Sembrando esperanza para los niños de África

Jorge Gomez (333)

MARIO- ENTREVISTA

El pasado viernes, El Comité Español de Unicef hizo entrega de su Premio Internacional “Los Niños Primero”, al Centro Don Bosco Ngangi, ubicado en la ciudad congoleña de Goma, muy cerca de la frontera de Ruanda. Se trata de una zona devastada por las múltiples guerras tribales, en las que mueren miles de menores que son reclutados como soldados. El hogar salesiano acoge a estos niños, así como a niños de la calle o a niñas que ya son madres sin haber superado su propia infancia. Cada día son unos 3.000 niños los que pasan por allí, algunos sólo para recibir comida o asistir a clase.

La mitad de ellos viven además en el propio centro. En total han sido atendidos unos 30.000 niños. Todos ellos han sido cuidados y educados por el personal del Don Bosco Ngangi. Educación que no persigue únicamente que el día de mañana puedan tener un empleo. También se les forma en el respeto a los valores humanos con la vista puesta en el futuro, en ese futuro que será de ellos cuando crezcan, con la esperanza de que no vuelvan a cometer los errores del pasado, sobre todo el gran error de la guerra . De todo ello hablamos con el padre salesiano Mario Pérez, director del centro, en esta entrevista concedida recientemente en la sede madrileña de la ONG Jóvenes y Desarrollo, que trabaja codo con codo con los salesianos.

Noticias Positivas: En primer lugar, queremos felicitarle por el premio concedido por el Comité Español de Unicef. ¿Qué significa para ustedes este reconocimiento a la labor del centro Don Bosco Ngangi?

Mario Pérez: Lo primero es destacar el hecho de que haya sido en España. Este es uno de los países que invierte más en África desde el punto de vista humanitario. Las huellas que se ven de España en el continente son huellas de hospitales, de escuelas, de ayuda a cooperativas o a programa de desarrollo.

Recuerdo una anécdota ocurrida el año pasado, cuando la ciudad de Goma estaba cercada debido a que podía estallar la guerra. Había gente que huía, sobre todo de la parte norte. En general sólo aceptamos a niños o a mujeres con niños, pero no a hombres adultos, porque nos dimos cuenta de que algunos de ellos tenían armas. Entre la gente que llegó había una mujer que dijo que en el centro había un padre español, y que los españoles son de buen español. Le replicaron que era americano, porque aunque soy venezolano, allí se nos llama a todos americanos. Era la frase de una persona que quizá no sabe ni dónde está España, pero que ha visto mucha presencia española y sabe qué es lo que hacen los españoles, a través de los misioneros, de ONGs o de otros organismos.

El premio es también un modo de hacer oír las voces de los niños, para que se conozca que hay niños que sufren y que hay que ayudarlos. En esta obra son más de 30.000 niños los que se han podido salvar a través de la ayuda de muchas personas. Algunas de estas personas eran voluntarios europeos. Además había personas de diferentes creencias, incluso musulmanes y hebreos, a los que hay que sumar mucho personal congolés e incluso a los propios jóvenes. El hecho es que este premio no es para una persona, sino para un grupo de personas, y eso lo encuentro muy bello. He venido yo porque soy el responsable, pero me hubiese gustado traer algún voluntario o alguna mamá, que algunas veces no saben apenas leer ni escribir, pero que hacen maravillas por los demás.

N+: Es muy interesante analizar la evolución de este centro de Goma. En principio iba a estar dedicado a la realización de actividades extraescolares pensadas para niños y jóvenes, pero después se convirtió en una escuela debido a que el 80% de los menores de la zona están sin escolarizar. Más tarde se produjo el comienzo del conflicto étnico y de la guerra en la vecina Ruanda, y Don Bosco Ngangi pasó a ser además un centro de acogida. Esta capacidad de adaptación en circunstancias tan difíciles tiene mucho mérito.

M.P: Aquí las puertas están siempre abiertas para niños y jóvenes. También en el caso de las familias cuando son mujeres solas con niños. En esta zona, todo el mundo ha vivido situaciones de guerra y hay que ayudarse. Nunca hemos pensado si teníamos medios o no. En general siempre andábamos cortos de medios, pero nunca hemos fallado.

