederé que durante dos décadas has estado contemplándolo; coqueteando con él; experimentándolo de vez en cuando… pero Yo no he percibido tu auténtico – tu más auténtico – compromiso con el juego hasta hace muy poco.

Que quede claro que “seguir el juego espiritual” significa dedicar toda tu mente, todo tu cuerpo, toda tu alma, al proceso de crearte a Ti mismo a imagen y semejanza de Dios.

Este es el proceso de Auto-realización sobre el que han escrito los místicos orientales. Y es el proceso de salvación del que se han ocupado muchos teólogos occidentales.

Se trata de un acto de suprema conciencia realizado día a día, hora a hora, momento a momento. Es una elección, y una re-elección, en cada instante. Es una continua creación. Una creación consciente; creación con un propósito. Se trata de utilizar las herramientas de creación de las que hemos hablado, y de utilizarlas conscientemente y con una sublime intención.

Eso es “participar en el juego espiritual”. Entonces, ¿cuánto tiempo llevas dedicado a ello?

 

Ni siquiera he empezado

 

Tampoco te vayas de un extremo al otro, y no seas tan duro contigo mismo. Tú sí te has dedicado a este proceso, y en realidad estás más metido en él de lo que crees. Pero no has estado haciéndolo durante veinte años, ni nada parecido. Sin embargo, lo cierto es que no es importante cuánto tiempo lleves dedicado a ello. ¿Lo estás ahora?: eso es lo que cuenta.

Vayamos a tu afirmación. Dices que “mire lo que has conseguido”, y te describes a ti mismo a punto de ir a parar al “asilo de pobres”. Pero te miro, y lo que veo es otra cosa bastante distinta. ¡Veo a una persona que está a punto de ir a parar a una espléndida casa! Crees que tienes un cheque del olvido, y Yo veo que tienes un cheque del Nirvana. Aunque, por supuesto, ello depende en gran medida de cuál creas que es tu “paga”, y a qué fin encamines tu labor.

Si el objeto de tu vida es adquirir lo que tú llamas seguridad, veo y entiendo por qué sientes que tienes “un cheque del asilo de pobres”. Sin embargo, incluso esta afirmación está sujeta a rectificación, puesto que con Mi “paga” todo lo bueno vendrá a ti, incluida la experiencia de sentirte seguro en el mundo.

Mi “paga” – el pago que obtienes cuando “trabajas para” Mí – proporciona mucho más que bienestar espiritual. También puedes obtener bienestar físico. Pero la parte irónica del asunto es que, una vez que experimentes la clase de bienestar espiritual que Mi pago proporciona, te darás cuenta de que lo último que te preocupará será el bienestar físico.

Incluso el bienestar físico de los miembros de tu familia dejará de preocuparte, ya que, una vez alcances un determinado nivel de conciencia de Dios, entenderás que no eres responsable de ninguna otra alma humana, y que, si bien es digno de encomio querer que todas las almas gocen de bienestar, cada una de ellas debe elegir – esta eligiendo – su propio destino en cada momento.

Es obvio que maltratar o destruir deliberadamente a otra persona no es precisamente la acción más elevada. Es obvio que resulta igualmente inapropiado descuidar las necesidades de quienes has hecho que dependan de ti.

Tu tarea consiste en hacer que sean independientes; en enseñarles – del modo más rápido y completo posible – cómo prescindir de ti. No les favoreces mientras te necesiten para sobrevivir, sino sólo, y realmente, en el momento en que se den cuenta de que no te necesitan.

En el mismo sentido, el momento más importante para Dios será aquel en que os deis cuenta de que no necesitáis a ningún Dios.

Sí, ya lo sé… esto es la antítesis de todo lo que siempre habéis pensado. Pero vuestros maestros os han hablado de un Dios colérico y envidioso, de un Dios que necesita que le necesiten. Y eso no es un Dios en absoluto, sino un neurótico sustituto de lo que sería una deidad.

Un autentico Maestro no es aquel que tiene más discípulos, sino aquel que crea más Maestros.

Un auténtico líder no es aquel que cuenta con más seguidores, sino aquel que crea más líderes.

Un auténtico rey no es aquel que tiene más súbditos, sino aquel que hace que la mayoría de ellos accedan a la realeza.

Un auténtico profesor no es aquel que posee más conocimiento, sino aquel que logra que la mayoría de sus semejantes alcancen el conocimiento.

Y un auténtico Dios no es Aquel que cuenta con el mayor número de siervos, sino Aquel que sirve al mayor número de ellos, haciéndoles, así, Dioses.

Este es, pues, el propósito y la gloria de Dios: que sus súbditos dejen de serlo, y que todos conozcan a Dios no como lo inalcanzable, sino como lo inevitable.

Quisiera que entendieras esto: vuestro destino feliz es inevitable. No podéis dejar de “salvaros”. No hay más infierno que ignorar esto.

Así pues, con vuestros padres, esposas y personas queridas, debéis tratar de no hacer de vuestro amor un pegamento que liga, sino más bien un imán que primero atrae, pero que luego se gira y repele, para que aquellos a quienes atrae no empiecen a creer que necesitan estar pegados a vosotros para sobrevivir. Nada puede estar más lejos de la verdad. Nada puede resultar más perjudicial para los demás.

Deja que tu amor lance  a tus seres queridos al mundo, y a experimentar plenamente quienes son. Si haces esto, habrás amado verdaderamente.

Este modo de ser cabeza de familia constituye un gran reto. Hay muchas distracciones, muchas preocupaciones mundanas. Ninguna de ellas preocupa a un asceta. Le llevan su pan y su agua, le dan la humilde estera en la que acostarse, y puede dedicar todas sus horas al rezo, a la meditación y la contemplación de lo divino. ¡Qué fácil resulta contemplar lo divino en estas circunstancias! ¡Que tarea tan sencilla! ¡Ah pero dale una esposa e hijos! ¡Contempla lo divino  en un bebé al que hay que cambiar a las tres de la madrugada! ¡Contempla lo divino en una factura que hay que pagar a primeros de mes! ¡Reconoce la mano de Dios en la enfermedad que contrae tu esposa, en el trabajo que acabas de perder, en la fiebre de tu hijo, en el dolor de tus padres! ¡Ahora es cuando hablamos de santidad!

Entiendo tu fatiga. Sé que estás cansado de luchar. Pero te aseguro una cosa: cuando Me sigues a Mí, la lucha desaparece. Vive en tu espacio divino, y todos y cada uno de los acontecimientos serán bendiciones.

 

¿Cómo puedo conseguir mi espacio divino cuando acabo de perder mi trabajo, hay que pagar el alquiler, los chicos necesitan ir al dentista, y permanecer en mi elevado y filosófico espacio parece el modo menos probable de resolver todo esto?

 

No me abandones cuando más Me necesitas. Esta es la hora de tu mayor prueba. Este es el momento de tu mayor oportunidad. Se trata de la oportunidad de demostrarte a ti mismo lo que aquí se ha escrito.

Cuando te digo “no me abandones”, parezco ese Dios necesitado y neurótico del que hemos hablado. Pero no lo soy. Puedes “abandonarme” si quieres. No me importa, y no cambiará nada entre nosotros. Simplemente te lo digo como una respuesta a tus preguntas. Cuando las cosas se ponen mal es cuando más a menudo olvidáis Quienes Sois y las herramientas que os he dado para que creéis la vida tal como decidáis.

Este es más que nunca, el momento de ir a tu espacio divino. En primer lugar, te proporcionará una gran paz de espíritu; de un espíritu sosegado surgen grandes ideas, y dichas ideas pueden constituir las soluciones a los mayores problemas que te imagines que vas a tener.

En segundo lugar, tu espacio divino es el lugar donde te Auto-realizas, y ese es el propósito – el único propósito – de tu alma.

Cuando te hallas en tu espacio divino, sabes y comprendes que todo lo que estás experimentando en ese momento es transitorio. Te aseguro que el Cielo y la Tierra pasarán, pero tú no pasarás. Esta perspectiva eterna te ayuda a ver las cosas en su verdadera dimensión.

Puedes definir las condiciones y circunstancias presentes como lo que realmente son: transitorias y temporales. De este modo puedes utilizarlas como herramientas – puesto que de eso se trata: de herramientas transitorias y temporales – en la creación de la experiencia presente.

