Siete cosas que no sabía del yoga

Jorge Gomez (333)

De su filosofía a su parafernalia, un exótico misterio rodea esta disciplina que cuenta con adeptos en España desde 1976

yoga

Confiese: ha preparado su primera clase de yoga a conciencia. Puede que anoche cenara pollo al curry, en homenaje al honorable pueblo hindú con el que espera fundirse en amorosa simbiosis (y como posible despedida a los alimentos cárnicos: ¿no se vuelve uno vegetariano cuando lleva mucho tiempo practicando yoga?). Quizá a modo de calentamiento se deleitara con la escucha repetida de un disco en solitario de Nacho Cano. Para la indumentaria, tal vez decidió estrenar ese pantalón hippy, amplio y de tiro bajo, que guardaba en el armario a la espera de ocasión. ¿Acaso no va el yoga de todo eso?

A diferencia de otras prácticas corporales —pilates, aeróbic—, diáfanas en su configuración y objetivos, del yoga uno no sabe bien qué esperar. De su filosofía a su parafernalia, un exótico misterio rodea esta disciplina milenaria que cuenta con adeptos asociados en España desde 1976. Por eso, es probable que después de esa primera clase se pregunte: ¿por qué nadie me dijo que…?

  1. Produce agujetas. Aunque lo oferten gimnasios, el yoga no es un deporte. Sin embargo, ¡ay de usted como no esté en forma! Los novatos que creen que esto va de cruzar las piernas y decir “om” todo el rato lo pasarán francamente mal: el yoga consiste en una serie de ejercicios de estiramiento o equilibrio (asanas, en sánscrito) que suelen revelar al perplejo neófito lo oxidado que está. O al revés: personas que se tenían por rígidas descubren con el yoga lo flexibles que son. “Como ejercicio físico, es el mejor”, apunta el maestro Víctor M. Flores (también conocido como Senge Dorje), fundador del Instituto de Estudios del Yoga, con sede central en Marbella. “Su supervivencia a lo largo de los siglos demuestra su eficacia. Las agujetas no son sino dolores de crecimiento”.
  2. No es necesario disfraz. No, una clase de yoga no es un casting para una película de Bollywood, así que deje las túnicas, pantalones tailandeses y faldas llenas de pliegues para carnaval. Lo principal en una actividad tan física es estar cómodo y no tener que preocuparse por si el faldón se le viene sobre la cabeza en la postura del perro cara abajo. No digamos la del arado. “Lo ideal es la lycra”, opina Flores. “Es magnífica. No es muy yóguica, pero sí muy práctica”.
  3. No se hace con música de Enya. Ni de Kenny G. En realidad, los maestros desaconsejan la ambientación musical durante la práctica del yoga. “En cuarenta y cuatro años nunca he utilizado música de fondo”, dice Ramiro Calle, director del veterano centro de yoga Shadak (Madrid) y escritor, recientemente galardonado en EE UU por su libro Yoga en la selva (Ed. Cuento de Luz, 2014). “Se basta uno mismo con su propio cuerpo, su respiración, su mente… ¡bastante dispersos y centrifugados estamos ya!” El silencio debe reinar, por tanto, en estas estancias; un silencio, si acaso, interrumpido por resoplidos, exhalaciones y otros ruidos corporales debidos al esfuerzo, algunos de los cuales se pueden evitar suprimiendo comidas copiosas antes de la clase.
  4. Hay que olvidarse del sentido del ridículo. Seamos claros: algunas posturas del yoga son… raras. Es frecuente que los principiantes acometan con cierto pudor sus primeros ademanes. Claro que entre la singularidad de las posturas, el silencio imperante y nuestras pintas con los faldones ondeando a la altura de la nariz, tampoco es de extrañar. “Cuando el practicante tiene esa sensación la culpa siempre es del instructor, que no lo motiva o no le quita hierro a algo muy humano, que es la exposición a la frustración. El yoga debe adaptarse al cuerpo, no al revés”, subraya Flores. El maestro Ramiro Calle explica: “Las posturas son de lo más natural, pues están tomadas de la naturaleza: animales, plantas… Cada uno está a lo suyo. No se trata de ganar un campeonato”.
  5. Está lleno de mujeres. Si es usted mujer, nueva en esto, y quiere sentirse arropada en su estreno por otras mujeres, está de enhorabuena. El yoga atrae principalmente a público femenino porque “no es competitivo. El macho alfa aquí está fuera de juego”, dice Flores. Si es usted un caballero y también gusta de sentirse arropado por señoras, se encontrará en su salsa. ¡Si es que en el yoga todo son buenas noticias!
  6. Requiere mucha concentración. Casi tan difícil como mantener las posturas es abstraerse de la novedosa escenografía —las varillas de incienso, la eventual decoración simbólica, el incongruente atuendo de algunos condiscípulos— y lograr concentrarse. Algunos dirán: ¿dejar la mente en blanco y concentrarse mucho en algo no es una contradicción? En el yoga, no: el yoga ejercita la mente para guiarla a ese ansiado estado de paz interior. “No hay yoga sin atención”, dice Ramiro Calle. “Así se entrena también la mente y la liberamos de todo tipo de malestar”.
  7. Engancha. Por último, otra de las cosas que más sorprenden al primerizo es lo rápido que transcurre la clase. Eso se debe a su marcada estructura. “Una clase de yoga incluye ejercicios de calentamiento, la sesión de posturas, la práctica de los ejercicios respiratorios y la relajación profunda. Se pasa enseguida, es muy amena”, asegura el maestro Calle. En general, agradecemos un poco de disciplina en nuestras vidas y muchos encuentran en la sala de yoga un remanso de paz al que vuelven cada día con más ganas. “Se enganchan a la vivencia que supone el yoga”, advierte Víctor M. Flores, “dado que trasciende el ejercicio para convertirse en una forma de vida”.

Fuentehttp://elpais.com/

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