En la última crisis, estábamos en el centro alrededor de 3.000 personas entre los niños y el personal. A ellos se sumaron los refugiados que llegaron huyendo de los conflictos armados. Al final eran unas 7.000 personas en total a las que teníamos que dar de comer. Partíamos con un stock para casi dos meses. En cuestión de cuatro semanas tendría que haberse terminado este stock con tanta gente, pero nos dimos cuenta de que todavía duraba y logramos alimentar a todos. Además, empezaron a llegar algunas ayudas, sobre todo de España. El Ayuntamiento de Madrid nos prestó una ayuda muy importante.

Los propios niños también contribuyen. Por ejemplo, nos dicen que en vez de hacer una comida sólida al mediodía, la hacemos líquida y así nos llega para más. Cuando los mismos niños se sienten solidarios, no puedes decirles que no.

N+: Don Bosco Ngangi está situado en una zona atenazada por multitud de conflictos. Se encuentra en un enclave muy cercano a otros países como Ruanda, Congo, Uganda, Burundi o la parte norte de Sudán. Es una región en la que son frecuentes los enfrentamientos armados en los que suelen ser reclutados muchos niños soldado.

M.P: Este es uno de los crímenes más terribles que la comunidad internacional no tendría que dejar pasar. Todavía hay personas importantes del ejército que han enrolado a miles de niños, y a pesar de ello viven con una gran libertad y tranquilidad.

Niños de nueve años, incluso a veces de ocho, han sido soldados o han participado en operaciones militares. Son sometidos a entrenamientos monstruosos para convertirlos en máquinas de guerra. Se les suministran drogas y son sometidos a ejercicios físicos brutales hasta una fatiga total. Como recompensa se les da de comer. Incluso se les obliga a pisar muertos y a mutilar cadáveres. Así hasta que el niño se convierte en un monstruo. Sólo con la promesa de comida, el niño es capaz de hacer cualquier cosa.

Las primeras semanas con un niño soldado son duras, hay que estar al lado de él. A veces es necesario usar la fuerza, en el sentido de blocarle los brazos, porque por ejemplo si tiene un arma, la puede usar contra cualquiera. Así hasta que poco a poco se serena, empieza a tener confianza con los educadores y a hablar con los grupos de niños. Ya después de la segunda semana empieza a brotar esta confianza.

N+: Estamos hablando de educación no simplemente como preparación académica del niño, sino en el sentido integral de formarle como persona.

M.P: La etapa en la que el niño sale del grupo armado dura entre uno y dos meses. Aunque oficialmente el Estado dice que no pueden enrolarse niños en el ejército, hay que esperar a que te dé un documento que certifica que el menor está fuera de las fuerzas armadas. Hasta que no se tenga ese documento de desmovilización, el niño no puede salir, porque puede ser considerado incluso un desertor.

En ese período contactamos también con la familia, para ver si el niño puede ser reunificado con ella. Hay muchos niños que no pueden reunificarse porque a veces han cometido delitos en la propia familia. Algunos han matado a su propio padre o a otro familiar. A veces reunificar al niño significa poner en peligro a la familia, sea porque el niño haya cometido delitos en la aldea y pueda ser objeto de represalias por los vecinos, sea porque los grupos armados anden cerca y puedan agarrarlo de nuevo, o hacer presión sobre la familia.

Ese primer periodo se emplea por tanto en conseguir el documento de desmovilización y ver la posibilidad de reunificación familiar. Entretanto, se intenta construir con el menor un proyecto de vida. En general, poco a poco el niño va viendo lo que hacen otros niños soldado que estudian, han terminado la formación o incluso trabajan. Él ve que hay posibilidades de tener una vida distinta y que puede ganarse la vida sin tener que hacer la guerra.

Cuando nace el proyecto de querer estudiar, surge la posibilidad de realizarlo en la familia, siempre que exista una escuela cerca y sea aceptado. La otra opción consiste en regresar al centro tras la estancia con la familia. Entonces empieza un programa de formación que dependerá del nivel de estudios que tenga.

Es interesante el cambio que se opera en el niño. Al inicio del proceso, los niños soldados suelen acusar a los otros niños de ser niños de la calle y afirman que son ladrones y que hay que matarlos a todos. Después, cuando regresan de la reunificación, momento en el que pasan a formar parte de un internado, o de una casa, porque preferimos usar el nombre casa, ya no quieren mezclarse con los recién llegados. Dicen que son niños soldado sin educación y no respetan a nadie. Entonces cambia incluso su lenguaje.