¿Quién piensas realmente que eres? En relación a la experiencia llamada “perder el trabajo”, ¿quién piensas que eres Y, lo que quizás viene más al caso, ¿quién piensas que soy Yo? ¿Imaginas acaso que se trata de un problema demasiado grande como para que Yo pueda resolverlo? ¿Requiere salir de este aprieto un milagro demasiado grande como para que Yo pueda realizarlo? Entiendo que puedas pensar que es demasiado grande como para que puedas realizarlo, incluso con todas las herramientas que te he dado; ¿pero realmente piensas que lo es para Mí?

 

Intelectualmente sé que no es una tarea demasiado grande para Dios. Pero emocionalmente supongo que no puedo estar seguro; no tanto de que puedas como de que quieras hacerlo.

 

Ya veo. Entonces, es una cuestión de fe.

 

Sí.

 

No pones en cuestión Mi capacidad de hacerlo; simplemente dudas de Mi deseo.

 

Fíjate, todavía me identifico con esa teología que afirma que en alguna parte puede haber una lección para mí. Pero no estoy seguro de que deba tener una solución. Tal vez debo tener el problema. Quizás se trata de una de esas “pruebas” de las que mi teología me sigue hablando. Así, me preocupa que este problema pueda no tener solución; que vayas a dejarme colgado…

 

Quizás este sea un buen momento para revisar una vez más cómo interactuamos tú y Yo, ya que tú crees que se trata de mi deseo, y Yo te digo que se trata del tuyo.

Yo quiero para ti lo que quieras para ti. Nada más y nada menos.

Yo no llego y juzgo, petición tras petición, acerca de si debo conceder algo o no.

Mi ley es la ley de causa y efecto; no la ley del “ya veremos”. No hay nada que no puedas tener si decides tenerlo. Te lo habré dado incluso antes de que me lo pidas. ¿Lo crees?

 

No. Lo siento. He visto demasiadas oraciones sin respuesta.

 

No lo sientas. Quédate siempre con la verdad; la verdad de tu experiencia. Lo entiendo. Lo respeto. Y me parece bien.

 

De acuerdo, puesto que no creo que vaya a obtener cualquier cosa que pida. Mi vida no ha constituido precisamente un testimonio en ese sentido. En realidad, raramente obtengo lo que pido. Y cuando lo obtengo, me considero un maldito afortunado.

 

He aquí una interesante combinación de palabras. Al parecer, tienes dos opciones. En tu vida puedes ser o bien un maldito afortunado, o bien un bendito afortunado. Yo preferiría que fueras un bendito afortunado; pero, por supuesto, nunca interferiré en tus decisiones.

Te lo aseguro: tú siempre obtienes lo que creas, y constantemente estás creando.

Yo no juzgo las creaciones que tú haces aparecer; simplemente te capacito para que hagas aparecer más, y más, y más… Si no te gusta lo que acabas de crear, elige otra vez. Mi tarea, en cuanto Dios, consiste en darte siempre esa oportunidad.

Ahora me dices que no siempre has obtenido lo que querías. Pero te diré que siempre has obtenido lo que has provocado.

Tu vida es siempre el resultado de tus pensamientos acerca de ella, incluyendo tu pensamiento – obviamente creador – de que rara vez obtienes lo que quieres.

Ahora , en este caso concreto, te ves a ti mismo como víctima de la situación al haber perdido tu trabajo. Pero lo cierto es que ya no querías ese trabajo. Dejaste de levantarte por la mañana con esperanza, y empezaste a levantarte con miedo.. Dejaste de estar contento con tu trabajo, y empezaste a sentir resentimiento. Incluso empezaste a imaginarte haciendo otra cosa distinta.

¿Crees que todo eso no significa nada? No comprendes tu poder. Te lo aseguro: Tu vida se desarrolla según tus intenciones sobre ella.

Entonces, ¿cuál es tu intención ahora? ¿Tienes la intención de probar tu teoría de que la vida rara vez te da lo que quieres? ¿O de demostrar Quién Eres Realmente y Quién Soy Yo?

 

Me siento desazonado. Castigado. Desconcertado.

 

¿Y de qué te sirve? ¿Por qué no reconoces simplemente la verdad cuando la oyes, y acudes a ella? No hay ninguna necesidad de que te recrimines a ti mismo. Sencillamente observa lo que has estado eligiendo, y elige de nuevo.

 

Pero ¿por qué siempre estoy tan predispuesto a escoger lo negativo?, ¿y luego a recriminarme a mí mismo por ello?

 

¿Y qué otra cosa podías esperar? Desde tus primeros años te han dicho que eres “malo”. Aceptaste que habías nacido en “pecado”. Sentirse culpable es una respuesta aprendida. Te han dicho que debes sentirte culpable por cosas que habías hecho antes de que pudieras hacer nada. Te han enseñado a avergonzarte de no haber nacido perfecto.

Este supuesto estado de imperfección en el que decís que habéis venido a este mundo  es lo que vuestros teóricos religiosos tienen el descaro de llamar pecado original. Y es un pecado original; pero no vuestro. Es el primer pecado perpetrado sobre vosotros por un mundo que no sabe nada de Dios desde el momento en que piensa que Dios querría – o podría – crear algo imperfecto.

Algunas de vuestras religiones han elaborado verdaderas teologías en torno a esta equivocación. Pues eso es lo que es: literalmente una equivocación, puesto que todo aquello que concibo – y todo aquello – a lo que doy la vida – es perfecto; un perfecto reflejo de la propia perfección, hecho a imagen y semejanza mía.

Sin embargo, con el fin de justificar la idea de un Dios punitivo, vuestras religiones necesitan crear algo por lo que Yo  tenga que estar enfadado. Así, incluso aquellas personas que llevan una vida ejemplar necesitan ser salvadas de algún modo. Si no necesitan ser salvadas de sí mismas, entonces necesitan ser salvadas de su propia imperfección interior. Así – afirman tales religiones -, es mejor que hagáis algo al respecto, y rápido, o iréis directamente al infierno.

Todo eso, en fin, no puedes hacer nada para aplacar a un Dios extraño, colérico y vengativo, pero sí da origen a unas religiones extrañas, coléricas y vengativas. De este modo, las religiones se perpetúan a sí mismas. De este modo, el poder sigue estando concentrado en manos de unos pocos, en lugar de convertirse en una experiencia al alcance de muchos.

Por supuesto, constantemente elegís el menor pensamiento, la idea más pequeña, el más minúsculo concepto de vosotros mismos y de vuestro poder, por no hablar del concepto de Mí y de Mi poder. Así os lo han enseñado.

 

 

¡Dios mío!, ¿y cómo puedo contrarrestar esas enseñanzas?

 

Esa es una buena pregunta, y dirigida a la persona correcta!

Puedes contrarrestarlas leyendo y releyendo este libro. Léelo una y otra vez. Hasta que entiendas cada párrafo. Hasta familiarizarte con cada palabra. Cuando puedas citar sus pasajes a otros, cuando puedas traer sus frases a tu mente en tus horas más negras, entonces habrás “contrarrestado las enseñanzas”.

 

Pero hay todavía muchas cosas que quiero preguntarte; hay aún muchas cosas que quiero saber.

 

¡Claro! Empezaste con una lista de preguntas muy larga. ¿Volvemos a ella?

 

 

8

 

¿Cuándo aprenderé lo suficiente sobre las relaciones como para que las mías vayan sobre ruedas? ¿Hay alguna manera de ser feliz en las relaciones? ¿Acaso deben suponer constantemente una prueba?

 

No tienes nada que aprender sobre las relaciones. Únicamente has de manifestar lo que ya sabes.

Hay una manera de ser feliz en las relaciones y: consiste en utilizarlas para el fin que les es propio, y no para el que tu les has designado.

Las relaciones son una prueba constante; constantemente invitan a crear, expresar y experimentar las más elevadas facetas de ti mismo, las mayores visiones de ti mismo, las más magnificas versiones de ti mismo. En ninguna otra parte puedes realizar esto de un modo más inmediato, efectivo e inmaculado que en las relaciones. En realidad, si no fuera por las relaciones no podrías realizarlo en absoluto.

