AUTOESTIMA: ¿Cómo podemos amar a otros sin amarnos a nosotros mismos?

Rafael Bueno
Rafael Bueno

La autoestima es un tema del que se ha hablado mucho en las últimas décadas, pero tal vez no lo suficiente, considerando la falta de amor que la humanidad muestra hacia sí misma en la cotidianidad.

De acuerdo al diccionario de la Real Academia Española, la autoestima se define como la «valoración generalmente positiva de sí mismo«. Y tal como está claramente expresado en la definición, generalmente quiere de decir con frecuencia, más no siempre. Porque muchas personas tienen sobre sí mismas una valoración más bien negativa, lo que les genera baja autoestima.

Sobre esto es que deseo escribir en esta oportunidad, ya que tal vez un claro entendimiento de cómo se construye la autoestima en cada persona permitiría corregir las distorsiones que hayan permeado en el concepto que cada uno de nosotros tiene sobre sí mismo, y que es la base de nuestra autoestima.

El autoconcepto como base de la autoestima

Al nacer, lo hacemos sin saber nada sobre nosotros mismos, así que no traemos un concepto de quiénes somos, que es lo que se conoce como autoconcepto. Nacemos sin identidad. No porque no tengamos ya un cierto grado de entendimiento y conocimientos producto de nuestro recorrido a lo largo de vidas anteriores, sino porque nacemos sin la memoria de todo lo vivido en esas vidas. Por esta razón nuestra identidad representa un misterio a descifrar al nacer, y así permanece al menos en nuestros primeros años de vida.

Así que nuestra vida siempre empieza con la búsqueda de nuestra identidad. ¿Quiénes somos? Esa es la pregunta que de manera inconsciente nos hacemos desde que adquirimos uso de razón, lo cual inicia en nuestra infancia. Allí es cuando empezamos a recolectar información sobre quiénes somos a través de cómo nos perciben las personas que nos rodean. Toda esa información recolectada representa el punto de partida para formar nuestro autoconcepto, lo cual hacemos a lo largo de tres etapas que explicaré a continuación.

Etapa de dependencia. ¿Cómo nos perciben los demás?

En esta primera etapa de nuestra vida requerimos ayuda para todo, lo que nos hace completamente dependientes. Requerimos ayuda para alimentarnos, para asearnos y para vestirnos. Realmente para todo. Entonces, tal vez te preguntes ¿cómo podríamos iniciar la recolección de información de quiénes somos en esa etapa? Pues lo hacemos a través de las personas que nos rodean, quienes nos proporcionan información de cómo nos perciben a través de su relación con nosotros.

Esa es la primera información que obtenemos para crear un concepto inicial de quienes somos. Es decir, nuestro primer auto concepto, que servirá de base para construir nuestra identidad. El trato que las personas que nos rodean nos dispensan, nos da una idea de nuestro propio valor.  Recuerda que en este punto aún estamos sin identidad.  No sabemos nada de nosotros mismos, por lo que serán los adultos a cargo de nuestra crianza quienes nos darán las bases sobre las cuales se asentará nuestra autoestima.

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Podemos acotar esta etapa de dependencia en nuestros primeros siete años de vida. Durante este período de tiempo es cuando empezamos a interactuar con las personas que nos rodean. Esas personas por lo general son nuestros padres, hermanos, abuelos o las personas que hayan estado a cargo de nuestra crianza. Son ellos, principalmente, quienes nos dan las primeras informaciones acerca de nosotros mismos. Y lo hacen por medio de sus palabras, de sus gestos y de sus interacciones con nosotros. Ellos funcionan como un espejo para nosotros. En el trato que nos dan los adultos a cargo de nuestra crianza encontramos los primeros reflejos de quienes somos. 

Un trato amoroso de parte de nuestra familia más cercana, por ejemplo, puede mostrarnos cuán apreciados somos por ellos. Un trato hacia nosotros que nos haga sentir amados, puede transmitirnos un sentimiento de auto valía porque, si nos aprecian es porque valemos. Por el contrario, el maltrato en nuestro entorno más cercano de parte de los adultos a cargo de nuestra crianza podría indicarnos que somos un estorbo para ellos, que valemos poco o, incluso, que no valemos nada.

Estos primeros reflejos sobre nosotros mismos que recibimos de parte de los adultos que nos rodean son las primeras piezas que usamos para dar forma a nuestra identidad, y por tanto, de nuestra autoestima. Y no es que sean definitivas para el desarrollo de nuestra autoestima pero, siendo las primeras piezas de información que recibimos sobre nosotros mismos, con seguridad tendrán algún peso en nuestra autovaloración.