N+: Otro grave problema que afecta a la infancia y que es muy frecuente en el Congo es el empleo de mano de obra infantil en la extracción del coltan ¿También son acogidos niños que hayan sido víctimas de este tipo de abusos?

M.P: Nosotros hemos recibido pocos casos, a decir verdad. En la zona nuestra sobre todo hay campesinos o refugiados ruandeses que viven en el interior de la selva. Pero en otras zonas, por ejemplo a una región a la que voy a ir dentro de poco para comenzar una obra, sí que se usan muchos niños y jóvenes para extraer coltan es unas condiciones muy malas. Allí muchos niños mueren en las minas o son explotados.

N+: Hay que tener en cuenta que el coltan se explota para beneficio de los países desarrollados. Y en relación con los niños soldado, una vez entrevistamos a voluntarios de la ONG DYES, que trabaja en Ruanda. Nos explicaron que los niños soldado emplean armas cortas, que son especialmente fáciles de manejar para ellos. Esas armas no se fabrican en África, sino en los países ricos. En este sentido, es necesario lanzar un mensaje muy claro a la sociedad, a los líderes políticos y a las empresas.

M.P: Creo que sería importante que las ayudas se vinculen al respeto de los derechos humanos, como está haciendo ahora la AECID (Agencia Española de Cooperación al Desarrollo). Hay que hacer entender a un país que puede recibir ayudas, pero debe comprometerse con el respeto a esos valores para que la sociedad pueda cambiar y crecer. Y se debe comenzar por los niños, que es la parte más frágil de la sociedad.

La educación que imparten los salesianos promueve precisamente los derechos humanos. A todos los niños se les explica que han sufrido en su vida porque no se han respetado sus derechos, y no debemos pretender que sean sólo los adultos los que lo solucionen. Tienen que ser los niños los primeros protagonistas en promoverlo. De hecho, cada semana realizan un pequeño proyecto en el que tienen que ver cómo van a aplicar un derecho, por ejemplo el derecho al estudio, la comida o el vestido.

A veces llegan niños de la frontera de Ruanda, que suelen padecer desnutrición y cruzan la frontera, caminando hasta 10 kilómetros a pie para venir al centro. Cuando los ven, los niños del centro, que están en una situación también mala, pero un poco mejor, piensan qué pueden hacer por los otros para ayudarles. Es bellísimo que hasta niños pequeños de 6 años tienen iniciativas para promover un derecho para los demás. Eso nos sacude a todos, porque incluso nos ha hecho cambiar algunas normas.

Por ejemplo, hemos tenido que cambiar los horarios por una de estas iniciativas. Hay niños que pasan el día en el centro, pero luego duermen fuera. A veces pierden los cuadernos o se les mojan. Puede ser que duerman en un pedazo de plástico de 10 ó 12 metros cuadrados, donde viven a lo mejor una docena de personas. Es imposible pensar que puedan estudiar allí. Otros niños, los que disfrutan de mejores condiciones, guardaban hace tiempo los cuadernos de sus compañeros y les hacían los deberes por la noche. Ellos decían que lo hacían para garantizar el derecho al estudio de los otros niños (risas de Pérez y del entrevistador). Eso nos ha obligado a cambiar muchos horarios para que los niños que no tengan un espacio puedan hacer sus tareas.

N+: ¿Esta formación hasta qué nivel llega académicamente?

M.P: Nosotros tenemos desde recién nacidos hasta jóvenes de 18 ó 19 años. Los recién nacidos suelen proceder de zonas donde se han producido masacres, o bien son hijos de personas que estaban huyendo. También puede ser que la madre haya dado a luz y haya muerto durante el parto o que tuviera sida.

Nuestro primer objetivo es reunificar al niño con su familia. Cuando no es posible, pues se pone en marcha un proyecto, que depende de la situación de cada niño. Hay que cubrir sus necesidades básicas, como el alimento, el vestido y la salud, y después la educación, según la edad y el nivel de cada uno.

Primero está la escuela primaria. Hay tres posibilidades. La primera es la alfabetización para niños más grandes que nunca han estudiado. Es para niños de 14 años más o menos. Para niños que sí estudiaron, existe un nivel de recuperación de la primaria con un programa especial del Estado apoyado también por Unicef. En unos tres años el niño recupera el nivel de la primaria y hace un examen para obtener el certificado de primaria, que le permite ingresar en la secundaria. Por último está la escuela primaria normal, con todo su programa de contenidos completo.