Sólo a través de tus relaciones con otras personas, lugares y acontecimientos puedes existir (como una cantidad cognoscible, como algo identificable) en el universo. Recuérdalo: en ausencia de algo distinto, tú no eres. Eres únicamente lo que eres en relación a otra cosa que no es. Así es en el mundo de lo relativo, a diferencia del mundo de lo absoluto, en el que Yo habito.

Cuando entiendes esto con claridad, cuando lo comprendes en profundidad, entonces bendices intuitivamente todas y cada una de tus experiencias, todo encuentro humano, y especialmente las relaciones personales humanas, pues las ves como algo constructivo en su más alto sentido. Ves que pueden utilizarse, que deben utilizarse, que se utilizan (lo quieras o no), para construir Quién Realmente Eres.

Esta construcción puede ser una magnífica creación de tu propio designio consciente, o una estricta configuración de los acontecimientos. Puedes elegir ser una persona que sea producto simplemente de lo que haya acontecido, o de lo que hayas elegido ser y hacer en función de lo que haya acontecido. Es en esta última forma en la que la creación del Yo se realiza.

Bendice, por tanto, toda relación, y considera cada una de ellas como especial y constitutiva de Quién Realmente Eres y ahora eliges ser.

Ahora bien, tu pregunta alude a las relaciones humanas individuales de tipo romántico, cosa que entiendo. De modo que permíteme referirme, específicamente y por extenso, a las relaciones amorosas humanas, ¡ese asunto que sigue dándote tantas preocupaciones!

Cuando las relaciones amorosas humanas fracasan (en realidad, las relaciones nunca fracasan, excepto en el sentido estrictamente humano de que no producen el resultado que quieres), es porque se habían iniciado por una razón equivocada.

(Por supuesto, “equivocado” es un término relativo, que significa algo opuesto a lo que es “correcto”, sea lo que sea. Resultaría más exacto, en vuestro lenguaje, decir “las relaciones fracasan – cambian – más a menudo cuando se han iniciado por razones no totalmente beneficiosas o que conduzcan a su supervivencia”.)

La mayoría de la gente inicia las relaciones con las miras puestas en lo que puede sacar de ellas.

El objetivo de una relación es decidir qué parte de ti mismo quisieras ver “descubierta”; no qué parte de la otra persona puedes capturar y conservar.

Sólo puede haber un objetivo para las relaciones, y para toda la vida: ser y decidir Quien Realmente Sois.

Resulta muy romántico decir que tú no eras “nada” hasta que llego esa otra persona tan especial; pero no es cierto. Y, lo que es peor, supone una increíble presión sobre esa persona, forzándole a ser toda una serie de cosas que no es.

Al no querer “desengañarte”, trata con gran esfuerzo de ser y hacer esas cosas, hasta que ya no puede más. Ya no puede completar el retrato que te has forjado de él o de ella. Ya no puede desempeñar el papel que se le ha asignado. Surge el resentimiento. Y después la cólera.

Finalmente, para salvarse a sí misma (y la relación), esa otra persona especial empieza a recuperar su auténtico yo, actuando más de acuerdo con Quien Realmente Es. Y en ese momento es cuando dices que “realmente, ha cambiado”.

Resulta muy romántico decir que, ahora que esa otra persona especial ha entrado en tu vida, te sientes completo. Pero el objetivo de la relación no es tener a otra persona que te complete, sino tener a otra persona con la que compartir tu completitud.

He aquí la paradoja de todas las relaciones humanas: no necesitáis a una determinada persona para experimentar plenamente Quienes Sois, y… sin otro, no sois nada.

Aquí radica a la vez el misterio y el prodigio, la frustración y la alegría de la experiencia humana. Requiere un conocimiento profundo y una total voluntad vivir en esta paradoja de un modo que tenga sentido. Y observo que muy pocas personas lo hacen.

La mayoría de vosotros iniciáis vuestras relaciones en los primeros años de madurez, con esperanza, plenos de energía sexual, el corazón abierto de par en par y el alma alegre e ilusionada.

En algún momento entre los cuarenta y los sesenta años (y para la mayoría más pronto que tarde), renunciáis a vuestro más magnífico sueño, abandonáis vuestra más alta esperanza, y os conformáis con vuestras menores expectativas; o con nada en absoluto.

El problema es sumamente básico, sumamente sencillo; y, sin embargo, trágicamente mal interpretado: vuestro más magnífico sueño, vuestra más alta idea y vuestra más acariciada esperanza se había referido a vuestro amado otro, en lugar de a vuestro amado Yo. La prueba de vuestras relaciones se había referido al hecho de hasta qué punto el otro se ajustaba a vuestras ideas, y en qué medida considerabais que vosotros os ajustabais a las suyas. Sin embargo, la única prueba auténtica se refería al hecho de hasta qué punto vosotros os ajustabais a las vuestras.

Las relaciones son sagradas porque proporcionan la más grandiosa oportunidad en la vida – en realidad, la única oportunidad – de crear y producir la experiencia de tu más elevado concepto de ti mismo. Las relaciones fracasan cuando las consideras la más grandiosa oportunidad de crear y producir la experiencia de tú más elevado concepto de otro.

Si dejas que, en una relación con otra persona, cada uno se preocupe de Sí mismo: de lo que Uno mismo es, hace y tiene; de lo que Uno mismo quiere, pide, obtiene; de lo que Uno mismo busca, crea, experimenta… todas las relaciones servirán magníficamente a este propósito, y a quienes participen en ellas.

Deja que, en la relación con otra persona, cada uno se preocupe, no del otro, sino sólo y únicamente de Sí mismo.

Parece una enseñanza extraña, ya que os han dicho que en la forma más elevada de relación uno se preocupa únicamente del otro. Pero Yo te digo esto: es el hecho de centrarte en el otro – de obsesionarte con el otro – lo que hace que las relaciones fracasen.

¿Qué es el otro? ¿Qué hace? ¿Qué tiene? ¿Qué dice, quiere o pide? ¿Qué piensa, espera o planea?

El Maestro entiende que no importa lo que el otro sea haga, tenga, diga, quiera o pida. No importa lo que el otro piense, espere o planee. Sólo importa lo que hagas en relación con ello.

La persona que más ama es la persona que está más centrada en Sí misma.

 

Esa es una enseñanza radical…

 

No si la observas con atención. Si no te amas a ti mismo, no puedes amar a otro. Mucha gente comete el error de tratar de amarse a Sí mismo a través de amar a otro. Por supuesto, no se dan cuenta de lo que hacen. No se trata de un esfuerzo consciente, sino de algo que se da en la mente, a un nivel muy profundo, en lo que llamáis el subconsciente. Piensan: “Si puedo amar a otros, ellos me amarán a mí. Entonces seré alguien digno de ser amado, y, por lo tanto, Yo me amaré a mí mismo”.

El reverso de esto es que muchas persona se odian a sí mismas porque piensan que no hay nadie que las quiera. Se trata de una enfermedad; es el verdadero “mal de amores”, pues lo cierto es que sí hay otras personas que les quieren, pero no importa. No importa cuánta gente manifieste su amor hacia ellos; nunca es suficiente.

En primer lugar, no creen en ti. Piensan que tratas de manipularles, que tratas de sacar algo de ellos. (¿Cómo podrías quererlos por lo que realmente son? No. Debe haber un error. ¡Seguro que quieres algo! Entonces ¿qué es lo que quieres?)

Se cruzan de brazos, tratando de comprender cómo alguien puede realmente quererles. Así, no te creen, y emprenden una campaña para hacer que se lo demuestres. Tienes que demostrarles que les quieres. Y, para hacerlo, pueden pedirte que empieces a cambiar tu conducta.

En segundo lugar, si finalmente aceptan que pueden creer que les quieres, inmediatamente empiezan a preocuparse acerca de cuánto tiempo lograrán mantener tu amor. Así, con el fin de conservarlo, empiezan a cambiar su conducta.

De este modo, dos personas se pierden a sí mismas  – literalmente – en la relación. Inician la relación esperando encontrarse a sí mismas, y, en lugar de ello, se pierden a sí mismas.

Esta pérdida de Uno mismo en una relación es lo que provoca la mayor parte de la amargura en estas parejas.

Dos personas se unen para compartir su vida, esperando que el todo será más que la suma de las partes, y se encuentran con que es menos. Se sienten menos que cuando estaban solos. Menos capaces, menos hábiles, menos apasionantes, menos atractivos, menos alegres, menos contentos…

Y ello es así porque son menos. Han renunciado a la mayor parte de lo que son con el fin de tener – y conservar – la relación.