De la información que obtengamos de las personas que nos rodean en esta etapa de la formación de nuestro autoconcepto, obtendremos uno de tres resultados posibles:

  • Una imagen bastante clara, apegada a lo que somos y sin distorsiones, lo que da como resultado una autoestima saludable.
  • Una imagen distorsionada que magnifica el concepto que tenemos de nosotros mismos y nos pone por encima de los demás, lo que degenera en baja autoestima, la cual se manifiesta como  complejo de superioridad.
  • Una imagen distorisonada que minimiza el concepto que tenemos de nosotros mismos y nos pone por debajo de los demás, lo que degenera en baja autoestima, la cual se manifiesta como complejo de inferioridad.

Así que, en esta primera etapa de nuestras vidas, la etapa de dependencia, que en términos generales abarca los primeros siete años de vida, los primeros reflejos de quiénens somos los recibimos de los adultos que nos rodean a través del trato que nos dan, y serán las bases sobre las cuales formaremos nuestro autoconcepto y a través de las cuales definiremos nuestra autoestima.

Etapa de independencia. ¿Cómo nos percibimos?

Hay una segunda etapa, la cual abarca un período de tiempo aproximado comprendido entre los 8 y los 21 años (etapas de pre adolescencia, adolescencia y post adolescencia), y coincide con la etapa de nuestras vidas en la cual empezamos a ser idenpendientes. Durante esta etapa empezamos a tomar algunas decisiones propias y empezamos a determinar nuestra personalidad a través de la elección de nuestras preferencias, usando como base el autoconcepto que traemos de la infancia.

La adolescencia es básicamente una etapa de rebeldía, en la que desafiamos imposiciones y buscamos definirnos. Por lo general nos negamos a seguir pautas e instrucciones. Queremos experimentar por nuestra cuenta y sin supervisión.

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Si durante la infancia recolectamos las percepciones que otros tenían de nosotros para formarnos una idea de quiénes somos, en la adolescencia vamos tras la confirmación, descarte o modificación de esa idea inicial. En esta etapa decidimos si lo que los demás piensan de nosotros es verdad o no. Y si decidimos que no es verdad, entonces elegimos un nuevo concepto de nosotros mismos, que desarrollaremos en el transcurrir de los años.

Dependiendo del trato que nos dispensaron los adultos que estuvieron a cargo de nuestra crianza en la infancia, en la adolescencia tendremos también tres posibles resultados:

  • Una autoestima saludable, producto de una idea de nosotros mismos obtenida en la infancia que estaba alineada con nuestra verdadera esencia. Esto nos dará un autoconcepto inicial equilibrado, el cual será confirmado en la adolescencia.
  • Una baja autestima, producto de un autoconcepto inflado que viene de la infancia, y que trataba de compensar aquello que los adultos que nos criaron consideraron que eran debilidades en nosotros, lo cual nos hizo creer que éramos mejores que los demás en uno o varios aspectos y que, en caso de ser confirmado en la adolescencia, podría derivar en un complejo de superioridad.
  • Una baja autoestima, producto de un autoconcepto minimizado que viene de la infancia, y que trataba de disminuir nuestro potencial para dejarnos al mismo nivel que los adultos que nos criaron, lo que nos hizo creer que estábamos por debajo de los demás en uno o varios aspectos y que, en caso de ser confirmado en la adolescencia, podría derivar en un complejo de inferioridad.

Por supuesto, estos resultados  podrían variar dependiendo de cada persona, porque también existe la posibilidad de que no aceptemos ese primer autoconcepto y que, en la adolescencia, podamos cambiar a un autoconcepto que mejor refleje nuestra esencia. Pero eso siempre será un tema personal

Entonces, en esta etapa de independencia, lo recolectado sobre nosotros mismos durante los primeros siete años de vida se convierte en esta etapa en la base para la formación de nuestro autoconcepto. Lo que los demás nos mostraron de nosotros mismos durante la infancia será confirmado, modificado o refutado durante la adolescencia. Y ese autoconcepto resultante será un reflejo de nuestra autoestima, que viene a ser la valoración que hacemos de nuestro autoconcepto. Es decir, el grado de amor que sentimos por nosotros mismos.

Etapa de interdependencia. La hora de mostrar al mundo quiénes somos

Luego, en una tercera etapa a la que llamaremos de interdependencia, y que inicia a partir de los 22 años aproximadamente, es cuando ya deberíamos tener formado un autoconcepto claro de nosotros mismos, y por tanto, una actitud clara de cara a la vida. En esta etapa, todo lo que ya hemos descubierto sobre nosotros mismos determina nuestra personalidad, y por tanto, la manera en la que interactuamos con los demás.

Si durante la infancia y la adolescencia logramos descubrir el maravilloso ser que somos, primero a través de los ojos de los demás, y luego a través de nuestros propios ojos, entonces en la edad adulta manifestaremos gran amor hacia nosotros mismos, así como una actitud eminentemente positiva de cara a la vida. Esto es el resultado de una autoestima saludable.