En el nivel de educación secundaria también tenemos tres tipos de programas. El primero es el programa oficial. Después hay un tipo de programa en el Congo llamado de ciclo corto, que consiste en aprender un oficio en cuatro años. Hay además cursos más breves de dos o tres años en algunos de los oficios. Son para niños de 15 ó 16 años que tienen responsabilidad familiar y quieren aprender algo rápido. Por último, hay cursos más breves de seis meses más o menos para niños que quieren aprender una cosa concreta, sobre todo niños soldado. Muchos de ellos, después de haber cursado esos cursos cortos, eligen estudiar más porque se dan cuenta de que los que han aprendido más cosas tienen mejores posibilidades.

Luego está el caso de las niñas madre. Son niñas de 13 ó 14 años; muchas fueron violadas y por eso tuvieron hijos. Para ellas tenemos también programas diferentes, según la situación de cada una. Ahora los estamos alargando cada vez más porque nos encontramos a menudo con que las familias, por lo que les ha sucedido, no las aceptan. Esas niñas tendrán que hacer solas su vida, y en esa cultura, una mujer sola suele ser rechazada.

Hay que procurar que una niña que se vea en esta situación pueda conseguir alojamiento, atender a su hijo y ganarse la vida. Pero luego queda la situación familiar y la integración en la sociedad. En todo caso, se trata de que la niña llegue a ser autosuficiente.

N+: ¿Mantiene contacto con niños que ya hayan acabado su estancia en el centro?

M.P: Con muchos de ellos sí. Existe una asociación de antiguos alumnos. Por otro lado, siempre tenemos muchas cosas que construir y hacer, y frecuentemente recurrimos a los que ya han terminado la formación. Por ejemplo, ahora estamos terminando la construcción de nuevas clases, trabajo en el que ha colaborado la cooperación española, y la obra está siendo terminada por antiguos alumnos. Otras veces somos solicitados por varios organismos que necesitan que se les haga un trabajo, por ejemplo de carpintería o de sacadura, y también recurrimos a grupos de antiguos alumnos.

N+: Es decir, que no sólo se les educa, sino que también se les da trabajo.

M.P: Les conseguimos trabajo, primero con un período de prácticas en el que se les acompaña, haciéndonos responsable y buscándoles un seguro para que la gente los acepte. Muchos de ellos se quedan a trabajar en ese lugar después de acabar las prácticas.

Antes les dábamos préstamos cuando acababan la formación. Ahora se están organizando pequeños grupos, que crean ellos mismos, para darse préstamos más grandes y acompañarlos. Otra opción es recibir más formación sobre alguna materia que necesiten conocer. Por ejemplo, si un albañil descubre que le viene bien aprender electricidad o fontanería, puede hacer alguno de nuestros cursos.

A esto se suma que tenemos una empresa de microcréditos para las familias y los antiguos alumnos. Estamos pensando incluso en crear una oficina dedicada al trabajo y seguir todos esos casos fuera del centro. La idea es crear en el futuro una oficina autónoma con su propio personal cualificado para seguir a las personas que trabajan. Así se podrá ofrecer a las empresas mano de obra especializada y acompañar a los jóvenes en el mundo del trabajo y ver si tienen dificultades o deben mejorar la formación. También se pueden emplear estas dependencias con el objetivo de impulsar otras iniciativas, por ejemplo la creación de una cooperativa que se encargue de la salud y que preste atención sanitaria a los chicos cuando estén enfermos. Se trataría de crear servicios para ellos mismos financiados con lo que puedan aportar.

N+: Nosotros somos una red internacional que intenta promover las iniciativas que buscan mejorar la sociedad actual. Decimos que otro mundo tiene que ser posible. ¿Qué podemos hacer para cambiar las cosas, según un misionero?

M.P: El trabajo con los niños nos hace pensar que el mundo puede ser mejor. Antes insistía en que las ayudas deben ser canalizadas en la medida en que se respeten los derechos de los niños. Es necesario crear un modelo de desarrollo teniendo presente esos parámetros. Si nos proponemos eso como esquema lógico de trabajo, otro mundo mejor será posible.

DATOS DE CONTACTO:

www.unicef.es

www.jovenesydesarrollo.org

Foto: El misionero salesiano Mario Pérez en la sede de Jóvenes y Desarrollo en Madrid.

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