Rituales de protección de la antigua Mesopotamia: los namburbû

Erica Couto
Erica Couto
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Áreas pantanosas en Basora, Iraq.

Desde el Próximo Oriente nos llegan los namburbû, poderosos rituales de protección para deshacerse del mal. Mesopotamia es el nombre que los griegos atribuyeron al territorio que se extendían entre los ríos Éufrates y Tigris, en coincidencia con los límites geográficos del actual Iraq. Tierra mítica de divinidades poderosas y sabiduría ancestral, el recuerdo de su legado pervive de manera distorsionada en las páginas de la Biblia. Habrá que esperar hasta mediados del siglo XIX para que los primeros descubrimientos arqueológicos y los tentativos de desciframiento de la escritura cuneiforme alienten el despertar paulatino de ese conocimiento olvidado.

Lo que sabemos sobre estos rituales de la antigüedad se lo debemos a las miles de tablillas de barro sobre cuya superficie los escribas mesopotámicos inscribieron encantamientos e instrucciones rituales. Ciudades como Assur, Nínive, Nimrud y Babilonia atesoraron estos textos mágicos y se valieron de ellos para curar a los enfermos, proteger el bienestar de la comunidad y, como es el caso de los namburbû, desviar un mal en camino antes de que este se cumpla. Guardadas en las bibliotecas, archivos y colecciones privadas de sabios, reyes y operadores cultuales de antaño, estas tablillas constituyen un saber precioso que, gracias a la labor de filólogos y epigrafistas, hoy podemos leer.

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Tablilla cuneiforme de contenido terapéutico. CDLI P397304.

El concepto de Mal en la antigua Mesopotamia

Los textos cuneiformes de contenido mitológico y religioso no muestran la polarización Bien-Mal que tan presente está en muchas tradiciones religiosas. En lugar de la lucha entre estas dos fuerzas opuestas que encontramos en los monoteísmos, en la tradición mesopotámica domina un politeísmo en el que las divinidades, a menudo caprichosas, dispensan sus favores o perjuicios a voluntad. Siguiendo criterios que no siempre resultan claros, los dioses tanto pueden favorecer al individuo y colmarlo de dones como pueden lanzarlo en un pozo de miseria y desgracia.

Ni tan siquiera es necesario que el ser humano conozca los motivos por los que recibe el castigo divino para sufrir sus reales consecuencias. La divinidad que se niega a favorecer al ser humano también puede salvarlo de su sufrimiento, proporcionándole bienestar y restituyéndole el equilibrio perdido. Y es que, a pesar de la inescrutabilidad de los dioses, el pensamiento religioso de la antigua Mesopotamia admite la posibilidad de tránsito y transformación del mal en bien. Recurriendo directamente a la divinidad y a un saber heredado de los dioses, pueden realizarse rituales de protección para que el mal no alcance a su víctima. Esta es la clave del namburbû.

Por lo que sabemos, tanto el conocimiento como la realización de estos rituales estaba en manos de expertos denominados āšipu o mašmaššu. Mediante sus consejos al rey, su celo en la práctica de culto y su sabiduría en los campos de los divino y lo humano, eran ellos los encargados de asegurar el bienestar y la prosperidad en el país. Y es gracias a su labor como estudiosos y escribas que conocemos los textos de los namburbû, datados entre los siglos VIII y VI a.e.c.

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Figurillas protectoras que representan a apkallus. Museo Británico, Londres.

¿Qué es un ritual de protección namburbû?

El término acadio namburbû es un préstamo del vocablo sumerio nam-búr-bi, y hace alusión a una tipología de ritual de protección destinado a desviar el mal anunciado por un signo ominoso. En Mesopotamia, la adivinación jugaba un papel fundamental en la gestión  de la vida cotidiana y la toma de decisiones. Arqueólogos y epigrafistas han identificado un gran número de tablillas que recogen métodos de observación e interpretación de presagios, y que incluyen técnicas como la astrología, la interpretación de los sueños, la fisiognomía y la hepatoscopia.