Nos sentiremos capaces de enfrentar y de superar de manera airosa cada uno de los desafíos que se nos presenten. Trataremos a las personas con las que interactuamos con el mismo respeto que esperamos recibir de ellas. No maltrataremos a nadie, así como no permitiremos maltratos de parte de nadie. Nos sentiremos bien con nosotros mismos. Nos miraremos en el espejo y estaremos satisfechos con la persona que veremos reflejada en él, lo que reforzará la confianza que tenemos en nosotros mismos y en nuestras propias capacidades. Esa confianza que da el saber que no hay circunstancia adversa que no podamos superar.

Pero, si durante la infancia nos «vendieron» una imagen distorisonada de nosotros mismos, en la cual estábamos por debajo o por encima de los demás, y durante la adolescencia nosotros la aceptamos y confirmamos, entonces, al llegar a la edad adulta, desarrollaremos una profunda aversión por quiénes somos, lo que nos conducirá inevitablemente a desarrollar una autoestima baja. No estaremos conformes con quienes somos, lo que nos llevará a asumir actitudes de superioridad o de inferioridad dependiendo de la imagen que hayamos «comprado«.

El miedo: una manifestación de baja autoestima

Ahora bien, si nos vendieron una imagen distorsionada de nosotros mismos y nosotros la compramos, fue porque desconocíamos nuestra identidad. Recuerda que al llegar a este mundo lo hacemos totalmente ignorantes de quiénes somos. Por tanto, necesitamos de la ayuda de otras personas para descubrir nuestra identidad.

Si durante nuestra infancia contamos con la suerte de tener adultos a nuestro alrededor con una autoestima saludable, es muy probable que la primera imagen que nos formemos sobre nosotros mismos refleje nuestra verdadera esencia. Pero, si no es así, habrán muchos vacíos en nuestro autoconcepto inicial, los cuales serán ocupados por el miedo. ¡Sí, por el miedo!

El miedo es el resultado de la ignorancia. Tememos a aquello que desconocemos. Por ejemplo, tememos a la muerte porque no sabemos lo que nos espera después. Otro ejemplo sería que el de las serpientes. Tememos al contacto con una serpiente porque no sabemos cómo actuar. Desconocemos si es inofensiva o no. Y no sabemos qué hacer en caso de una mordida. Pero si supiéramos todo en relación a las serpientes, ya no tendríamos miedo, aunque sí seríamos precavidos en el caso de tener algún contacto con ellas.

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El miedo es producto de la ignorancia. Y desconocer quiénes somos es una manifestación de ignorancia, lo cual le da entrada al miedo. Entonces, la baja autoestima tiene su origen en la ignorancia de quienes somos. Mientras menos sabemos de nosotros mismos, más miedo sentimos. Y es justamente el miedo lo que nos hace actuar de determinadas maneras.

Por un lado, una persona con baja autoestima puede querer «compensar» lo que considera sus desventajas maximizando lo que considera sus ventajas. Ahí nos vemos enfrentados con una persona con complejo de superioridad. Esta sería una persona que maximiza tanto sus fortalezas como las debilidades de los demás. Y lo que lo incita a manifestar esa actitud es su miedo a ser descubierto. Estas personas esconden lo que consideran sus desventajas exaltando sus fortalezas y atacando las debilidades de los otros.

Pero, por otra parte, las personas con baja autoestima podrían elegir minimizarse como estrategia de supervivencia. Es decir, exageran lo que consideran sus debilidades, y lo usan para manipular a los demás, para obtener su simpatía o su lástima. Les da igual. Lo importante es no ser considerado un enemigo potencial, y obtener los favores de aquellos a los que considera más afortunados o más fuertes, lo cual hacen por miedo.

El amor en las personas con baja autoestima

Visto desde la perspectiva de las personas con baja autoestima, el amor es algo muy difícil de alcanzar. Incluso, muchas veces es algo que no llegan a experimentar en la vida. Porque ya sea que sufran de complejo de superioridad o de inferioridad, en su paradigma de vida la igualdad no existe. Están los de abajo y los de arriba. Los fuertes y los débiles. La conquista y la sumisión. Y en ninguno de esos escenarios encaja el amor.

Si lo vemos desde la perspectiva de una persona de baja autoestima con complejo de superioridad, su aspiración es la de encontrar a alguien que no note lo que considera sus debilidades. Así que se esfuerza por ocultarlas buscando a personas que la reconozcan como alguien superior y se aleja de las personas que la retan o que le llevan la contraria, ya que no desea ser expuesta. Siempre busca aproximarse a personas que considera más débiles que ella, lo que incrementa sus posibilidades de que estas personas la necesiten, lo que será su principal herramienta de atracción. Y en la necesidad no hay amor, sino un miedo profundo a no ser capaz.