Las relaciones nunca han tenido por qué ser así. Pero así es como las han experimentado la mayoría de las personas que conoces.

 

¿Por qué? ¿Por qué?

 

Porque la gente ha perdido el contacto (si es que alguna vez lo tuvo) con el propósito de las relaciones.

Cuando has dejado de ver a los otros como almas sagradas en un viaje sagrado, no puedes ver el propósito, la razón, que se oculta tras toda relación.

El alma ha venido al cuerpo, y el cuerpo ha venido a la vida, con el propósito de evolucionar. Estáis en evolución; estáis en devenir. Y utilizáis vuestras relaciones con cualquier cosa para decidir aquello que queréis devenir.

Esa es la tarea que habéis venido a realizar aquí. Esa es la alegría de crearse a Sí mismo. O de conocerse a Sí mismo. O de llegar a ser, conscientemente, lo que uno quiere ser. Eso es lo que significa ser consciente de Uno mismo.

Habéis traído a vuestro Yo al mundo relativo para poder disponer de las herramientas con las que conocer y experimentar Quienes Realmente Sois. Y sois quienes os creáis en relación con todo lo demás.

Vuestras relaciones personales constituyen el elemento más importante en este proceso. Por lo tanto, vuestras relaciones personales son “tierra santa”. Prácticamente no tienen nada que ver con el otro, pero, puesto que implican a otro, tienen todo que ver con el otro.

 

Esta es la divina dicotomía. Este es el círculo perfecto. Así, no constituye una enseñanza tan radical afirmar: “Bienaventurados los que se centran en Sí mismos, porque ellos conocerán a Dios”. Puede que no sea un mal objetivo en tu vida conocer la parte más elevada de Ti mismo, y permanecer centrado en ella.

Tu primera relación, pues, debe ser contigo mismo. Debes aprender primero a honrarte, cuidarte y amarte a Ti mismo.

Debes verte primero a Ti mismo como estimable para poder ver al otro como tal. Debes verte primero a Ti mismo como bienaventurado para poder ver al otro como tal. Debes verte primero a Ti mismo como santo para poder reconocer la santidad en el otro.

Si colocas el carro delante del caballo – como muchas religiones te piden que hagas -, y reconoces al otro como santo antes de reconocerte a ti mismo como tal, un día te resentirás de ello. Si hay algo que ninguno de vosotros puede tolerar es que alguien sea más santo que uno. Sin embargo, vuestras religiones os enseñan a considerar a los otros más santos que vosotros. Y eso es lo que hacéis, aunque sólo durante algún tiempo: luego los crucificáis.

Habéis crucificado (de una manera u otra) a todos mis Maestros, no sólo a Uno. Y lo habéis hecho no porque fueran más santos que vosotros, sino porque creíais que lo eran.

Todos mis Maestros han traído el mismo mensaje. No “yo soy más santo que tú”, sino “tú eres tan santo como yo”.

Este es el mensaje que no habéis sido capaces de escuchar; esta es la verdad que no habéis sido capaces de aceptar. Y esta es la razón por la que nunca os enamoráis realmente, auténticamente, de otra persona. Porque nunca os habéis enamorado realmente, auténticamente, de Vosotros mismos.

Así, deja que te diga algo: céntrate ahora y siempre en Ti mismo. Preocúpate de observar lo que eres, haces y tienes en un momento dado, y no cómo les va a los demás.

No debes buscar tu salvación en la acción del otro, sino en tu re-acción.

 

Así lo haré; pero, de alguna manera, eso suena como si no debiéramos preocuparnos de lo que los otros nos hacen en la relación con nosotros. Pueden hacer cualquier cosa, y, mientras conservemos nuestro equilibrio, nos mantengamos centrados en Nosotros mismos y todas esas cosas, nada nos afectará. Pero lo que hacen los demás si nos afecta. A veces, sus actos sí nos hacen daño. Y cuando el dolor aparece en las relaciones con otra persona es cuando yo no sé qué hacer. Está muy bien decir: “manténte al margen; haz que no te afecte en absoluto”, pero eso resulta más fácil de decir que de hacer. A mí me hacen daño las palabras y las acciones de las personas con quienes tengo relaciones.

 

Llegará el día en que no te lo harán. Y será el día en que realices – y actualices – el auténtico significado de las relaciones con los demás; su auténtica razón.

Sí reaccionas del modo en que lo haces, es porque has olvidado esto. Pero eso está bien. Forma parte del proceso de crecimiento; forma parte de la evolución. Es la Obra del Alma la que construyes en la relación con los demás; se trata de un grandioso conocimiento, de un grandioso recuerdo. Hasta que recuerdes eso – y recuerdes también cómo utilizar la relación como una herramienta en la creación de Ti mismo -, debes trabajar en el nivel en el que estás. El nivel del conocimiento, el nivel de la voluntad, el nivel de la remembranza.

Así, hay una serie de cosas que puedes hacer cuando reaccionas con dolor ante lo que la otra persona es, dice o hace. La primera es admitir con franqueza lo que sientes exactamente, tanto a ti mismo como a la otra persona. Muchos de vosotros tenéis miedo de hacer esto, pues pensáis que vais a “quedar mal”. En alguna parte, en lo más profundo de vosotros, os dais cuenta de que probablemente es ridículo que “penséis así”. Probablemente resulta mezquino; sois “mejores que eso”. Pero no es culpa vuestra: seguís pensando así.

Sólo hay una cosa que puedes hacer al respecto. Debes honrar tus sentimientos, puesto que honrar tus sentimientos significa honrarte a Ti mismo. Y debes amar a tu prójimo como a ti mismo. ¿Cómo puedes aspirar a entender y honrar los sentimientos de otra persona si no puedes honrar  los que albergas en tu interior?

La primera pregunta en cualquier proceso de interacción con otra persona es: ¿Quién Soy, y Quién Quiero Ser, en relación con ello?

A menudo no recordáis Quiénes Sois, y no sabéis Quiénes Queréis Ser, hasta que probáis algunos modos de ser. He aquí por qué resulta tan importante honrar vuestros sentimientos más auténticos.

Si vuestro primer sentimiento es negativo, el hecho de tener dicho sentimiento a menudo es suficiente para desecharlo. Es cuando estáis coléricos, estáis molestos, estáis disgustados, estáis furiosos, tenéis el sentimiento de querer “hacer daño”, cuando podéis rechazar estos sentimientos primarios en tanto “no forman parte de Quienes Queréis Ser”.

El Maestro es aquel que ha vivido las suficientes de tales experiencias como para saber por adelantado cuál es su elección definitiva. No necesita “probar” nada. Ya ha llevado antes esa ropa, y sabe que no le sienta bien; no es “la suya”. Y, puesto que la vida de un Maestro está dedicada a la realización constante del Yo tal como uno mismo sabe que es, nunca albergará esos sentimientos “que no le sientan bien”.

He aquí por que los Maestros se muestran imperturbables frente a lo que los demás llamarían calamidades.  Un Maestro bendice la calamidad, pues sabe que a partir de la semilla del desastre (y de toda experiencia) crece el Yo. Y el segundo objetivo de la vida de un Maestro es crecer siempre, ya que, una vez se ha realizado plenamente a Sí mismo, no tiene otra cosa que hacer excepto ser más que eso.

Es en esta etapa cuando uno pasa de la obra del alma a la obra de Dios, pues eso es lo que me corresponde a .

Supondré, a efectos de nuestro análisis, que de momento estás en la obra del alma. Estás todavía tratando de realizar (de hacer “real”) Quien Realmente Eres. La vida (Yo) te dará abundantes oportunidades para crearlo (recuerda que la vida no es un proceso de descubrimiento, sino un proceso de creación).

Puedes crear a Quién Realmente Eres una y otra vez. En realidad, lo estás haciendo; cada día. Sin embargo, actualmente no siempre responderás de la misma manera. Frente a una experiencia externa idéntica, puede que un día decidas ser paciente, amable y cariñoso en relación a ella; y otro día puede que decidas enfadarte, ser desagradable y estar triste.

El Maestro es aquel que siempre responde de la misma manera; y esa manera es siempre la opción más elevada.

