Motivacion (6): El «deber ser»

José Contreras
José Contreras

Motivacion (6): El «deber ser»

Introducción: El «deber ser»

En muchas ocasiones se nos dice que debemos hacer las cosas de determinada manera porque es el “deber ser”. En algunas ocasiones se refieren a que es lo lógico, pero si es así deberían demostrarlo lógicamente. Otras se refieren a acuerdos que se han hecho para facilitar la convivencia, por ejemplo, las señales de tránsito. Pero en muchos casos se refiere a supuestos que nadie sabe cuándo comenzaron, ni porque comenzaron. Se debe hacer así, porque “siempre se ha hecho así”, o porque “es la tradición”.

En esta ocasión vamos a reflexionar sobre que es el “deber ser” y hasta qué punto es una verdad inalterable.

Estas reflexiones tienen como objetivo comprender el sentido de la motivación. No lo limitamos a la idea de adquirir seguridad, sino que lo extendemos a la acción que nos lleva a lograr nuestros verdaderos objetivos.

En este sentido nos referimos a la motivación interna, lo que realmente nos mueve y no a lo que hacemos por los intereses de los demás. Precisamente el «deber ser» muchas veces se refiere a lo que otros quieren y es muy importante diferenciar entre lo que la vida quiere en nosotros y lo que los demás quieren de nosotros.

El «deber ser»

Schopenhauer critica el esfuerzo que se hace para llegar a una filosofía del «deber ser» y al final descubrir que hemos llegado a los principios que nos han enseñado en nuestra religión o en nuestra cultura.

Muchas veces creyendo que estamos llegando a conclusiones propias lo que hacemos es racionalizar, es decir, buscarle justificación a lo que nos han enseñado como el «deber ser».

La mayoría de las veces actuamos por costumbre. Consideramos que esas costumbres son las correctas y que todo el mundo debería actuar de la misma forma. Pero a la vez nos quejamos de la manera cómo funciona el mundo. No vemos relación entre las normas en las que vivimos y las consecuencias que observamos en la vida.

Nada se pierde con hacer de manera diferente lo que queremos que tenga consecuencias diferentes. La idea no es hacer las cosas diferentes por rebeldía, ni por molestar. La idea es comprender que hay cosas que estamos haciendo sin ninguna necesidad y que además nos hacen daño.

Nada se pierde con hacer de manera diferente lo que queremos que tenga consecuencias diferentes.

¿Quién decide lo que es el «deber ser»?

¿Quién decide lo que debemos hacer? Muchas veces decimos que debemos hacer las cosas de cierta manera porque es un acuerdo social. Es posible que se refieran a normas que convienen, por ejemplo, respetar las señales de tránsito.

Esas decisiones podrían ser diferentes, por ejemplo, en unos países se maneja por la derecha y en otros por la izquierda, pero para que el transito funcione, todos deben aceptar las normas.

Sin embargo, hay otras normas que las aceptamos porque nos las enseñaron nuestros padres, aunque en otras familias las normas son otras, o porque lo dice el cura del pueblo, aunque otros curas tengan otras normas. O porque lo dice el jefe de partido, aunque otros partidos tengas normas diferentes. En la medida en que tengan sentido para nolsotros, está bien. El problema está en que creemos que son normas universales.

En la medida en que son acuerdos para actuar en esas instituciones pueden ser válidas, el problema surge cuando las internalizamos en nuestra vida diaria y, aunque choquen con nuestras experiencias y con lo que queremos lograr, nos sentimos apegados a ellas.

Pensar por nosotros mismos

Los ejemplos típicos son los de los hijos que se sienten obligados a seguir la profesión de sus padres, o a hacer lo que dice el cura sobre cómo debe ser la vida matrimonial aunque eso no nos funcione o a seguir la ideología del partido, aunque sintamos que eso contiene elementos injustos o simplemente oportunistas.

El problema está en que tenemos que aprender a pensar por nosotros mismos. Al final de cuentas cuando los demás crean normas, están pensando en sus intereses y si vamos a seguir sus instrucciones, debemos antes sentarnos a pensar si son lógicas y si son coherentes con nuestro modo de vida.

Un cuento de puercopespines

Seamos diferente aunque aparentemos que pertenecemos al rebaño. El ser uno mismo y tomar decisiones propias no implica ser insociables, hay que aprender a ser amables y a la vez firmes en nuestras decisiones.

Hay una imagen muy conocida presentada por Schopenhauer que se refiere a los puercoespines. Se refiere a un grupo de puercoespines que están sufriendo las inclemencia de un inverno muy fuerte. Esto hace que estos animales se acerquen para darse calor, pero al estar muy cerca comienzan a hacerse daño con sus espinas. Como consecuencia se separan, pero vuelven a sentir frío, lo cual hace que se vuelvan a acercar.