Según la perspectiva mesopotámica, ciertos signos anunciaban desgracias y malos augurios. Fenómenos astronómicos y atmosféricos como eclipses y tormentas, la presencia de hongos y moho en las casas o en los templos, el avistamiento de seres sobrehumanos o demoníacos, la aparición de determinados vegetales en los campos de cultivo o en los tejados de las casas, el fuego y los rayos, la presencia inesperada de ciertos animales como serpientes y escorpiones en las habitaciones, el nacimiento prematuro de bebés o crías de animales, los terremotos o los ríos teñidos de sangre se consideraban signos negativos. Estos signos infaustos se tomaban como evidencias de que un mal mayor estaba en camino, un mal que ponía en jaque el bienestar del individuo, de su familia o incluso del conjunto de la comunidad y del país.

Ante esta situación, se hacía imprescindible la realización de uno de esos rituales de protección, de un namburbû. ¿Su finalidad? Hacer que el mal pasase de largo. Según se lee en un texto original acadio, el namburbû busca:

Que el mal de estos signos negativos pase de largo, que el mal siga de largo (dejándome) a mí y a mi casa, que no se acerque, que no entre, que no me alcance. Que el mal (que anuncia la profecía) no sea asignado a mi cuerpo.

Claves para le ejecución de los rituales de protección namburbû

Como la mayoría de los rituales mesopotámicos conocidos, los namburbû requieren que se realicen ofrendas de comida y bebida a los dioses, acompañadas de peticiones específicas de protección, patrocinio o curación. Por cuanto las divinidades puedan comportarse a veces de manera caprichosa, es imprescindible contar con su apoyo y beneplácito para que el ritual sea un éxito.

Algunos namburbû requerían tan solo unas horas para su realización, mientras la ejecución de otros podía prolongarse durante días. El ritual tenía lugar bien en el espacio en el que se había verificado el signo ominoso, bien en un lugar apartado alejado de las miradas de los curiosos.

El āšipu se valía de una gran variedad de técnicas mágicas para desviar el mal. Podía recurrir, por ejemplo, a la limpieza y purificación, a la administración de materia medica, o a la aplicación de técnicas  remoción y reversión tales como la sustitución, que consistía en utilizar figurillas u objetos que representasen a la persona sobre la que recaerá el mal para reemplazarla. Estas estatuillas u objetos que habían estado en contacto con la víctima de la profecía se destruían o se lanzaban al río para que sufriesen, de esta forma, las consecuencias del mal augurio. Era la figurilla lo que se rompía en lugar del cuerpo, la familia o la casa de la víctima. En ocasiones, fragmentos textuales de namburbû eran escritos sobre amuletos que luego se llevaban alrededor del cuello como protección.

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La presencia de hormigas en la casa era tomado como un mal augurio por los mesopotámicos.

En el siguiente namburbû, que busca deshacerse del mal augurado por la presencia de hormigas en la casa, se despliega esa sabiduría milenaria que, reconociendo la posibilidad efectiva del mal, crea mecanismos poderosos para evitarlo y convertirlo en equilibrio y felicidad:

Namburbû para (contrarrestar) el mal de las hormigas que han aparecido en la casa de alguien, para que el mal no se acerque ni a la persona ni a su casa. Su ritual: esparcirás aceite oloroso sobre las hormigas y su hormiguero. Enterrarás yeso (y) planta de jabón cornuda en el túnel (del hormiguero). Mezclarás polvo de un barco, arcilla de un prado fluvial y polvo del umbral exterior de una puerta en agua de pozo o de río, y lo esparcirás (sobre el hormiguero). Colocarás incensarios con enebro y mirra en ambos umbrales, y el mal se disolverá. 

AUTORA: Érica, redactora de hermandadblanca.org

FUENTES

– Lenzi, A. 2011. Reading Akkadian Prayers and Hymns: A Reader. Atlanta: Society of Biblical Literature.

– Maul, S. M. 1994. Zukunftsbewältigung: Eine Untersuchung altorientalischen Denkens anhand der babylonisch-assyrischen Löserituale (Namburbi). Mainz am Rhein: Verlag Philipp von Zabern.

– Maul, S. M. 1994. “How the Babylonians Protected Themselves against Calamities Announced by Omens”. En S. M. Maul (ed), Festschrift für Rykle Borger zu seinem 65. Geburtstag am 24. Mai 1994: Tikip santakki mala bašmu. . . , pp. 123-129. Groningen: Styx, 1998.

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