En esto, el Maestro es inmediatamente previsible; por el contrario, el discípulo es totalmente imprevisible. Se puede afirmar si alguien se halla en camino de ser Maestro simplemente observando con qué grado de previsibilidad escoge la opción más elevada en respuesta o como reacción a una determinada situación.

Por supuesto, eso plantea una pregunta: ¿cuál es la opción más elevada?

Se trata de una pregunta sobre la que han girado las filosofías y las teologías del hombre desde el principio de los tiempos. Si la pregunta te interesa realmente, es que estás ya en camino de ser Maestro, ya que lo cierto es que a la mayoría de las personas les interesa otra pregunta totalmente distinta.. No cuál es la opción más elevada, sino cuál es la opción más beneficiosa; o bien cómo puedo reducir mis pérdidas al mínimo.

Cuando se vive la vida desde el punto de vista del control de las pérdidas y la optimización de los beneficios, se pierde el auténtico beneficio de la vida. Se pierde la oportunidad. Se pierde la posibilidad. Y ello porque una vida vivida de ese modo es una vida vivida con temor; y esa vida afirma una mentira sobre vosotros.

Puesto que no sois temor, sois amor. El amor que no necesita protección no puede perderse. Pero nunca lo sabréis por propia experiencia si seguís respondiendo a la segunda pregunta, y no a la primera; ya que sólo una persona que piensa que hay algo que ganar o que perder responde a la segunda pregunta; y sólo una persona que contempla la vida de un modo distinto, que se ve a Sí misma como un ser superior, que entiende que lo importante no es ganar o perder, sino únicamente amar o dejar de amar, sólo esa persona responde a la primera.

Quien responde a la primera pregunta afirma: “yo soy mi cuerpo”; quien responde a la segunda, “yo soy mi alma”.

Quién tenga oídos para oír, que oiga; pues te aseguro que en el momento crítico de toda relación humana, sólo hay una pregunta:

 

¿QUÉ HARÍA EL AMOR?

 

Ninguna otra pregunta es importante; ninguna otra pregunta es significativa; ninguna otra pregunta tiene la menor importancia para vuestra alma.

Topamos aquí con un punto de muy delicada interpretación, ya que este principio de la acción basada en el amor ha sido muy mal interpretado, y esta mala interpretación ha dado origen a resentimientos y enfados, lo cual, a su vez, ha hecho que muchos se apartaran del camino.

Durante siglos, os han enseñado que la acción basada en el amor se deriva de la decisión de ser, hacer y tener cualquier cosa que produzca el mayor bien a otro.

Pero deja que te diga algo: la opción más elevada es la que te produce el mayor bien a ti mismo.

Al igual que toda verdad espiritual profunda, esta afirmación se presta inmediatamente a una mala interpretación. El misterio se aclara un poco en el momento en que uno decide cuál es el mayor “bien” que puede hacerse a sí mismo. Y cuando se ha tomado la opción absolutamente más elevada, el misterio desaparece, el círculo se completa, y el mayor bien para uno mismo se convierte en el mayor bien para el otro.

Puede que se necesiten varias vidas para entender esto, e incluso varias más para ponerlo en práctica, ya que esta verdad gira en torno a otra aún mayor: lo que te haces a Ti mismo, se lo haces al otro; lo que haces al otro, te lo haces a Ti mismo.

Y ello, porque tú y el otro sois uno.

Y ello, porque…

no hay nada más que tú.

Todos los Maestros que han transitado por vuestro planeta lo han enseñado (“en verdad, en verdad, os digo que lo que hacéis a uno de mis hermanos más pequeños, me lo hacéis a Mí”). Sin embargo, para la mayoría de las personas se ha quedado simplemente en una gran verdad esotérica con escasa aplicación práctica. En realidad se trata de la verdad “esotérica” con mayor aplicación práctica de todos los tiempos.

En las relaciones con los demás es importante recordar esta verdad; sin ella, dichas relaciones resultarán más difíciles.

Volvamos a las aplicaciones prácticas de este saber, y dejemos, por el momento, su aspecto puramente espiritual y esotérico.

Muy a menudo, con la anterior interpretación, la gente – con buena intención y, en muchos casos, auténtico sentimiento religioso – hacía lo que consideraba que sería lo mejor para la otra persona. Lamentablemente, todo esto hacía que en muchos casos (en la mayoría de los casos) se continuara abusando del otro; que continuaran los malos tratos y las disfunciones en las relaciones.

Finalmente, la persona que trataba de “hacer lo correcto” para con el otro – perdonar en seguida, mostrar compasión, hacer continuamente la vista gorda ante determinados problemas y comportamientos – se convertía en una persona resentida, colérica y desconfiada, incluso ante Dios, pues ¿cómo puede un Dios justo pedir ese sufrimiento, esa tristeza y ese sacrificio interminables, aunque sea en nombre del amor?

 La respuesta es que Dios no pide eso. Dios pide únicamente que te incluyas a ti mismo entre aquellos a quienes amas.

Pero Dios aún va más lejos. Dios propone – y aconseja – que te incluyas el primero.

Y lo hago con plena consciencia de que algunos de vosotros llamarán a esto blasfemia, y, en consecuencia, no lo considerarán Mi palabra, y que otros harán algo que quizás sea peor: aceptar que es mi palabra, y mal interpretarla o distorsionarla para sus propios fines, para justificar actos impíos.

Te lo aseguro: ponerte a ti mismo en primer lugar, en su más elevado sentido, nunca lleva a realizar un acto impío.

Por lo tanto, si te has sorprendido a ti mismo cometiendo un acto impío como resultado de haber hecho lo que es mejor para ti, la confusión radica no en haberte puesto a ti mismo en primer lugar, sino en no haber entendido bien qué es lo mejor para ti.

Por supuesto, determinar qué es lo mejor para ti requerirá que determines también que es lo que pretendes hacer. Se trata de un paso importante, que mucha gente ignora. ¿Cuál es tu “plan”? ¿Cuál es tu propósito en la vida? Sin responder previamente a esta pregunta, la cuestión de qué es lo “mejor” para ti en unas circunstancias dadas seguirá siendo un misterio.

Desde un punto de vista practico – prescindiendo de nuevo de lo esotérico -, si buscas que es lo mejor para ti en aquellas situaciones en las que eres maltratado, como mínimo lograrás que cese el mal trato. Y eso será bueno para ti y para la persona que te maltrata, ya que también la persona que maltrata es maltratada en tanto se le permite continuar con su mal trato.

Ello no favorece, sino que perjudica, a la persona que maltrata; ya que, si ve que se acepta su mal trato, ¿qué habrá aprendido? Pero si ve que su mal trato deja de ser aceptado ¿no se le habrá permitido descubrir algo?

Por lo tanto, tratar a los demás con amor no significa necesariamente permitirles que hagan lo que quieran.

Los padres lo aprenden muy pronto con respecto a sus hijos. Pero los adultos no lo aprenden con la misma rapidez con respecto a los otros adultos. Ni las naciones con respecto a las otras naciones.

No se debe permitir que proliferen los déspotas, sino que hay que poner fin a su despotismo. El amor hacia Uno mismo, y el amor hacia el déspota lo exigen así.

Esta es la respuesta a tu pregunta: “Si el amor es todo lo que hay, ¿cómo podría el hombre justificar nunca la guerra?”

A veces el hombre debe ir a la guerra para realizar la más grandiosa afirmación de quién es realmente: aquel que abomina la guerra.

Algunas veces debes renunciar a Quien Realmente Eres con el fin de ser Quien Realmente Eres.

Hay Maestros que lo han enseñado así: no puedes tenerlo todo hasta que no estás dispuesto a renunciar a todo.

De este modo, para poder “tenerte” a ti mismo como un hombre de paz, puede que tengas que renunciar a la idea de ti mismo como un hombre que nunca va a la guerra. La Historia a requerido de los hombres decisiones de este tipo.

Lo mismo vale para la mayoría  de los individuos y la mayoría de las relaciones personales. Más de una vez, la vida puede requerir que demuestres Quien Eres manifestando un aspecto de Quien No Eres.

Esto no resulta tan difícil de entender si has vivido unos cuántos años; pero para la juventud idealista puede parecer el colmo de la contradicción. En un examen más maduro se aproxima más a la dicotomía divina.