Al igual que los puercoespines, los seres humanos no podemos vivir separados, pero tampoco demasiado cerca.

Lo que trata de señalar este filósofo es que los seres humanos no podemos vivir separados, pero tampoco podemos vivir demasiado cerca. Cada uno necesita un espacio y debe descubrir que tan cerca o que tan lejos debe estar su comunicación con los demás. Cuando acercarse y cuando alejarse. Cuando compartir y cuando estar solo. Es una decisión que cada uno tiene que tomar en su comunicación diaria.

Construyamos nuestro «deber ser»

El creador descubre nuevas formas de «deber ser», que para él son el ejercicio de la libertad y para sus seguidores son estilos de vida.

Los verdaderos líderes no son seguidores. Esos son los que hacen los planes y preparan el camino para sus propios logros.

Hay personas que se presentan como líderes, pero son solo seguidores de primer nivel, que cumplen con las tareas que otros les indican. 

Los líderes: Hacen planes y crean normas.

Los seguidores de primer nivel: Transmiten las normas como si fuesen verdades universales.

Los seguidores de segundo nivel: Actúan con fe ciega.

Los seguidores de primer nivel solo tienen la misión de transmitirle las líneas dadas a sus seguidores de segundo nivel. Estos seguidores del primer nivel son los defensores del “deber ser”.

Los líderes se toman el derecho de decidir qué es lo que se debe hacer y los segundos son solo transmisores y defensores de ese “deber ser”, cualquiera que sea.

Estos transmisores muchas veces se justifican diciendo, que tomar decisiones a cada momento es agotador, es preferible que un líder les diga que decir o que hacer y así pueden presentarse socialmente como líderes, sin tener que pensar. Es una elección. Pero siempre serán seguidores y nunca se podrán conocer a ellos mismos, porque así lo han elegido.

Estos transmisores muchas veces se justifican diciendo, que tomar decisiones a cada momento es agotador, es preferible que un líder les diga que decir o que hacer y así pueden presentarse socialmente como líderes, sin tener que pensar.

¿Quién decide lo que queremos?

¿Qué pasa cuando cada día cambiamos de parecer? Lo que queríamos ayer, ya no lo queremos hoy. Por ejemplo, cuando decidimos algo, pero al observar las circunstancias cambiamos nuestro objetivo. ¿Quién decide lo que queremos? Nosotros o nuestras circunstancias? 

Convertir un medio en un «deber ser».

Supongamos que queremos un empleo, pero nos apegamos a conseguirlo en una empresa determinada, sin tener éxito. O queremos cambiarnos de empleo y aceptamos el primero que se presenta, sin ver si cumple con nuestras expectativas. El problema es que dependemos de lo que se nos presenta y no nos consideramos creadores de nuestra realidad. Es nuevamente estar dependiendo del deber ser.

Una de las limitaciones de esta visión está en que creemos que el mundo es lo que es y que no hay manera de cambiarlo. No nos damos cuenta del poder que tenemos para cambiar nuestra realidad.

Consideramos que nuestras experiencias nos dicen como es el mundo. Lo estamos viendo a partir de nuestra memoria y no nos atrevemos a creer que hemos aprendido lo suficiente para vivir en circunstancia diferentes.

El elefante y el «deber ser»

Siendo un elefante fuerte, no hace ningún esfuerzo por liberarse.

El problema de la memoria es como el cuento del elefante que puede ser amarrado a un pequeño tronco con una cuerda débil y no hará nada para irse.

La razón es que fue cazado en la selva siendo casi un bebé y fue llevado a un circo donde fue amarrado a un tronco que para él era inmenso y con una cuerda que para él era muy fuerte, aunque hacía esfuerzos no se podía escapar, hasta que un día se rindió.

Después creció pero ya había aprendido que no se podía escapar, que no tenía fuerzas para liberarse y ahora, siendo un elefante fuerte, no hace ningún esfuerzo por liberarse, aunque a veces siente el impulso, pero su experiencia le dice que no puede.

A manera de conclusión

Vivimos en un mundo que está siempre en construcción.

Sin embargo, damos muchas cosas por hechas y creemos que tienen que ser así. Muchas veces eso nos produce sufrimiento pero, aunque tengamos la fuerza para cambiarlo, no nos atrevemos a actuar de manera diferente porque una vez nos rendimos y no hemos descubierto que podemos vencer esas circunstancias si lo hacemos de manera diferente.

Referencias

 

Schopenhauer El dilema del erizo 

 

 

José Contreras redactor y traductor en la gran familia de hermandadblanca.org

 

 

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