Ahora bien, si lo vemos desde la perspectiva de una persona con baja autoestima y complejo de inferioridad, esta persona busca a alguien que note lo que considera sus debilidades para que la proteja y que le provea de todo lo que necesita. En este escenario también hay manipulación, tal como ocurre con el complejo de superioridad, pero a través de la lástima. Estas personas tienen miedo de vivir, así que buscan a alguien que lo haga por ellas. Se victimizan para lograr su objetivo. Se conforman con muy poco y se someten a la voluntad de otros para obtener aquello que buscan.

Las personas que exhiben estos dos complejos (superioridad e inferioridad) funcionan como llave y cerradura. Las personas con complejo de superioridad buscan emparejarse con personas que tengan complejo de inferioridad. Las primeras buscan a alguien para controlar, de manera tal que no se den cuenta de sus debilidades, mientras que las segundas buscan a alguien que las someta, siempre que les provea de todo aquello que ellas no se consideran capaces de obtener por sí mismas.

Las relaciones entre personas con complejo de superioridad e inferioridad suelen ser relaciones duraderas, aunque no exista amor entre ellas. Funcionan porque cada persona le da a la otra lo que necesita. Pero en ellas no hay amor. Hay conveniencia. Ambas partes reciben algo que están buscando a cambio de algo que están entregando. Así que son relaciones transaccionales, que terminan cuando una de las dos partes deja de recibir lo que espera…

El amor en las personas con autoestima saludable

Pero también debo hablar de las relaciones entre personas de autoestima saludable. Ya establecimos que estas personas se aman a sí mismas porque están conformes con su autoconcepto, lo que les ha permitido desarrollar gran seguridad en su manera de actuar.

Las personas con autoestima saludable buscan establecer relaciones de pareja equilibradas, en igualdad de condiciones. No buscan a alguien para someter, ni tampoco a alguien que las proteja o les provea. Buscan a una persona a quien amar y que las ame, y que esté dispuesta a recorrer el camino de la vida hombro con hombro con ellas. Estas personas representan la expresión real del amor: «dar sin esperar nada a cambio«.

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Y puede que haya relaciones entre personas con autoestima saludable que terminen en separación, pero, si ese fuera el caso, estas personas suelen terminar siendo buenos amigos, incluso después de la ruptura de la relación, porque realmente los une un amor que no establece condiciones.

La autoestima y la Ley de Causa y Efecto

Tu autoestima está directamente relacionado con todo cuanto te ocurre. En nuestro universo todo está interconectado. Todo está relacionado. Hay causas y hay efectos. Toda causa genera un efecto. Todo efecto tiene su origen en una causa. Tus pensamientos son causas que crean un efecto en tu realidad, ya seas consciente de ello o no. Así lo establece la «Ley de Causa y Efecto«, la cual puedes repasar en este artículo.

Pues bien, resulta que si el amor no es una causa en tu vida, no se podrá manifestar como un efecto en tu realidad. Como te acabo de comentar, tus pensamientos son las causas que se manifiestan en tu realidad como efectos. Y si en tus pensamientos tu no vales o no vales lo suficiente, o no hay amor hacia tí mismo, esos pensamientos tarde o temprano se manifestarán en tu realidad como ausencia de amor.

Por eso, para una persona con autoestima baja es tan difícil encontrar el amor. Porque no se ama a sí misma lo suficiente. El amor hacia ella es menor que el miedo que siente, por lo que el amor no es una causa primaria en ella. Lo es el miedo. Por tanto, manifestará en su realidad más efectos derivados del miedo que del amor.

Todo lo contrario ocurre con las personas con una autoestima saludable. El amor hacia sí mismas es mayor que el miedo, lo que convierte al amor en causas que eventualmente se convertirán en efectos en su realidad.

Pero, entre los extremos que representan el amor y el miedo, hay toda una amplia banda gris. Lo que quiero decir es que no se trata de que hayan sólo dos resultados posibles: te amas o no te amas. No es lo uno o lo otro. Hay matices entre estos dos extremos. Se trata de cuánto te amas. Mientras menos amor sientas por ti mismo, más difícil será que puedas manifestar amor en tu vida.

Así que ya lo sabes. ¿Quieres que el amor llegue a tu vida? Entonces debes amarte lo suficiente, para que el amor tenga más peso y se convierta en la causa que manifieste el efecto que estás esperando en tu vida.

3 comentarios

  1. Me ha gustado mucho este artículo. Pero pienso ke el unico amor ke nos da todo como también la autorstima es el amor a Dios porque Él es la fuente de la ke emana todo amor y toda forma de amor.

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