Ello no significa, en el contexto de las relaciones humanas, que si te hacen daño tú tengas que hacer daño “a cambio” (ni tampoco en el contexto de las relaciones entre naciones). Significa sencillamente que permitir al otro que continuamente te haga daño puede que no sea el mejor acto de amor por tu parte; ni hacia ti mismo ni hacia el otro.

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Esto debería acabar con determinadas teorías pacifistas según las cuales el amor más elevado impide cualquier respuesta enérgica a lo que uno considera malo.

Una vez más, el discurso adquiere un cariz esotérico, puesto que ningún análisis serio de tal información puede ignorar la palabra “malo”, y los juicios de valor que invita a formular. En realidad, no hay nada malo; únicamente fenómenos y experiencias objetivos. Sin embargo, vuestro propio objetivo en la vida requiere que seleccionéis, de entre la creciente serie de interminables fenómenos, unos cuantos dispersos a los que llamáis malos; ya que, si no lo hicierais, no podríais llamaros a vosotros mismos buenos, ni a ninguna otra cosa, y – por lo tanto – no podríais conoceros, o crearos, a Vosotros mismos.

Por eso a lo que llamáis malo os definís a vosotros mismos; y por eso a lo que llamáis bueno.

El mayor mal consistiría, pues, en no declarar malo nada en absoluto.

En esta vida, existís en el mundo de lo relativo, donde una cosa puede existir  únicamente en relación con otra. Esta es al mismo tiempo la función y el objetivo de la relación: proporcionar un ámbito de experiencia en el que podáis encontraros a vosotros mismos, definiros a vosotros mismos y – si lo decidís – recrear constantemente Quienes Sois.

Decidir ser como Dios no significa que decidas ser un mártir. Y, desde luego, no significa  que decidas ser una víctima.

Una de las maneras de llegar a ser un Maestro – una vez eliminada toda posibilidad de dolor, perjuicio o daño – podría consistir muy bien en reconocer el dolor, el perjuicio o el daño como parte de tu experiencia, y decidir Quien Eres en relación con ello.

Sí, es cierto que lo que los demás piensen, digan o hagan a veces te hará daño;  hasta que deje de hacértelo. Con ello conseguirás más rápidamente una total honradez, si estas dispuesto a afirmar, reconocer y declarar exactamente lo que piensas acerca de cualquier cosa. Di tu verdad, con amabilidad pero completa. Vive tu verdad, gentilmente pero de modo pleno y consecuente. Cambia tu verdad, con facilidad y con rapidez, cuando tu experiencia te aporte una nueva luz.

Nadie en su sano juicio – y Dios menos que nadie – te diría, cuando experimentas dolor en una relación: “aléjate de ella, haz que no signifique nada”. Si estás experimentando dolor, es demasiado tarde para hacer que no signifique nada. Tu tarea en este momento consiste en decidir que significa, y manifestarlo; puesto que, al hacerlo así, eliges y te haces Aquel que Pretendes Ser.

 

Así, no tengo que ser una sufrida esposa o un despreciado marido, o la víctima de mis relaciones, para que estas sean santas, o para hacerme grato a los ojos de Dios…

 

¡Santo Cielo! ¡Pues claro que no!

 

Y no tengo que aguantar agresiones a mi dignidad, asaltos a mi orgullo, perjuicios a mi psique ni heridas a mi corazón para poder decir que “doy lo mejor de mí” en una relación, o que “cumplí con mi deber” o “con mi obligación” a los ojos de Dios y de los hombres…

 

Ni por un momento.

 

Entonces, te ruego que me digas: ¿qué promesas debo hacer en una relación?, ¿qué acuerdos debo cumplir? ¿Qué obligaciones comporta una relación? ¿Qué pautas debo buscar?

 

La respuesta a esto es la respuesta que no puedes oír, puesto que te deja sin ninguna pauta y vuelve nulo y sin efecto cualquier acuerdo en el momento mismo de tomarlo. La respuesta es: no tienes ninguna obligación. Ni respecto a las relaciones, ni respecto a nada en la vida.

 

¿Ninguna obligación?

 

Ninguna obligación. Ni tampoco ninguna restricción o limitación, ninguna pauta ni ninguna regla. Ni estás obligado por ninguna circunstancia ni situación, ni por ningún código de leyes. Ni eres merecedor de castigo por ninguna ofensa, ni eres capaz de cometerla, puesto que no hay nada “ofensivo” a los ojos de Dios.

 

Ya he oído esto antes, esa especie de religión de “no hay ninguna regla”. Eso es la anarquía espiritual. No veo cómo podría funcionar.

 

No hay ningún camino que no pueda funcionar si estas dedicado a la tarea de crear tu Yo. Si, por el contrario, te imaginas que estás dedicado a la tarea de tratar de ser lo que algún otro quiere que seas, la ausencia de reglas o pautas pondrá ciertamente las cosas más difíciles.

Pero la mente pensante se ve obligada a preguntar: “Si Dios quiere que Yo sea de una determinada manera,  ¿por qué no me creó desde el primer momento de esa manera? ¿Por qué esta lucha por mi parte para “superar” quien soy con el fin de convertirme en lo que Dios quiere que sea? Esto es lo que exige saber la mente meticulosa; y con razón, pues se trata de una pregunta oportuna.

Los teóricos de la religión os harían creer que Yo os he creado como alguien que es menos que Quien Yo Soy para que podáis tener la oportunidad de llegar a ser como Quien Yo Soy, superando todas las desventajas, y – añadiría Yo – superando todas las tendencias naturales que se supone que os he dado.

Entre estas supuestas tendencias naturales está la tendencia al pecado. Se os ha enseñado que habéis nacido en pecado, que moriréis en pecado, y que el pecado es vuestra naturaleza.

Incluso una de vuestras religiones enseña que no podéis hacer nada al respecto. Vuestras acciones resultan irrelevantes y sin sentido. Es una arrogancia pensar que, debido a alguna acción vuestra, podéis “ir al cielo” Sólo hay un modo de alcanzar el cielo (la salvación), y no es a través de vuestra iniciativa, sino por la gracia concedida por Dios a través de la aceptación  de Su Hijo como intermediario suyo.

Una vez hecho esto, estáis “salvados”. Y mientras no se haga, nada de lo que podáis hacer – ni la vida que viváis, ni las decisiones que toméis, ni ninguna iniciativa de vuestra voluntad esforzándose por mejorar o por ser honestos – tiene ningún efecto ni ejerce ninguna influencia. Sois incapaces de haceros honestos, puesto que sois intrínsecamente deshonestos. Fuisteis creados así.

¿Por qué? Solo Dios lo sabe. Quizás cometió un error. Quizás no le salió bien. Es posible que quisiera poder rehacerlo todo de nuevo. Pero ahí está. Que le vamos a hacer…

 

Te estás burlando de mí…

 

No. Vosotros os burláis de . Decís que Yo, Dios creé seres intrínsecamente imperfectos, y luego les pedí que fueran perfectos bajo la amenaza de condenarles.

Decís también que, en algún momento tras varios miles de años de experiencia del mundo, Me aplaqué, y decís que a partir de entonces ya no teníais necesariamente que ser buenos, sino que simplemente habíais de sentiros malos cuando no estabais siendo buenos, y aceptar como vuestro salvador al Único Ser que siempre podía ser perfecto, satisfaciendo de este modo mi hambre de perfección. Decís que Mi Hijo – al que llamáis el Único Perfecto – os ha salvado de vuestra propia imperfección, la imperfección que Yo os di.

En otras palabras, el Hijo de Dios os ha salvado de lo que hizo su Padre.

Así es como vosotros – muchos de vosotros – decís que Yo lo he establecido.

Entonces, ¿quién se burla de quién?

 

Es la segunda vez en este libro que parece que lances un ataque frontal al fundamentalismo cristiano. Estoy sorprendido.

 

Tú has elegido la palabra “ataque”. Yo simplemente he abordado la cuestión. Y la cuestión, por cierto, no es el “fundamentalismo cristiano”, como tu dices. Es la naturaleza de Dios, y de la relación de Dios con el hombre.

La cuestión ha surgido porque estábamos tratando del asunto de las obligaciones; en las relaciones y en la propia vida.

No puedes creer en una relación libre de obligaciones si no aceptas quién y qué eres realmente. A una vida de completa libertad tú la llamas “anarquía espiritual”. Yo la llamo la gran promesa de Dios.

Sólo en el contexto de esta promesa puede completarse el magnífico plan de Dios.

No tienes ninguna obligación en tus relaciones. Tienes únicamente oportunidades.

Las oportunidades, no las obligaciones, constituyen la piedra angular de la religión, las bases de toda espiritualidad. Si lo ves al revés, entonces no lo entiendes.

La relación – vuestras relaciones con todas las cosas – se creó como una herramienta perfecta para el trabajo del alma. He ahí por qué todas las relaciones humanas son “tierra santa”. He ahí por qué toda relación personal es sagrada.

En esto muchas iglesias tienen razón. El matrimonio es un sacramento. Pero no debido a sus obligaciones sagradas, sino más bien porque constituye una oportunidad inigualable.

En el contexto de las relaciones, no hagas nada porque lo percibas como una obligación. Hagas lo que hagas, hazlo con la percepción de la gloriosa oportunidad que las relaciones te proporcionan para decidir, y ser, Quien Realmente Eres.

 

Escuche esto y, sin embargo, una y otra vez en mis relaciones me he dado por vencido cuando las cosas se han puesto difíciles. El resultado es que he tenido un rosario de relaciones, mientras que cuando era un chiquillo pensaba que tendría sólo una. Parece que no sepa qué es mantener una relación. ¿Crees que alguna vez aprenderé? ¿Qué he de hacer para que eso suceda?

 

Haces que parezca que mantener una relación significa que esta ha sido un éxito. Procura no confundir la duración con el trabajo bien hecho. Recuerda que tu tarea en este planeta no consiste en ver cuánto tiempo puedes mantener una relación, sino en decidir, y experimentar, Quién Eres Realmente.

Esto no es un argumento a favor de las relaciones de corta duración; pero tampoco hay necesidad de que sean de larga duración.

Sin embargo, aunque no hay tal necesidad, se pueden decir muchas cosas de ellas: las relaciones de larga duración proporcionan notables oportunidades para el crecimiento mutuo, la expresión mutua y la mutua satisfacción; y ahí radica su propia recompensa.

 

¡Lo sé, lo sé! Quiero decir, que siempre lo he sospechado. Entonces, ¿cómo puedo conseguirlo?

 

En primer lugar, debes estar seguro de que inicias la relación por los motivos correctos. (utilizo la palabra “correctos” como un término relativo; serían  “correctos” en relación al objetivo – más amplio – que tengas en tu vida.)

Como ya he señalado antes, la mayoría de la gente inicia las relaciones por los motivos “equivocados”: poner fin a su soledad, llenar un vacío, conseguir amor o tener a alguien a quien amar; y estos son los mejores motivos. Otros lo hacen para tranquilizar su ego, acabar con sus depresiones, mejorar su vida sexual, recuperarse de una relación anterior, o – lo creas o no – para aliviar su aburrimiento.

Ninguno de estos motivos funcionará, y a menos que con el tiempo tenga lugar algún cambio dramático, la relación no saldrá bien.

 

Yo no he iniciado mis relaciones por ninguno de esos motivos.

 

Permíteme dudarlo. No creo que sepas por qué has iniciado tus relaciones. No creo que pensaras en ello. No creo que iniciaras tus relaciones con un propósito consciente. Creo que las iniciaste porque te “enamoraste”.

 

Eso es exacto.

 

Y no creo que te pararas a examinar por qué estabas “enamorado”. ¿A qué respondías? ¿Qué necesidad, o conjunto de necesidades, satisfacías?

Para la mayoría de la gente, el amor responde a la satisfacción de una necesidad.

Cada uno sabe lo que necesita. Tú necesitas una cosa; el otro necesita otra. Y cada uno ve en el otro una posibilidad de satisfacer esa necesidad. De modo que se establece un intercambio tácito. Yo te doy lo que tengo si tú me das lo que tienes.

Se trata de una transacción. Pero no decís la verdad al respecto. No decís:”¡Cuánto intercambio contigo!”, sino: “¡Cuánto te quiero!”, y luego viene el desengaño.

 

Ya habías señalado eso antes.

 

Sí, y tú has hecho eso antes; y no una, sino varias veces.

 

A veces parece que este libro se mueva en círculo, tocando los mismos puntos una y otra vez.

 

En cierto modo, como la vida misma.

 

¡Touché!

 

El método aquí es que tú formulas unas preguntas, y Yo simplemente las contesto. Si formulas la misma pregunta de tres modos diferentes, me veo obligado a seguir respondiendo a ella.

 

Quizás es que tengo la esperanza de que salgas con una respuesta distinta. Creo que exageras cuando te pregunto acerca de las relaciones. ¿Qué tiene de malo enamorarse perdidamente sin haber pensado en ello?

 

Nada. Enamórate de tantas personas como quieras, si ese es tu deseo. Pero si vas ha establecer con ellas unas relaciones para toda la vida, tal vez quieras pensar un poco en eso.

Por otra parte, si disfrutas pasando de unas relaciones a otras – o, lo que es peor, manteniéndolas porque crees que”tienes que hacerlo” y, por tanto, viviendo una vida de callada desesperación -, si disfrutas repitiendo estas pautas de tu pasado, sigue haciendo lo que has hecho hasta ahora.

 

¡De acuerdo, de acuerdo! Mensaje recibido. Chico, eres implacable, ¿sabes?

 

Ese es el problema de la verdad. La verdad es implacable. No te dejará tranquilo. Se acercará sigilosamente a ti en cualquier parte, mostrándote lo que realmente es. Puede llegar a ser fastidiosa.

 

De acuerdo. Entonces, quiero encontrar las herramientas para lograr una relación duradera; y dices que iniciar la relación con un objetivo consciente es una de ellas.

 

Sí. Debes estar seguro de que tú y tu pareja estáis de acuerdo con el objetivo.

Si ambos estáis de acuerdo a un nivel consciente de que el objetivo de vuestra relación consiste en crear una oportunidad, no una obligación; una oportunidad de crecimiento, de autoexpresión plena, de elevar vuestras vidas a su más alto potencial, de subsanar cualquier falso pensamiento o idea que hayáis tenido de vosotros mismos, y de la unión final con Dios a través de la comunión de vuestras dos almas; si asumes este compromiso, en lugar de los compromisos que has asumido hasta ahora, la relación se habrá iniciado con muy buen pie, habrá tenido un muy buen principio.

Sin embargo, eso no garantiza el éxito.

Si quieres garantías en la vida, entonces no quieres la vida. Quieres ensayar un guión que ya haya sido escrito.

Por su propia naturaleza, la vida no puede tener garantías; de ser así, todo su propósito se vería frustrado.

 

Esta bien de acuerdo. Supongamos que he iniciado mi relación con este “muy buen principio”. ¿Cómo puedo mantenerla?

 

Sabiendo y entendiendo que vendrán pruebas y momentos difíciles.

No trates de evitarlos. Dales la bienvenida. Agradécelos. Considéralos como unos magníficos dones de Dios; oportunidades gloriosas de hacer lo que has venido a hacer en la relación, y en la vida.

En esos momentos, esfuérzate en no ver a tu pareja como el enemigo, como la oposición.

En realidad, procura no ver a nadie, ni a nada, como el enemigo, o como el problema. Cultiva la técnica de contemplar todos los problemas como oportunidades; oportunidades de…

 

… lo sé, lo sé: “de ser, y decidir, Quien Realmente Eres”.

 

¡Exacto! ¡Veo que lo vas entendiendo!

 

Sin embargo, todo eso me sugiere una vida bastante aburrida.

 

Entonces es que tienes la mira muy baja. Ensancha tu horizonte. Aumenta la profundidad de tu visión. Trata de ver más en ti de lo que crees que se puede ver. Trata también de ver más en tu pareja.

Nunca perjudicará en nada a tus relaciones – ni a nadie – el hecho de que veas en los otros más de lo que ellos te muestran, puesto que hay más. Mucho más. Es únicamente su miedo lo que le impide mostrártelo. Si los demás notan que tú ves más en ellos, no temerán mostrarte lo que tú, evidentemente, ya veías.

 

Las personas tienden a cumplir las expectativas que los demás tenemos acerca de ellas.

 

Algo parecido. No me gusta usar aquí la palabra “expectativas”. Las expectativas arruinan la relación. Digamos que las personas tienden a ver en sí mismas lo que los demás vemos en ellas. Cuando más grandiosa sea nuestra visión, más grandiosa será su voluntad de manifestar la parte de ellos que nosotros les hemos mostrado.

¿No es así como funcionan todas las relaciones auténticamente dichosas? ¿No forma esto parte del proceso de curación, el proceso por el cual permitimos a las personas “desprenderse” de cualquier falso pensamiento que hayan tenido acerca de sí mismas?

¿No es esto acaso lo que Yo estoy haciendo aquí, en este libro, contigo?

 

Sí.

 

Pues esa es la obra de Dios. La obra del alma consiste en darse cuenta de quién es ella misma. La obra de Dios consiste en que todos los demás se den cuenta de quiénes son.

 

Y lo hacemos en la medida en que vemos a los otros como Quienes Son, en la medida en que les recordamos Quiénes Son.

 

Podéis hacerlo de dos maneras: recordándoles Quienes Son (lo que resulta muy difícil, puesto que no os creerán), y recordando Quiénes Sois Vosotros (mucho más fácil, puesto que no necesitáis que ellos os crean; basta que lo creáis vosotros); al manifestar esto último constantemente, al final recordáis a los demás Quienes Son, pues se ven a sí mismos en vosotros.

Muchos Maestros han sido enviados a la Tierra para  manifestar la Verdad Eterna. Otros, como Juan el Bautista, han venido en calidad de mensajeros, describiendo la Verdad con vivos colores, hablando de Dios con inconfundible claridad.

Estos mensajeros tan especiales han sido dotados de extraordinaria perspicacia y de un poder muy especial para ver y acoger la Verdad Eterna, además de la capacidad de comunicar conceptos complejos de manera que las masas puedan entenderlos.

Tú eres uno de esos mensajeros.

 

¿Yo?

 

Sí. ¿Lo crees?

 

¡Es algo tan difícil de aceptar! Quiero decir, que todos queremos ser especiales…

 

… todos sois especiales…

 

… y aquí interviene el ego – al menos a mí me sucede -, y trata de hacernos sentir de algún modo “elegidos” para una tarea extraordinaria. Constantemente tengo que luchar contra este ego, y tratar de depurar una y otra vez cada uno de mis pensamientos, palabras y obras, procurando mantener con ello mi crecimiento personal. De modo que resulta muy difícil oír lo que dices, puesto que soy consciente de que ello afecta a mi ego, y he pasado toda mi vida luchando contra él.

 

Sé que lo has hecho.

Y a veces con no demasiado éxito.

 

Lamento tener que estar de acuerdo en eso.

 

Sin embargo, siempre que has acudido a Dios, has dejado a tu ego de lado. Más de una noche has rogado y suplicado claridad e implorado inspiración al cielo, y no para poder enriquecerte o verte colmado de honores, sino desde la profunda pureza de la simple ansia de conocimiento.

 

Sí.

 

Y me has prometido, una y otra vez,  que te obligarías a ti mismo a conocer, que pasarías el resto de tu vida – todos los momentos de lucidez – compartiendo la Verdad Eterna con los demás… no por la necesidad de gloria, sino debido al profundo deseo de tu corazón de poner fin al dolor y al sufrimiento de los demás; de llevarles el júbilo y la alegría, de ayudarles y sanarles; de despertar de nuevo en ellos el sentimiento de unión con Dios que tu siempre has experimentado.

 

Sí, es cierto.

 

De modo que te he elegido para que seas Mi mensajero. A ti, y a muchos otros. Por ahora, en el futuro más inmediato, el mundo requerirá muchas trompetas para que la llamada suene con potencia. El mundo necesitará muchas voces para declarar la palabra de la verdad y la reconciliación a tantos millones. El mundo necesitará muchos corazones unidos en la obra del alma y preparados para realizar la obra de Dios.

¿Puedes afirmar honradamente que no eres consciente de ello?

 

No.

 

¿Puedes negar honradamente que es por eso por lo que has venido?

 

No.

 

¿Estás dispuesto, pues, a decidir y declarar por medio de este libro tu propia Verdad Eterna, y a anunciar con claridad la gloria de la Mía?

 

¿Debo incluir estos últimos cambios en el libro?

 

No debes hacer nada. Recuerda que en nuestras relaciones no tienes ninguna obligación. Sólo oportunidades. ¿Acaso no es esta la oportunidad que habías estado esperando toda tu vida? ¿Acaso no te has consagrado a esta misión – y a la preparación  necesaria para realizarla – desde los primeros momentos de tu juventud?

 

Sí.

 

Entonces, no hagas lo que estés obligado a hacer, sino lo que tengas oportunidad de hacer.

En cuanto a poner todo esto en nuestro libro, ¿por qué no ibas a hacerlo? ¿Crees acaso que quiero que seas un mensajero en secreto?

 

No, supongo que no.

 

Se necesita mucho valor para declararse uno mismo un hombre de Dios. ¿Entiendes que el mundo te aceptará más fácilmente como cualquier otra cosa antes que como un hombre de Dios, un auténtico mensajero? Cada uno de mis mensajeros ha sido humillado. Lejos de alcanzar la gloria, no han alcanzado sino la congoja en su corazón.

¿Estas dispuesto? ¿Aceptará tu corazón la congoja de proclamar la verdad sobre Mí? ¿Estas dispuesto a aguantar la burla de los demás seres humanos? ¿Estas preparado para renunciar a la gloria en la Tierra a cambio de plena realización de la mayor gloria del alma?

 

De repente, Dios, haces que todo esto parezca bastante difícil.

 

¿Quieres que lo tomemos a broma?

 

Bueno, podríamos quitarle un poco de hierro.

 

¡Eh, que Yo soy partidario de quitar hierro a las cosas! ¿Por qué no terminamos este capítulo con un chiste?

 

¡Buena idea! ¿Sabes alguno?

 

No; pero tú sí. Explica aquel de la niña que esta dibujando un retrato…

 

¡Ah, sí, ese! De acuerdo. Allá va: una madre entra un día en la cocina, y encuentra a su hija pequeña sentada a la mesa, rodeada de lápices de colores, profundamente concentrada en un retrato que está dibujando. “Hija, ¿qué estás dibujando con tanto interés?”, pregunta la madre. “Es un retrato de Dios, mamá”, responde la niña con ojos brillantes. “¡Oh, cariño, que encantador! – dice la madre, tratando de ser útil -; pero, ¿sabes?, nadie sabe realmente como es Dios.”

“Bueno – protesta la pequeña -, ¡pero déjame terminarlo…!”

 

Es un bonito chiste. ¿Sabes qué es lo más bonito? ¡Que la niña no tenía ninguna duda de que sabía exactamente cómo dibujarme!

 

Cierto.

 

Ahora te explicaré Yo a ti una historia, y con ella podremos dar por terminado este capítulo.

 

De acuerdo.

 

Había una vez un hombre que un buen día se dio cuenta de que estaba dedicando una serie de horas cada semana a escribir un libro. Día tras día, corría a coger su lápiz y su cuaderno – a veces en mitad de la noche – para plasmar cada nueva inspiración. Finalmente, alguien le pregunto qué tenía entre manos.

“¡Oh, bueno! – respondió -, estoy poniendo por escrito una larga conversación que estoy manteniendo con Dios.”

“¡Qué encantador! – le respondió su amigo, con indulgencia -; pero, ¿sabes?, nadie sabe realmente con certeza lo que diría Dios.”

“Bueno – sonrió el hombre – ¡pero déjame terminarlo…!”

 

Extracto del libro: Conversaciones con Dios

Capítulo 6,  7  y 8

 

 

Conversaciones con Dios: La Consciencia Colectiva

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Sobre Rosa (Coordinadora redacción GHB)
Rosa es una de las coordinadoras de hermandadblanca.org, responsable del equipo de redacción. Es todo corazón y una incansable buscadora de la verdad.
Un comentario
  1. User comments
    Gpe Yolanda Torres Sánchez

    TODO LO QUE LEÍ, FUE REALMENTE HERMOSO, FUE SABIO, FUE Y ES PROFUNDO, MUCHAS GRACIAS.
    QUE DIOS TE BENDIGA Y GRACIAS POR EXISTIR.

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